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imaginaria, precisamente porque anula la necesidad de doles la permanente transformación del paisaje, que no
construir la lectura de su escritura a partir del constante es otra que la permanente transformación del discurso
pliegue y despliegue de un nombre a otro. La mirada no de la ciudad y de la mirada que también se transforma
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lo necesita porque su papel en el proceso de significación mientras contempla y reproduce dentro de sí semejan-
de cualquier manera está regulado por los poderosos có- te despliegue de su poder discursivo. Una escena así es
digos culturales que regulan el movimiento discursivo de completamente apabullante y desalentadora. Sin embar-
los nombres y, para ayudar a fortalecer o enriquecer el go, todo esto es formulado y analizado literariamente por
discurso de una ciudad, lo único que la mirada requiere es Ítalo Calvino para descubrir los secretos de los montajes
no ignorar la pluralidad ni la circulación de estos códigos. del dispositivo de poder que suelen desplegar las ciudades
Finalmente, con base en esta sujeción imaginaria de totalitarias sobre sus habitantes, para detonar igualmen-
las palabras, el discurso de una ciudad logra imponer su te su desmontaje a través de la literatura. Su estrategia
dominio sobre el lenguaje para, finalmente, establecer de contrapoder es realmente fascinante, ya que supone
uno más sofisticado sobre el pensamiento de sus habitan- que la literatura también es productora de un discurso
tes. La suya es una lógica —un modo de pensar— que im- —la mayoría de las veces sujeto al discurso de una ciu-
pone su dominio desde la materialidad de sus imágenes; dad—, pero con la ventaja de poder funcionar de modos
desde la materialidad de su flujo, de su devenir acon- diversos, de tal manera que puede romper, aunque no sin
tecimiento en el tiempo, de su doble acontecimiento dificultades y limitaciones, la estrategia de poder de la
histórico y discursivo; en fin, desde la materialidad de ciudad que funciona como dispositivo de control.
su discursividad que no es sino la materialidad de la El discurso literario tiene este poder porque puede opo-
permanente transformación del paisaje. ner una resistencia contra las instituciones imaginarias
Para Ítalo Calvino, postular una distinción entre la que le dan forma al discurso de una ciudad o al discurso
discursividad de las palabras y la discursividad de las imágenes de toda una civilización, llegando incluso a detonar cri-
no implicaba poner en cuestión lo que sea que debamos sis profundas en estos discursos o su completo colapso.
entender por discurso en lo general, sino abrir específi- Pero, ¿por qué y cómo puede esto el discurso literario? Lo
camente el análisis del discurso de una ciudad a una di- puede porque, en primer lugar, es capaz de desorgani-
versidad de formas discursivas concretas como un nuevo zar la trama imaginaria que imponen las ciudades a sus
punto de partida para el pensamiento: el de la literatura. habitantes. El título elegido por Calvino para su libro
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La gran ventaja teórica en este modo de proceder en rea- nos revela de inmediato esto, ya que las ciudades invisibles
lidad es metodológica, pues se trata de hacer posible un son justo aquellas que pueden pensarse (fantasearse si se
tipo de análisis capaz de dar cuenta de los usos especí- prefiere) sin estar sujetos a las miradas que han quedado
ficos de las imágenes y las palabras en la construcción atrapadas por el discurso de una ciudad o por el régimen
de un discurso literario y al intentar garantizar su efectivi- de visibilidad que éste ha logrado imponer a través de la
dad discursiva. En el caso del discurso de una ciudad, su incansable repetición de sus paisajes. La idea de las ciu-
efectividad discursiva se logra y se hace evidente en el dades invisibles no implica renunciar a la mirada; por el
momento en que sus habitantes terminan repitiendo su contrario, la libera de la sujeción a los paisajes materia-
discurso. Con lo que queda al descubierto su dominación, les que han organizado el discurso de una ciudad e inclu-
es decir, su sujeción a la lógica que termina imponién- so de la sujeción al discurso mismo. La mirada literaria
26 Cf. R. Barthes, S / Z, cap. xxxvi, pp. 88-89.
27 Cf. U. Eco, La estructura ausente, secc. C, cap. 5, ii, p. 317.
El discurso de la ciudad HETEROTOPÍAS 03 51

