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vida mediocre y me busco un trabajo de verdad; lo dice una estela multicolor ambigua. Todo vibra y muere en
como si sólo tuviera que cambiarme la playera que instantes simples, acuosos y dilatados como un deseo
traigo puesta por una que le guste a ella. Me levanto, bajo la lengua.
dejo un billete y monedas y me despido, mientras ella Hay un pulular abundante de gente a pesar de
me mira desconcertada y ofendida. “¿Para eso querías que la violencia gravita cerca de todos los cuellos; salir
verme, imbécil? ¿Para eso me quitas mi tiempo? ¡Mal- y reír para desafiar el miedo. Las uñas quieren perdurar
dito idiota!” Sonrío y la beso en ambas mejillas. “¡No en la tierra, arrancarle algo que les/nos pertenece. Las
necesito tu dinero, muerto de hambre!” El billete y las piedras son consumidas en ráfagas de aliento y fuego,
monedas salen volando fuera del local; es bonito el dislocan las miradas y las consciencias. Todo me rodea,
espectáculo del desprecio. acá nada me ignora; soy parte de este microcosmos
Regreso casi corriendo a la estación Chilpancingo. cuasiolvidado. Una camioneta levanta una polvareda
Tengo que transbordar en Chabacano. Así comienza el mientras pasa por la calle que está a medio arreglar. El
viaje de sonoridades, de diferentes gamas aromáticas, polvo se clava en los pulmones y acaricia mi soledad.
multicolores. La red del metro enlaza no sólo lugares Sonrío, confiado en que vendrán cosas mejores en esta
y espacios disímiles en poco tiempo sino a personas… prematura oscuridad del atardecer. Todos nos miramos
Interrumpo mi pensamiento, recuerdo a Monique y con recelo y con un cuchillo en la boca porque en los días
me recuerdo a mí en un pasado muy próximo, como recientes han aparecido hombres colgados de puentes,
a dos kilómetros. Así de misterioso y polisémico es el quemados y descabezados. La degolladora también tuvo
metro de la Ciudad de México. Llego a Chabacano y su momento de fama, pero ahora ya es parte del pasado
no sé si transbordar a la línea 8 para llegar a mi casa de la memoria colectiva. No hay lugar para confiar en
o seguir en la 9 para ir a Pantitlán y de ahí ir a ver al nadie. Los perros caminan con una seguridad desafiante,
Pelusa y al Chimuelo. inmaculados entre las calles; nosotros, no.
Una chica y yo nos quedamos viendo. El pánico Por fin llego, saludo a don Eulalio y a sus meseras
se apodera de mis piernas. Me paralizo frente a ella y vestidas casi indecorosamente. El emporio siempre ha
después decido seguir hasta el fondo. Será mi amor mantenido su austeridad, su estilo minimalista dirían
chabacano del día. Hay algo en sus ojos; hay verdad en los de por allá. Sillas y mesas maltrechas, desgastadas
sus ojos, no en otra parte, sólo en sus oscuros ojos. No por la vida y las nalgas de todos los que vamos a destilar
sé cómo hace un momento había estado sentado frente nuestras tristezas diarias. Pido una cerveza familiar,
a los ojos verdes de Monique y ahora voy en dirección al una caguama. ¿Un vaso? No, así, directo de la botella.
oriente de la ciudad, dejando escapar esa oportunidad. El Chimuelo y el Pelusa no están, pero es viernes y
Suena el aviso de que las puertas cerrarán; ya estoy en vendrán sin duda. Prendo un cigarro, comienza a llegar
la estación Puebla, la siguiente es Pantitlán. El vagón gente. Salgo a terminármelo. Le doy las últimas caladas.
va semivacío. Llegamos y seguimos atados visualmente. Punto final: aquí, mi geografía son mis pies. Miro un
Soy de los últimos en salir junto con ella; afuera otra letrero en el zaguán de enfrente que dice: “Se ponchan
chica con un gesto de descontento y angustia se voltea llantas gratis…”, después siento un manotazo y una voz
y le grita: “Apúrate, Mónica, ya es bien tarde, no vamos chillona cantaleando mi nombre e insultándome: “¡Qué
a llegar”. Me sonríe, me quita la mirada y me deja atrás; pedo, pinche puto!, ¡si nos sigues abandonando así, te
así es esto de los amores fugaces del metro. Me quedo vamos a ir a partir la madre!” El letrero está aderezado
parado en la línea amarilla de “seguridad” del andén, con una frase más, escrita con caligrafía desordenada
pensando en eso, precisamente, en la seguridad. y marcador indeleble: “…o si lo decea le partimos su
Salgo y me dirijo al paradero para tomar el camión madre uste desida” [sic]. Me gusta la contundencia de
que me deja cerca de El emporio, ahí sobre la avenida algunas frases, de algunas personas y, sobre todo, la
Texcoco. El conductor le sube todo el volumen a su contundencia de esta ciudad.
música de banda, las ventanas retumban. El cobra-
dor grita: “¡Súbale hay lugares!”, “¡adiós, mamacita!”.
Sonrío y todo se equilibra. Me bajo y ya comienzan a
degradarse los colores en el cielo. En la esquina están
unos novios con su lata de activo, a la que le exprimen
una guayaba. Son felices andando de puntitas al filo de
ese abismo que los protege del mundo. El aire se espesa
con el sonido y las luces de neón de las motonetas que Raúl es fiel creyente de la Patafísica, devoto de San Juan Autista (sí, Autista), flâneur y
pasan serpenteando por las calles de Neza dejando amante del spleen. Dice haber estudiado Letras Hispánicas en la uam-i.
PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018 9

