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Para comenzar, están las presiones de urbanización que se transfieren de los gatos domésticos para infectar
que querrían engullir la reserva, presiones que con fre- de sarna a los cacomixtles, ni el smog de los coches,
cuencia provienen de la misma universidad. Hay nece- ni la escasez de lluvias (que ahora, nos dicen, serán
sidad de más aulas, laboratorios, estacionamientos, can- inducidas mediante bombardeos de nubes a cargo de la
chas de futbol. Más calles, más desarrollo inmobiliario, Secretaría de Defensa), ni los gases de efecto inverna-
más espacio para desahogar basura y desperdicios. Pero dero. Y la naturaleza tampoco se excluye de la urbe: en
también hay flujos que empujan de adentro hacia afue- todo caso, negocia sus espacios de aparición: la reserva,
ra. El tlacuache, por ejemplo, se rehúsa a constreñirse el camellón, las cloacas y alcantarillas, las grietas en el
al espacio que se delimita en la repsa. Como la bioma- hormigón, las copas de los árboles. Además, la natura-
sa del Pedregal palidece en contraste con las 40 tone- leza no aparece de la misma manera en toda la ciudad,
ladas de basura de alto contenido calórico que Ciudad como si naturaleza y ciudad fueran categorías unitarias
Universitaria produce todos los días, no sorprende que ellas mismas. No es lo mismo pensar el centro que la
estos animales «escapen» la reserva y colonicen todo periferia, o los animales que las bacterias, ni el agua en
lo demás. Se estima que, mientras hay un tlacuache por San Gregorio que el agua en la Narvarte.
cada hectárea de pedregal originario, hay dieciséis por La idea de una naturaleza circunscrita, parcelada y
cada hectárea del campus de la Universidad. Y no sor- preservada de acción humana supone, para comenzar,
prende, tampoco, que los tlacuaches que se encuentran el binario naturaleza/cultura que, como se ha discutido
en basureros de la unam, o surcando sigilosamente los insistentemente, no se sostiene. No sólo porque lo
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jardines, tengan muchas veces caries o diabetes, y una humano está atravesado por eso que llamamos natura-
sospechosa ausencia de piojos y de liendres. leza desde todos los ángulos y en todos los frentes, des-
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Cantera, con todos sus estratos de artefactualidad, de lo más hondo del cuerpo —las células, los procesos
de intervención, de historia, no es una excepción a metabólicos, las enfermedades—, sino, también, porque
los modos en los que la naturaleza se presenta en y la naturaleza tampoco es escindible de las aperturas
desde la ciudad. Al contrario. Es un caso que deja ver históricas, culturales, lingüísticas y políticas desde las
con claridad capas y capas de coproducciones situadas, que se despliega. Por su parte, Sebastián Lomelí (acadé-
negociadas, confrontadas que preceden a cualquier mico de la unam) argumenta, por ejemplo, que si por
reparto de aquello que llamamos «lo natural» y «lo «naturaleza» entendemos cierto tipo de paisaje, habría
humano». Cualquier mirada cuidadosa muestra que que atender a las codificaciones que determinan dicho
los paisajes no intervenidos por la acción humana son paisaje precisamente en tanto natural. Para empezar, es-
cada vez menos, si no es que, llanamente, no existen. ta operación depende de categorías estéticas histórica-
Las fuerzas y los flujos que circulan en la urbe no se mente situadas —lo pintoresco, lo agreste, lo exótico, lo
frenan al llegar a los bordes de la reserva. Por eso los indómito—, pero, además, frecuentemente es resultado
animales domésticos abandonados no se autoexcluyen de intervenciones directas sobre el paisaje que se han
del pedregal. Como tampoco lo hacen los organismos invisibilizado o que no nos resultan evidentes. Y mu-
10 Conferencia de Guillermo Gil, «Entendiendo a los tlacuaches y cacomixtles: el caso de la unam», impartida en Cantera Oriente el 7
de noviembre de 2022.
11 Tanto las posthumanidades como la filosofía antropológica han criticado esta escisión, y hablan de «naturculturas» y «socio-natu-
ralezas», de «hibridaciones» y «ensamblajes multiespecie». Esta crítica es central al trabajo de Latour, Haraway, Descola y Viveiros
de Castro, por mencionar sólo algunos de los nombres prominentes.
12 Sebastián Lomelí, «Apuntes críticos para una hermenéutica de las estéticas del Antropoceno», en Theoría. Revista del Colegio de
Filosofía, núm. 39. México: unam, diciembre 2020, pp. 149-173.
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