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El mismo Olavarría desmiente lo anotado por El Impar- Recordemos que ya Gutiérrez Nájera mencionaba
cial y subraya: que estos espacios no podían llamarse teatros sino
«jacalones» y, aunque algunos de ellos ya iban desa-
¡Fantasías, puras fantasías del moderno reporteris-
mo! La capital no contaba entonces con más tea- pareciendo, se conservaban algunos. Él mismo había
tros que el Nacional, el Principal, el de Arbeu, el del denunciado la existencia en 1886 de algunos de es-
Renacimiento y el de Hidalgo; el de Orrín, consti- tos lugares y nos dice que: «en el costado norte de la
tuido por un pequeño y mal escenario, sin condi- Alameda […] suele estar concurrido», situación que
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ciones algunas ni acústicas ni artísticas, era impro- lamentaba porque a su parecer no iba gente de buena
piamente habilitado como tal, en los recesos del presencia, era un espectáculo barato y de mala calidad.
local como circo ecuestre y acrobático; los demás,
aún dando por cierto que pudiesen llevar la suma También es justo mencionar que el afamado cronista
a diez y ocho teatros, no fueron ni pudieron lla- de teatro Enrique de Olavarría reconocía hacía 1901
marse jamás, teatros; su nombre propio y gráfico que el Circo Teatro Orrín, creado en 1880, estaba
es el de jacalones [sic], y dichos jacalones formados cumpliendo veintiún años de actividad ininterrumpi-
de tablazón, de tela o de lámina de hierro, siempre da, «nacido en modesta tienda de lona y de tablas en
han sido conocidos en México, sólo que en épocas la Plazuela del Seminario, hallábase establecido en la
pasadas únicamente se levantaban durante unas
cuantas semanas de noviembre y diciembre, y eran Villamil de un modo permanente, y nunca había de-
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después de ellas destruidos, en justo desagravio a jado de contar con el favor del público». A pesar de
la estética, a la moral y al buen gusto. 23 ser un espacio improvisado, según esta descripción, fue
un lugar querido por la gente por su generosidad para
Aunque la anterior es una cita un tanto larga, es rele- realizar funciones de beneficencia.
vante porque explica y desmiente muy bien lo anotado Para ese mismo año, 1901, el Gran Teatro Nacional,
por El Imparcial. Más adelante detalla que los teatros alguna vez denominado de Santa Anna, recibe la aten-
que existían hasta ese momento eran: el Cinemató- ción del gobierno y anota Olavarría que para ese tiempo
grafo, el de Variedades, el De la Palma, el de María el gobierno había rescatado del poder de los empresa-
Guerrero, y el Salón Eslava. Olavarría revela que «la rios dicho escenario. El periódico El Imparcial anotó que
mayor parte de ellas eran sucias barracas, incómodas sería convertido en una preciosidad artística, porque el
e inseguras y aún peligrosas para un caso de incendio proyecto en ese momento era «ampliarlo, ornamentar-
u otro accidente grave; otros no pasaban de ser una lo y reponerlo». Lamentablemente, expresa el autor,
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especie de accesorias o reducidos locales de mal alma- «nadie sospechó la falsedad de tales promesas». Si
cén». Debido a que, en su opinión, los espectáculos bien el autor solloza la pérdida de este edificio, por con-
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ahí presentados eran de mala calidad y con pocos atri- siderarla una magnífica construcción, obra representa-
butos, se resistió, y lo escribe en su obra, al hablar de tiva de Lorenzo de la Hidalga hacia 1903, sabemos que
ellos y reseñar sus espectáculos, describiéndolos como la ciudad era objeto del afán modernizador del régimen
«jacalones y teatrillos». en turno y se despedía de ese bello escenario. Después
23 Id. 25 Manuel Gutiérrez Nájera, op. cit., p. 301.
24 Id. 26 Enrique de Olavarría, op. cit., p. 2050.
27 Ibid., p. 2015.
28 Ibid., p. 2014.
38 HETEROTOPÍAS 02 El teatro en el siglo xix, un espacio de recreación

