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“como siempre, no entiendo nada de lo que exponen llevaba toda la mañana viendo a las serpientes gemelas
aquí”. Pero no podía dejar de ver las piezas blanquísimas pelear. El laberinto negruzco de Toledo fueron las fauces
y sin textura, llanas. No tenían un sólo ángulo recto. Lo de serpiente atiborradas de veneno que inyectaban su
liso del yeso amedrentaba; me tranquilizaron. Comencé narcótico a la ciudad, a las segundas fauces: las salas
a percibir los efectos del ginseng y la hoja de coca: te- blancas del Tamayo con sus maneras más ingenuas.
nía cierto temblor en mis manos y un cosquilleo en el Cavilé de camino al monumento a la luz, que tal vez
entrecejo. El corazón latía apresurado y el entusiasmo esas nalgas que habían provocado ese desplome de
se desplomó en mi entrepierna. entusiasmo en mi entrepierna, también eran una forma
Había unos colegiales que más bien parecían ni- de combatir, de provocar el duelo.
ños con un discreto y menudo bigote. A las incipientes Volví a la Estela de Luz. Esta vez decidí entrar. La
curvas de las adolescentes las delataba su risa de niñas. chica que recibía las mochilas en la entrada me indicó
Sacaban selfi es, se reían y hacían comentarios sobre lo que sólo había dos exposiciones: Memorial y Zodiaco
absurdo de las piezas. Sus risas y sus disparos con el Multimedia. Bajé al sótano de la estela, dónde se en-
fl ash eran agua fresca para mis ojos, para mi cabeza, contraba Memorial. El espacio era un sótano blanco,
para mi entrepierna: las nalgas de los adolescentes iluminado por turnos, con siete luces de colores. En
me parecían las formas más perfectas de la galería. Su las paredes donde podías leer el propósito de la obra,
contoneo por esas salas tan blancas y tan vacías se llenó explicaban que la intención era hacer una cápsula del
de pronto de sentido, de lujuria, de vida. tiempo en donde apretando un botón rojo —que estaba
Salí del museo de las nalgas rejuvenecedoras y al centro— podrías dejar grabado un mensaje que te
de regreso a la Estela de Luz. En mi camino, vi algo pareciera importante de recordar en el futuro. Todo el
extraño: uno de esos mequetrefes que se ganan la vida material de la cápsula se guardaría en un lugar de la
engañando a la gente, una especie de merolico. Gritaba Estela de Luz para oírlo en el futuro. Pensé en un poe-
en medio de los puestos donde los niños se pintan las ma de Nezahualcóyotl —ese que se puede leer en los
caras de animalitos a la entrada de Chapultepec. Su billetes de a 100— y grabarlo al apretar el botón rojo,
“gran acto” consistía en echar a pelear dos serpientes. pero me pareció que era una mamarrachada. Sólo dije:
El señor insistía en que a las serpientes no se les había —Me llamo Rubén Castro, soy ingeniero, tengo
extraído el veneno y que eran serpientes peligrosas, ge- 26 años, me gusta mucho cocinar y llevo 7 años des-
melas. Nunca pude ver el “duelo”, las serpientes estaban aparecido...
metidas, cada una en un costal, en la esquina contraria
de una manta sobre el piso. El “duelo” parecía que iba
a tardar porque no se juntaban muchas personas a su
alrededor. Me fui a la Estela de Luz antes de que el show Valentín dice estudiar Creación Literaria en la UACM. Es adicto al té verde y tiene pósters
comenzara. De camino a la estela, se me ocurrió que de Selena en su cuarto. “Amor prohibido” es su canción favorita. También se pinta las uñas.
PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018 39

