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Las esculturas de tierra, iluminadas, guardan Toledo llenó su negro laberinto de cubos de barro.
un silencio tan dominante que hasta dan ganas de La textura de los cubos es similar a la que tienen las
morirte. La siguiente pieza que llamó mi atención fue paredes hechas con tabiques de color terracota: son
una olla, de esas en donde las familias de antaño en los hornos en donde se deshacen de los cuerpos de las
este país acostumbraban beber agua fresca. En el cuello víctimas en este país. Se pueden encontrar a todo lo
de la vasija-olla hay una balsa formada por las patas largo y ancho de la patria. Los cubos-hornos me hicie-
estiradas de un conejo. El conejo viaja sobre la balsa, ron recordar el ardor que sentí cuando la humedad de
de manera que el lomo se mira un poco inclinado hacia mi piel rozaba contra el plástico con el que forran los
atrás, como quien descansa sobre un árbol. huele-espumas que tienen por camas en los hospitales
Fernandito, el niño que vi fallecer en el hospital, gratuitos de la Ciudad de México.
murió a los trece años. Sus padres morirán de la mis- Escribir este relato es de peor gusto que ponerse la
ma enfermedad, diabetes. A su padre le mocharon las playera del tricolor o dispararle con un flash a la muer-
piernas. Cuando desperté y me bajaron al piso donde te; cuando la gente de la sala del museo disparaba sus
están los pacientes fuera de peligro, lo primero que flashes como si estuvieran en un partido de los pumas,
escuché fue: “Tú, flaco, ¿a qué equipo le vas?”. Volteé sentí que les quería meter unos plomazos en la cara y
mi cuello como pude: era un señor con los cabellos después tomarles una foto. ¿Cómo era posible que vieran
mugrosos, sus únicos tres dientes se le tambaleaban el rostro de la muerte y lo único que pensaran fuera en
al decir palabra, estaba sentado en una silla de ruedas hacerse una selfie? Lo cierto es que ese día también tomé
y usaba una playera del América. “Lleva ahí tu sopa casi un par de fotos. Estuve caminando por esa negritud,
toda la tarde, ¿quieres que te la dé? En este piso sólo preguntándome si debería hacerlo: lo hice. La primera
bajan a los campeones, ¿verdad, m’ijo?” foto que tomé fue la del conejo reposando en la balsa.
La siguiente escultura que miré fue una donde el Después tomé otra: donde un sapo con ronchas en su
mismo chico de la cachucha sale del dorso de otra olla de piel abraza una olla —la parte más ancha de la olla es
barro, el mismo descarnado de la cachucha roja sacando su buche— hay burbujas negras, pútridas. El sapo tiene
la lengua. Sus encías despobladas resaltan de toda la una lengua larga, con ampollas, como las de una piel
imagen. El esqueleto del chico está amarrado con una quemada. Con llagas.
soga a la olla, sale un hueso por aquí y otro por allá. Salí del hospital Dr. Enrique Cabrera, que se
Fernandito nunca pudo ver los muñones de su encuentra hasta el Olivar del Conde, allá por Mixcoac,
papá, se había quedado ciego. La vista de Fernandito cuatro días después. Cuatro días más duró Fernando
y las pantorrillas de su padre se fueron juntas a causa vivo. La tarde que murió, éste se comportaba extraño:
de la diabetes. Fernandito se refería a los muñones me hizo prometerle que le dejaría dinero a su padre
con un nombre. Un muñón se llamaba Pupy y el otro para un tamal de dulce, decía que le pasara uno de los
Titi: el padre los movía a condición de que parecieran bombones que estaban tirados en el piso, decía que
marionetas o muñecos de peluche. Fernando tenía que los niños del árbol lo llamaban a jugar, decía que no le
adivinar quién de los muñones le hablaba, el padre decía: dejara de mecer la cama, “¿mecer la cama, Fernandi-
“¿Dónde está Pupy, dónde está Pupy?”. Fernando tenía to?”... ¡Yo no le andaba meciendo ni madres!, la piel se
que tocar el muñón correcto. me puso chinita.
Televisaban el mundial de 2014, la selección Salí del Museo de Arte Moderno hecho la chinga-
mexicana estaba rifando muy cabrón. A Fernando y da, como quien lleva la cola entre las patas. Caminé lo
a su padre les habían dejado un radio para escuchar más rápido que pude hacia el museo que está enfrente,
los partidos. El azúcar en la sangre de Fernando subía el Museo Tamayo. Atravesé un pedazo de bosque, las
hasta 600 y a las dos horas bajaba a 200 a merced de ardillas de Chapultepec se me acercaban, llegué a las
los goles que anunciaban por la radio. Fernando vivía escaleras del Museo Tamayo y lo primero que hice
en un constante vértigo. Ese día, su padre le había fue ver la foto de la escultura de Toledo: la del conejo
llevado una playera de la selección mexicana y, como flotante en la galería de mi celular. Me solté a llorar.
pudieron, esquivaron las llagas abiertas en la piel de Mi padre también tiene diabetes. Es posible que
la espalda de Fernando para ponerle la camiseta trico- muera como mueren un chingo de mexicanos: impedidos
lor. Esa tarde México ganó. Los doctores andaban de de poder ver o caminar. Diabéticos.
muy buen humor, las enfermeras me adelantaron mi Pagué el boleto para el Tamayo, ni siquiera vi qué
Ketorolaco para poder sobrellevar el dolor, a Fernando había, después de perderme un poco entre los caminos
hasta lo voltearon durante el día para poder ventilar del museo, me senté en una silla a mirar unas piezas
las llagas abiertas. de yeso, blanquísimas, que colgaban del techo. Pensé:
38 PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018

