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Si es posible tener algo de razón en que las ciudades  trol biopolítico de la población, no sólo para contener
               tienen su propio discurso, entonces podemos pregun-  los riesgos y evitar todos los posibles daños, como parte
               tarnos: ¿cuál es el discurso de las ciudades contempo-  de una cultura preventiva,  sino para  hacer posible  la
               ráneas?, ¿qué es lo que quieren dejar como impronta en  aniquilación inmediata y quirúrgica de cualquier ame-
               la frágil superficie de nuestro pensamiento?, ¿cómo es  naza que pudiera estar presente, causando conflictos,
               que estos objetos del pensamiento contemporáneo sir-  insurrecciones o discordias, pero, sobre todo, para con-
               ven para reconocer y actuar sobre los actuales límites o  trolar toda posible amenaza que pudiera presentarse en
               fronteras de la vida civilizada?            cualquier momento. Como pensaba Barthes, la idea mis-
                 La mayoría de las veces el discurso de las ciudades es  ma de población tiene como objeto la despolitización de
               el de su auto-conservación. La mirada sólo puede con-  la pluralidad de los grupos y de las minorías, pues ayuda
               templar en el paisaje urbano los vestigios de una civi-  a neutralizar la peligrosidad de las individualidades en su
               lización protegiéndose o asegurándose contra todo tipo  multiplicidad y en su diversidad. 37
               de amenazas, aunque de un modo realmente desconcer-  Otras veces, sin embargo, el discurso de la ciudad es
               tante. En la Antigüedad y la Edad Media, incluso en al-  el de la expansión o diseminación de la vida civiliza-
               gunos casos muy específicos al inicio de la Modernidad,  da, que se convierte rápidamente en el de la destrucción
               el espectáculo más común de este impulso compulsivo  de todo posible afuera o incluso —cuando encuentra las
               de las sociedades paranoicas era la  ciudad amurallada,   condiciones propicias para radicalizarse— en el discur-
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               pero en la actualidad ya no vemos murallas cercando  so de su auto-destrucción. Pero cuando esto último ha
               las ciudades para la protección de sus habitantes, sino  sucedido, sobre todo en el transcurso del último siglo,
               sofisticados dispositivos de seguridad que se van inscribien-  hemos visto cómo el discurso de la ciudad se convierte
               do sutilmente en el paisaje urbano, buscando de hecho  en una especie de discurso épico que busca embellecer la
               ser lo más invisibles que sea posible, quizá porque en el  barbarie que ha fundado y alimentado a la civilización,
               fondo ya no están diseñados para proteger a los habi-  ya que así anuncia y justifica la aniquilación de todo ras-
               tantes de una ciudad, sino para proteger exclusivamente  tro de humanidad en la civilización para poderse salvar
               a la ciudad en contra de sus propios habitantes.  Los  al margen, incluso, de los seres humanos que intentan
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               paisajes urbanos contemporáneos no nos hablan de una  habitarla, vivirla o sobrevivirla. No cabe duda que las
               preocupación de las ciudades por amenazas externas, nos  ciudades buscan su auto-conservación mediante el des-
               dejan ver una preocupación generalizada por las amenazas  concertante recurso de su autodestrucción, pero ésta,
               intestinas que deben ser contenidas a través de medidas de  antes de convertirse en el aterrador espectáculo de una
               detección, aislamiento, contención y erradicación o    ciudad en ruinas o una ciudad devastada, se convierte pri-
               de extirpación. Toda amenaza para la vida civilizada en  mero en el horrible espectáculo de una discreta —aun-
               las grandes urbes parece provenir de su propia pobla-  que generalizada— aniquilación de todo lo humano en
               ción, así que su sofisticado diseño responde con alguna  la ciudad.  Las ciudades se deshumanizan. Incluso se
                                                                  38
               frecuencia, hasta en los más pequeños detalles, al con-  puede apreciar cómo esto va sucediendo poco a poco,



               35  Cf. Jean-Luc Nancy, La ciudad a lo lejos (traducción de Andrea Sosa Varrotti), Buenos Aires: Manantial (Bordes), 2013,

                 pp. 34-35.
               36  Cf. M. Foucault, Seguridad, territorio, población, «Clase del 11 de enero de 1978», pp. 26-27 y «Clase del 25 de enero

                 de 1978», 94-96.
               37  R. Barthes, «Gramática africana», en Mitologías, p. 145.

               38  Cf. M. Blanchot, «Destruir», en La amistad (traducción de J. A. Doval Liz), Madrid: Editorial Trotta, 2007, pp. 109-112.


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