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entrada con el firme propósito de dar el feliz portazo. Se Recuerdo al tipo del megáfono, previniendo a la
armó un empujadero, los pocos policías y los empleados multitud de no consumir el ácido alterado que había
del cine no pudieron evitar que la banda entrara sin proporcionado el ejército. La llegada en helicóptero de
pagar. Yo, aunque ya había comprado mi boleto, entré Janis Joplin, cuya actuación no está en la cinta; una fila
a la sala a empujones. Todos muy contentos apañamos interminable para recibir alimentos; la preocupación de
butaca. Se apagaron las luces y comenzó ese extraño damas y caballeros porque era muy difícil comunicarse
rito de permanecer sentado viendo escenas de un con sus familias; la fuerte lluvia y los gritos de alerta que
pasado no muy remoto, aunque para nosotros fuera decían: “bájense de las torres”. Las botas azules con es-
míticamente lejano. Ahí estaba la pandilla dándole los trellas blancas del esperpéntico Joe Cocker; el baterista
últimos retoques al escenario, viendo llegar en moto de Santana —un hallazgo de energía y precisión—. Al
a uno de los organizadores, tal vez John Roberts, Joel gurú ese con su discurso bobo sobre la amabilidad de
Rosenman, Michel Lang o Artie Kornfeld (jóvenes los gringos por luchar en favor de la libertad. Las barbas
empresarios yupis) para supervisar personalmente que en las mangas de la camisa de Jimmy Hendrix, cuando
no hubiera ningún contratiempo, mientras en el audio interpretó “Barras y estrellas”, simulando con su lírica
se escuchaba la famosa rola de Canned Heat, “Voy por la caída de bombas sobre la población vietnamita. Una
el país”, pero bautizada como La ranita. En la sala, el función utópica en donde el rock aparecía iluminado por
humo del cigarro iba en aumento. Las escenas sucedían, la certeza de que la nación Woodstock había terminado,
vimos subir al escenario al corpulento Richie Havens así como cualquier festival. Montones de zapatos, ropa,
para realizar la primera y emocionante participación. basura, ensuciando un campo en las cercanías de Nueva
Havens y su túnica se sentaron en un banco, la canción York; Jimmy Hendrix con la hermosura hasta arriba.
“Libertad” sacudió a la pípol, incluyendo a los cábulas La sala se sentía plena.
reunidos en el cine Regis; el humo de la mota comenzó Había visto, nueve años después, el festival más
lentamente a elevarse. Un tiempo después, la aparición numeroso jamás llevado a cabo en el país del norte. Las
de Joe Cocker y su sabrosa versión de la canción de los luces del cine Regis se encendieron. Los espectadores
Beatles “Con una pequeña ayuda de mis amigos”, hizo salimos por las escaleras que daban a la calle Colón,
que la multitud se pusiera de pie. En la sala flotaba una detrás del hotel Regis. Algunos compas iban tan hasta
nube de humo hippie. el cepillo que los llevaban de aguilita. Salvo por el coto-
La sensación de estar mirando cómo llegaba rreo y el portazo, la película Woodstock: tres días de paz
el ejército gabacho a suministrar desde helicópteros y música filmada por Michael Wadleigh, con montaje
víveres para los miles y miles ahí en su éxtasis, a las de Martin Scorsese, hizo vibrar a la pandilla setentera
nenas felices y desnudas correteando, las entrevistas un buen ratón.
realizadas a diversos asistentes, el grado de locuacidad Me fui a casa.
de cada persona que realiza entre la multitud su más Seguí yendo al cine Regis por elegante, por su
preciado sueño… era como estar ahí desde la sala, lejos, alfombra roja, por sus butacas delicadas, y porque en
pero ahí en el festival, y como nadie ponía orden en el él proyectaban siempre películas estupendas. Cuando
lugar, comenzó a rolar el trago, lo digo porque a mí me miré incendiado el hotel Regis, después del terremoto
pasaron una botella los vecinos de butaca. de 1985, a las 7:19 de la mañana, quedé aterrado. Corrí
La película siguió su curso. Todos los presentes y corrí entre edificios caídos y otros a punto de. Ahora,
nos sentíamos en buena onda. La actuación de John en donde anteriormente estaba situado el hotel, está
B. Sebastian, la explosiva canción contra la guerra de la Plaza de la Solidaridad. Al pasar por ahí siempre me
Vietnam de Country Joe McDonald, quien hizo can- acuerdo de su querido cine Regis, de la primera vez que
turrear al medio millón: “Fuck”. Y Arlo Gothrie, una entré a su pantalla y vi la película Woodstock. Chinguen
guapura. La loquez de Pete Townshend; la álgida voz a su madre los Hell Angels.
de Roger Daltrey con su Tommy, pidiendo: “tócame,
siénteme”, nos ponía bien peliagudos. El atasque no
cesó. Woodstock nos traía loquitos, en realidad no
sólo yo sentía esa emoción; la tropa estaba fumando y
bebiendo sin pedos, del puro hornazo dos o tres ya nos
estábamos poniendo. Luego llegó la participación de
Ten Years After, qué rolón, un requinto rápido, fino, la José Francisco ha publicado cuatro libros de poemas y editó 21 números de la revista de
batería hipnótica. “Me voy a casa”, cantaba Alvin Lee y poesía Deriva. Pero no navega a la deriva, sino por las aguas profundas del lado moridor.
se fue con una enorme sandía, satisfecho. Escribe para darse cuenta, no para encumbrar egos en montes sagrados.
PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018 13

