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finalmente, sólo puede contemplarlas como paisajes su-  que se trata de un dominio imaginario que finalmente re-
               cesivos en el tiempo.                       gula y disciplina, por medio del flujo de sus imágenes,
                 De acuerdo con esto, la temporalidad que construyen  de la institución imaginaria de sus formas materiales, el
               las imágenes de una ciudad es resultado del movimien-  uso de las palabras, llegando incluso a enmudecer por
               to de la permanente e ineludible transformación del paisaje  completo a las palabras en el discurso de una ciudad,
               y ésta, a su vez, es testimonio de una permanente ac-  como ya lo señalaba Maurice Blanchot al enfatizar que:
               tividad de significación que se configura a sí misma como
               discurso y como cultura.  La constante transformación del   La frase del relato y la frase de la vida cotidiana tienen
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                                                                ambas el papel de una paradoja. Hablar sin palabras,
               paisaje es el modo como la ciudad pronuncia el inter-  hacerse escuchar sin decir nada, reducir la gravedad
               minable discurso de su transformación cultural, cons-  de las cosas a la agilidad de los signos, la materialidad
               truyendo, de esta manera, su propio relato: el cuento   de los signos al movimiento de su significación, ése es
               interminable de su historia como creación humana, como   el ideal de una comunicación pura que en el fondo de
               modo de producción, como civilización o proceso civilizatorio.   la charlatanería universal, de esta manera de hablar
               Es por eso que la escritura de una ciudad, que logra su   tan prodigiosa en que, hablando la gente sin saber lo
                                                                que dice y comprendiendo lo que no escucha, las pa-
               articulación a través de las imágenes que conforman el   labras, en su empleo anónimo, no son sino fantasmas,
               paisaje urbano y narran incansablemente su permanente   ausencias de palabras y hacen que reine, por ello mis-
               transformación, captura a la mirada en cuanto ésta lo-  mo, en medio del ruido más ensordecedor, un silencio
               gra descifrarla y hacerla legible mediante un trabajo de   que es verdaderamente el único en el cual el hombre
               lectura o acto lexeográfico.  La ciudad atrapa a la mirada   pueda reposar, en tanto que vive. 22
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               en su discurso porque la vuelve parte de su relato y de   Este poder regulador y disciplinario del discurso de
               su historia.  El acontecimiento en el mundo que suele  una ciudad sobre las palabras que usan sus habitantes,
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               tener el discurso de una ciudad es, pues, el de un acon-  se despliega normalizando precisamente su capacidad
               tecimiento discursivo, pero también es el del acontecimiento  para  producir  significación,   pues  conserva  dentro  de
                                                                                23
               histórico de una cultura. Lo que nos explica porque todo  la lógica de su entramado imaginario toda capacidad de las
               análisis y crítica de su discurso siempre terminará sien-  palabras para referirse a ella, para nombrar a la ciudad. 24
               do el análisis y la crítica de una cultura.  «La disciplina —decía Foucault— es un principio de con-
                 Sin embargo, para lograr esto último según el plan-  trol de la producción del discurso. Ella le fija sus límites
               teamiento formulado por Calvino, primero sería ne-  por el juego de una identidad que tiene la forma de una
               cesario lograr comprender y detener la captura de las  reactualización permanente de las reglas».  El discurso
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               palabras que suele imponer el discurso de una ciudad  de una ciudad controla los pliegues y los despliegues con
               cuando logra establecer su dominio sobre la mirada, ya  que la mirada logra la lectura de su trama o secuencia

               19  U. Eco, La estructura ausente, secc. C, cap. 6, ii, pp. 326-327.
               20 R. Barthes, S / Z (traducción de Nicolás Rosa), 2ª edición revisada y corregida, México: Siglo xxi Editores
                  (Teoría), 2011, cap. v, pp. 19-20.
               21 R. Barthes, El grado cero de la escritura, pp. 38-40.
               22 Maurice Blanchot, «El lenguaje de la ficción», en La parte del fuego (traducción de Isidro Herrera), Madrid:
                  Arena Libros (Tiempo al Tiempo, 13), 2007, p. 75.
               23 Cf. M. Foucault, «El lenguaje del espacio», en Entre filosofía y literatura. Obras esenciales i (introducción,
                  traducción y edición de Miguel Morey), Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica (Paidós básica, 100), 1999,
                  pp. 11, pp. 267-268.
               24  Cf. U. Eco, La estructura ausente, secc. C, cap. 4, ii, p. 313.

               25  M. Foucault, El orden del discurso (traducción de Alberto González Troyano), 3ª edición, Barcelona: Tus-

                  quets Editores (Fábula, 126), 2005, p. 38.

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