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En realidad, pareciera no poder controlarse sino el El tiempo como experiencia subjetiva convoca a un
pasado y el espectro de todos aquellos que están en desdoblamiento paradójico, pues el olvido se encuentra
este, el pasado, y la memoria tienen un alcance políti- con el porvenir en el mismo espacio, como disputa de
co, también. Por lo tanto, no hay posibilidad de pensar la memoria. El espacio funge como garante de la pre-
a la ciudad sino en la idea de nación jugada en ella y, servación, en ese sentido las inscripciones en el espacio
por lo tanto, el papel que juega la plaza pública en es- reclaman un ejercicio de la imaginación, la cual no sólo
ta posibilidad. Sin embargo, como apuntamos atrás, la evoca sino recrea tanto lo pasado como el propio por-
plaza no se entiende sólo como una materialización de venir en cada paso.
discursos nacionalistas, también es preciso reparar en La necesidad de una memoria única y aglomerante
las prácticas y en los modos de habitar estos espacios. de sentidos sólo existe en la fantasía de una identidad
El porvenir de la nación se anuda ineludiblemente al nacional cerrada, la práctica del espacio de la plaza no
pasado, el cual permanece abierto como posibilidad de deja lugar a dudas «la exploración de la memoria y
vincular a los sujetos e interpelar el propio espacio. El la modelación fantasmagórica del futuro exhiben in-
tiempo transcurre en un sentido opuesto a lo estático, cesante trabajo de recreación recíproca». La disputa
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la finitud la desaparición y la extinción transcurren co- del espacio y sus modos de memoria no puede ser sino
tidianamente por más que el espacio pretenda detentar pasional. En ese sentido, el presente como imperativo
un poco el paso del tiempo parece inevitable. reclama una respuesta que no es sino una acción, un
La experiencia del tiempo supone en el sujeto la acto, una práctica. De tal forma, el deseo puesto en
percepción y la afección de la transformación, esta juego en la plaza pública y en particular en la Plaza de
misma experiencia posibilita el sentido del aquí y el las Tres Culturas, en Tlatelolco, no es sino un deseo
ahora. Para San Agustín, hay una distinción esencial de reconocimiento, de memorias habitando al espacio.
entre el tiempo humano y el tiempo de la divinidad «la Los tiempos en los que sucede este reconocimiento se
disolución del tiempo humano en lo infinitamente pre- trastocan en los modos de hacer memoria, en las for-
sente del tiempo absoluto de la divinidad». El tiempo mas de inscribir las historias en el espacio.
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como experiencia humana, es decir, narrativa, convo- Habrá entonces que suspender la concepción lineal,
ca dos sentidos inconmensurables del devenir: devenir cronológica del tiempo para pensar en una concepción
ausente y devenir presente, siguiendo a Mier sólo es experiencial del tiempo. Esta particular forma de enten-
posible encontrar las huellas de lo que fue, el espacio der el tiempo invita a un saber del pasado el cual no se
supone entonces una huella evocando una presencia mantiene estático, sino que su evocación y reelaboración
del pasado. La plaza juega el papel de garante de un sen- incide y da forma a la construcción del presente, tanto en
tido de nación, pero este sentido sólo se concretiza en un nivel subjetivo como en las formas espaciales urbanas.
la práctica del espacio: «El instante humano es ante De este modo, la memoria que se disputa en los es-
todo la experiencia de la implantación de una huella pacios de la ciudad no es sino una memoria asociativa
evanescente que cobra su sentido al constituirse úni- entre tiempos, una memoria inscrita en los cuerpos de
camente en el vértice de la memoria y de la espera». 6 los sujetos y en el espacio habitado. El espacio convoca
a una memoria silenciosa que los sujetos habrán de evo-
5 Raymundo Mier, «Umbrales y ámbitos de la experiencia del tiempo: sujeto e interacción», en Tramas. Subjetividad y Procesos So-
ciales, vol, x, núm. 33, México, uam-x, 2010, p. 15.
6 Ibid., p. 17.
7 Ibid., p. 19.
60 HETEROTOPÍAS 08 Espejismos de tiempo: Plaza de las Tres Culturas

