Page 8 - Estudios sobre la Ciudad
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DISTANCIAS DE KARLA No fui invitado a la
graduación de Karla en
Martín Cinzano Ciudad Universitaria.
Me piqué, aunque en rea-
lidad tampoco esperaba
ser invitado: era un acto
oficial y para eso estaba el
novio eterno, de terno. Pero
sí llegué al pozole y al tequila y a los mariachis
en su casa de Ecatepec; ahí, en medio de la fies-
ta, Karla se las arregló para aparecer y desaparecer
durante toda la tarde, como hacía siempre, esta vez
ataviada con un vestido negro muy largo que resal-
taba su condición fantasmal. Ya era de noche cuando
su padre decidió dar por concluida la fiesta; y como
Con Karla cubríamos distancias larguísimas en el me- yo estaba lejos de casa, a regañadientes, evaluando
tro. Por ejemplo, desde Universidad hasta transbordar mi facha, abriendo bien las fosas nasales, accedió a
en Guerrero y de ahí hasta Tecnológico, cerca de don- darme un aventón al metro en su reluciente Ford
de vivía, en Ecatepec: treintaiún estaciones en total. Van azul. De copiloto iba el novio eterno, de ter-
También deambulábamos por Taxqueña y por las in- no, y atrás Karla y yo: debió ser al enfilar por la
mediaciones del centro, en las estaciones Lagunilla, Avenida Central, a la altura del maloliente Río de
Tepito o Garibaldi. Y cuando ya era muy tarde nos Los Remedios, cuando ella me tomó de la mano y la
trepábamos a un taxi o a una combi o simplemen- condujo rápidamente bajo el vestido y luego bajo el
te caminábamos. Vivía con su padre, un señor muy calzón, donde la restregó y la restregó hasta soltar
atento a los pasos de su hija y a cualquier mínima un leve quejido disfrazado de tos. Después de ba-
mácula o rasponcito que apareciera en su impecable jarme y ver partir la impecable Ford Van azul, me
Ford Van azul. Karla tenía además un novio eterno, quedé un buen rato mirando y oliendo, mirando y
de esos que están y estarán siempre por ahí, como en oliendo esa mano, esperando el metro en Tecnológico,
la sombra, prestos a aparecer y eclipsarse hasta nuevo dirección Buenavista.
aviso. Pero, entre novio eterno y padre vigilante, ha-
bía aprendido a hacer malabares para escaparse por
ahí, saltando de colonia en colonia, de pachanga en
pachanga, sin mayores problemas. La amplia red del
transporte urbano del DF, sus posibilidades y sus obs-
táculos, configuraba un mapa mental importante en
Karla, además de los automóviles de los amigos, de los
conocidos, de los desconocidos. Fue a bordo de uno
de éstos, por alguna calle de Iztapalapa, donde besó
al conductor y después a mí, al conductor y después a
mí, antes de bajarse y correr hacia un pesero.
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