Page 40 - Palabrijes 19-20
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Las esculturas de tierra, iluminadas, guardan   Toledo llenó su negro laberinto de cubos de barro.
                      un silencio tan dominante que hasta dan ganas de  La textura de los cubos es similar a la que tienen las
                      morirte. La siguiente pieza que llamó mi atención fue  paredes hechas con tabiques de color terracota: son
                      una olla, de esas en donde las familias de antaño en  los hornos en donde se deshacen de los cuerpos de las
                      este país acostumbraban beber agua fresca. En el cuello  víctimas en este país. Se pueden encontrar a todo lo
                      de la vasija-olla hay una balsa formada por las patas  largo y ancho de la patria. Los cubos-hornos me hicie-
                      estiradas de un conejo. El conejo viaja sobre la balsa,  ron recordar el ardor que sentí cuando la humedad de
                      de manera que el lomo se mira un poco inclinado hacia  mi piel rozaba contra el plástico con el que forran los
                      atrás, como quien descansa sobre un árbol.   huele-espumas que tienen por camas en los hospitales
                          Fernandito, el niño que vi fallecer en el hospital,  gratuitos de la Ciudad de México.
                      murió a los trece años. Sus padres morirán de la mis-  Escribir este relato es de peor gusto que ponerse la
                      ma enfermedad, diabetes. A su padre le mocharon las  playera del tricolor o dispararle con un flash a la muer-
                      piernas. Cuando desperté y me bajaron al piso donde  te; cuando la gente de la sala del museo disparaba sus
                      están los pacientes fuera de peligro, lo primero que  flashes como si estuvieran en un partido de los pumas,
                      escuché fue: “Tú, flaco, ¿a qué equipo le vas?”. Volteé  sentí que les quería meter unos plomazos en la cara y
                      mi cuello como pude: era un señor con los cabellos  después tomarles una foto. ¿Cómo era posible que vieran
                      mugrosos, sus únicos tres dientes se le tambaleaban  el rostro de la muerte y lo único que pensaran fuera en
                      al decir palabra, estaba sentado en una silla de ruedas  hacerse una selfie? Lo cierto es que ese día también tomé
                      y usaba una playera del América. “Lleva ahí tu sopa casi  un par de fotos. Estuve caminando por esa negritud,
                      toda la tarde, ¿quieres que te la dé? En este piso sólo  preguntándome si debería hacerlo: lo hice. La primera
                      bajan a los campeones, ¿verdad, m’ijo?”      foto que tomé fue la del conejo reposando en la balsa.
                          La siguiente escultura que miré fue una donde el  Después tomé otra: donde un sapo con ronchas en su
                      mismo chico de la cachucha sale del dorso de otra olla de  piel abraza una olla —la parte más ancha de la olla es
                      barro, el mismo descarnado de la cachucha roja sacando  su buche— hay burbujas negras, pútridas. El sapo tiene
                      la lengua. Sus encías despobladas resaltan de toda la  una lengua larga, con ampollas, como las de una piel
                      imagen. El esqueleto del chico está amarrado con una  quemada. Con llagas.
                      soga a la olla, sale un hueso por aquí y otro por allá.  Salí del hospital Dr. Enrique Cabrera, que se
                           Fernandito nunca pudo ver los muñones de su  encuentra hasta el Olivar del Conde, allá por Mixcoac,
                      papá, se había quedado ciego. La vista de Fernandito  cuatro días después. Cuatro días más duró Fernando
                      y las pantorrillas de su padre se fueron juntas a causa  vivo. La tarde que murió, éste se comportaba extraño:
                      de la diabetes. Fernandito se refería a los muñones  me hizo prometerle que le dejaría dinero a su padre
                      con un nombre. Un muñón se llamaba Pupy y el otro  para un tamal de dulce, decía que le pasara uno de los
                      Titi: el padre los movía a condición de que parecieran  bombones que estaban tirados en el piso, decía que
                      marionetas o muñecos de peluche. Fernando tenía que  los niños del árbol lo llamaban a jugar, decía que no le
                      adivinar quién de los muñones le hablaba, el padre decía:  dejara de mecer la cama, “¿mecer la cama, Fernandi-
                      “¿Dónde está Pupy, dónde está Pupy?”. Fernando tenía  to?”... ¡Yo no le andaba meciendo ni madres!, la piel se
                      que tocar el muñón correcto.                 me puso chinita.
                          Televisaban el mundial de 2014, la selección   Salí del Museo de Arte Moderno hecho la chinga-
                      mexicana estaba rifando muy cabrón. A Fernando y  da, como quien lleva la cola entre las patas. Caminé lo
                      a su padre les habían dejado un radio para escuchar  más rápido que pude hacia el museo que está enfrente,
                      los partidos. El azúcar en la sangre de Fernando subía  el Museo Tamayo. Atravesé un pedazo de bosque, las
                      hasta 600 y a las dos horas bajaba a 200 a merced de  ardillas de Chapultepec se me acercaban, llegué a las
                      los goles que anunciaban por la radio. Fernando vivía  escaleras del Museo Tamayo y lo primero que hice
                      en un constante vértigo. Ese día, su padre le había  fue ver la foto de la escultura de Toledo: la del conejo
                      llevado una playera de la selección mexicana y, como  flotante en la galería de mi celular. Me solté a llorar.
                      pudieron, esquivaron las llagas abiertas en la piel de   Mi padre también tiene diabetes. Es posible que
                      la espalda de Fernando para ponerle la camiseta trico-  muera como mueren un chingo de mexicanos: impedidos
                      lor. Esa tarde México ganó. Los doctores andaban de  de poder ver o caminar. Diabéticos.
                      muy buen humor, las enfermeras me adelantaron mi   Pagué el boleto para el Tamayo, ni siquiera vi qué
                      Ketorolaco para poder sobrellevar el dolor, a Fernando  había, después de perderme un poco entre los caminos
                      hasta lo voltearon durante el día para poder ventilar  del museo, me senté en una silla a mirar unas piezas
                      las llagas abiertas.                         de yeso, blanquísimas, que colgaban del techo. Pensé:
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