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Al llegar al final de la Avenida del Árbol me encuentro   Estaciono la bicicleta entre el gentío, comienzo a se-
               con que el hospital se encuentra íntegro. La felicidad   guir la grieta que desgajó parte de la banqueta y que ter-
               de las vidas que no se perdieron no es suficiente para   mina en una de las jardineras, a pies del edificio donde
               recuperarme  de la ansiedad de no  saber nada de  mi   vivo. Justo al lado, recargada sobre los frágiles maderos
               sangre. Me incorporo a Avenida Tláhuac y tengo que   que fungen como protección, descansa un cuarteto de
               agudizar la mirada para no atropellar a ninguno de los   vecinas; la de más edad tiene la mirada perdida. Siento
               peregrinos ciudadanos que caminan en todas direccio-  que mi miedo y el suyo se hacen uno mismo y estúpi-
               nes para encontrarse con sus familiares. El sistema de   damente le pregunto si todo está bien. Me mira a los
               transporte ha colapsado. Volteo hacia arriba para ver el   ojos e intenta sonreír, pero fracasa: «sí, hijo, todo bien,
               cencuate sobre rieles, no hay señas de ningún tren y la   estoy muy espantada, sólo eso, ¿tú cómo estás? ¿Y tu
               gente evacúa las instalaciones. El temor a una posible   hermano?»
               réplica y la mala fama de la que goza la obra nos arre-  Le expreso mi desconocimiento. Entre el seseo del
               batan el aliento.                           susurro logro distinguir la desconfianza ante posibles
                 Doblo a la derecha por Camino a Santa Cruz. Los   fugas de gas. No le tomo importancia y subo cargando
               estragos del sismo se materializan en hebras de cable   mi bicicleta hasta ese incierto tercer piso; agudizo mi
               encauchado de los postes de luz que descansan sobre   olfato cual sabueso, pero no huelo gas. Meto la llave y
               los muros de una casa. Un residente al verme apunta   la puerta se abre sola; adentro, mi hermano, con mar-
               con su mano hacia el poniente, los caídos se extienden   cas de sol sobre la piel, porque él también viene de la
               por toda la calle. Un trío de ancianas se para en la en-  calle. Nos abrazamos y por un segundo me calmo.
               trada de su casa donde la cascada eléctrica reposa; ayu-
               dadas por una vecina, salen temerosas a refugiarse en
               la calle. No hay nada que hacer, continúo mi camino.           III
                 Llego a la intersección con Leyes de Reforma. Estoy   Para cuando nos encontramos, ya ha pasado una hora
               paranoico y descuido la estabilidad de mi andar buscan-  del grito de la tierra. El ritual de la comida se torna
               do grietas en los edificios contiguos. Imagino las pare-  incierto: las arcas de la cocina están desprovistas, en
               des del reclusorio rotas, gente corriendo, cadáveres bajo   el refrigerador sólo hay un guisado de pollo y mole.
               el pálido concreto. ¿En estos casos, cuál será el protoco-  Segundo inconveniente, tras varios días fuera de casa
               lo para evacuar a los internos? Preguntas cruzan por mi   por nuestras jornadas de trabajo, nadie se ha encargado
               mente. Vuelvo a pensar en mi hermano. ¿Y si decidió   de rellenar el garrafón de agua; Toño, nuestro provee-
               no salir al banco? ¿Y si el tercer piso de ladrillo rojo no   dor, rápidamente termina con el inventario habitual
               resistió y la tragedia aún no comienza? ¿Y si? ¿Y si?  y cancela el servicio. Para finalizar, mi hermano no
                 Por fin llego a Venustiano Carranza. Las grietas por   alcanzó a llegar al banco. Hacemos una vaca y con
               los fallidos programas de agua y de drenaje y las grietas   garrafón en mano salimos a la calle como personajes
               por el sismo se confunden entre líneas de tono pardo.   rulfianos, expuestos al páramo en busca de algo que be-
               Ingreso en la unidad habitacional donde resido y me   ber. Tomamos Anastasio Bustamante, que como Pangea
               encuentro con mucha gente esparcida por el estaciona-  se ha fracturado a lo largo de la zanja que conduce
               miento, son los mismos que no estuvieron durante el   el sistema subterráneo de aguas negras. La tienda de
               simulacro matutino. Si en la anterior cita nos les vi   abarrotes que está inmediatamente es inaccesible; dos
               el rostro matinal, ahora sí les veo la cara de pánico, de   jóvenes se encargan de limpiar las manchas de papillas,
               inseguridad, de incertidumbre.              mayonesas y verduras en conserva que se derraman




           64    HETEROTOPÍAS 02     El sismo desde Tezonco
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