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mente era la única chica que me aceptaba tal cual era —¿Y nuestros paseos? —no sé si una cafetería
y no me gustaba verla así. Para intentar consolarla le con gatos sea el mejor lugar para discutir el asunto.
contaba también de mis problemas para que así viera —Los seguiremos teniendo —replica—. Sólo se
que no estaba sola. Le conté que algunos clientes de trata de vivir juntos.
la zona A pronto se mudarían a otra ciudad y otros to- —Ajá.
davía no me pagaban. Le decía lo difíciles que eran los —Son buenos pisos —toma el móvil para mos-
clientes de la zona B. No paraban de pedir descuentos trarme fotos—. Además, tú a veces te quejas de todas
y entendían por “cuidar el piso” renovación del mismo. las cosas que pierdes en los pisos que cuidas.
Huyendo de esos paseos por lugares grisáceos Es verdad que es un jaleo no recordar dónde dejé
fue como entramos al Katzencafé. Allí compartimos un mi cepillo de dientes y que sería práctico no llevar a
pastel de zanahoria y me habló sobre la velocidad a la todas partes una mochila con una muda de ropa por
que se estaba gentrifi cando la ciudad y los costos que si se ofrece. Le acaricio el lomo al gato.
ocasionaban las personas mantenidas gracias a la ayuda —¿Y mis clientes de la zona A? ¿Está bien
social —mencionando datos de economistas que ahora conectado? —voy pensando en qué cosas me gustaría
eran sus profesores—. Yo pensaba, mientras tanto, en dejar en Lichtenberg que no necesitaré conmigo—.
que desde que quedábamos en la zona B, a ninguno —No, no. Es para que despertemos juntos. Te
de los dos se nos ocurría terminar el paseo en el piso buscaríamos un trabajo. No tiene que ser ahora, poco
de algún cliente. No sabía si era por lo deprimente de a poco —y se ata el pelo que ya no tiene rastas—.
la zona o por el cansancio de ella, pero ése no era el Cuando lo dice siento que me roban de tajo los
momento para preguntarle. Tal vez no habíamos dado más de cincuenta departamentos que he conocido.
con las calles indicadas todavía. —Poco a poco —repito sin convicción—.
O, pienso ahora mientras la espero, tal vez en la Me ofrece ahora un poco de pastel. Yo preferiría
zona B no hay calles para ello. Supongo que por eso que estuviéramos caminando. Pero no para de acariciar
Monika me citó aquí, en nuestro primer café fuera del al gato. Planea paseos en la zona A. Hay muchos lugares
centro, para que volvamos a la zona A. Allí viene. Al ver a los que quiere ir otra vez conmigo. Todos al fi nal van
que ya llegué y que estoy aquí sentado con mi capuccino a acabar y nos regresarán a Lichtenberg, pienso. Me
y un pedazo de pastel, sonríe y casi siento la misma doy cuenta de que ya no pasaré las tardes en el balcón
emoción de nuestra primera cita. Me saluda y no para de Cecilia, despidiendo el día; ya no tendré que buscar
de hablar, que los credit points de la maestría, que acabó tazas y cafetera por las mañanas cuando me prepare
un libro excelente sobre migración en Europa. Hasta el desayuno. En nuestro piso reconoceré todo, aunque
que se le acaban los temas. Estoy a punto de robarle las sea poco a poco. El gato se eriza y se va de su regazo.
palabras para que por fi n lo diga y volvamos al centro. —¿Qué dices? —se termina mi capuccino y
Pero espero, me llevo un pedazo de pastel a la boca. sonríe—.
—Estaría bien vivir en Lichtenberg... —se muer- ¡Qué linda sonrisa!, pienso. En el celular hace un
de el labio como si tuviera todavía piercings—. Vi un zoom a la fotografía del balcón. Uno de los gatos pasa
piso ayer. cerca, acaricia mi pierna y se va. Monika se come el
Me quedo con el bocado sin tragar. Me había último pedazo de pastel, luego me abraza. Pienso en
contado que ya no podía quedarse en los dormitorios cómo se sentía despertar y saber dónde ha amanecido
estudiantiles, pero ¿cambiarse a Lichtenberg? uno, si con la cabeza al norte o al sur. Pero ya no me
—Tal vez no —y al decirlo recuerdo esos edifi cios acuerdo. Llevo años sin hacerlo. Berlín es una ciudad
cenicientos que sobresalen entre terrenos baldíos y en que se puede recorrer en tres años, dos meses y tres
este momento nos están rodeando—. días. De verdad que su sonrisa me hará falta.
—¿No crees que ya es tiempo de que desarrollemos
rituales como las demás parejas? —agrega y me quita
el tenedor de la mano. —¿No te gustaría poder volver
a los lugares que nos gustaron?
—Por supuesto —contesto un poco confuso—.
Uno de los gatos del café le brinca al regazo.
—¡Qué mono! Se acuerda de mí —le rasca el
mentón—. Quiero que te mudes conmigo a Lich-
tenberg —lo dice con todas sus letras, como si fuera Grizel es editora, correctora y autora peripatética nacida en la Ciudad de México que, por
cualquier cosa. azares del destino, siempre termina conociendo ciudades planas a pie.
26 PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018

