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la otra activándose y diseminándose como un dispositivo propiamente verbal, haciendo que haya muchas cosas
de seguridad que recae específicamente sobre las pobla- en el mundo que puedan hablar aunque no sean lengua-
ciones; una operando sus efectos de poder a través de la je en sentido estricto. Estas sospechas foucaultianas,
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normalización que produce el poder disciplinario de una por otro lado, no hacen más que obligarnos a reconocer
«anatomopolítica», la otra operándolo cotidianamente que siempre hay un trasfondo cultural en los procesos
mediante la normalización que produce el poder regula- de significación que activamos mediante el uso de una
dor de una «biopolítica». lengua, ya sea que ésta funcione como un sistema de habla
Sin embargo, para enfrentar los enigmas esta do- o como un sistema de escritura, y que dicho trasfondo cul-
ble problematización de la ciudad desde la perspectiva tural es el de las prácticas mismas, es decir, el de las ac-
que nos ofrece el análisis genealógico de las tecnolo- ciones, el de los modos de hacer, el de los modos de pro-
gías políticas del biopoder, es necesario que la filosofía ducir, que también implican una cierta discursividad,
pueda ocuparse primero del análisis estructural de los aunque no sean o no parezcan constituir o pertenecer
discursos de una ciudad y de su estudio como espacio de a un lenguaje (una lengua), debido a que de cualquier
producción de significaciones, ya que sólo de esta forma la manera forman parte de los procesos de significación me-
filosofía también podrá ocuparse de la crítica de la cul- diante los que cobra un sentido discursivo todo lo lingüís-
tura o de las prácticas culturales que han propiciado que tico, empezando con la articulación de las palabras o, si
las ciudades, en lugar de convertirse en espacios comu- se prefiere, con la producción de signos, significados y
nes para la creación y el desarrollo de diversos modos significantes. Se puede asumir que las ciudades hablan,
de una vida humana, se terminaran conformando en no porque tengan su propio lenguaje, sino porque todo
meros espacios de producción de relaciones de poder, sujetando en ellas es vestigio de las acciones o prácticas culturales
todo proceso de significación, comunicación o de crea- que les han dado la forma que tienen, es un testimonio
ción de sentido, al silencioso despliegue de su discurso material de la actividad humana que las ha producido, y
totalitario. Así mismo lo comprendía Foucault, quien eso nos resulta significativo porque dicha materialidad
afirmaba lo siguiente en aquella conferencia que acaba- cultural, aparentemente silenciosa o sorpresivamente
mos de mencionar, «Yo creo que cada cultura, quiero elocuente, es la fuente de todo proceso de significación
decir, cada forma cultural dentro de la civilización en una cultura experimentada como civilización. El
occidental, ha tenido sus sistemas de interpretación, problema es que esta silenciosa materialidad elocuente
sus técnicas, sus métodos, sus formas de rastrear el de las ciudades es producida por el conjunto completo
lenguaje que quiere decir otra cosa que lo que él dice, y de las prácticas culturales de una sociedad y no sólo a
que hay lenguaje fuera del lenguaje». 5 partir de las prácticas discursivas de sus habitantes, y
Su hipótesis de trabajo en el fondo era muy simple, esto propicia que con alguna frecuencia el discurso de
pues se articula como una herramienta para la crítica una ciudad funcione en contra de sus habitantes, de sus
de la cultura a partir de la formulación de dos sospe- intereses y de sus conveniencias, llegando incluso a ins-
chas que obligan de inmediato al análisis del discurso: talar y extender su completo predominio sobre las vidas
1) que el lenguaje no dice exactamente lo que dice; y 2) humanas y sobre todo lo vivo, como sucede actualmen-
que el lenguaje desborda, de alguna manera, su forma te con el discurso de muchas de nuestras ciudades.
5 M. Foucault, Nietzsche, Freud, Marx, p. 34.
6 M. Foucault, op. cit. pp. 33-34.
46 HETEROTOPÍAS 03 El discurso de la ciudad

