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Motel Picasso                                sueño cercado al que los demás no tienen acceso. Mi
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                      Hay una voz dubitativa al pie de la escalera. Un miedo  un destino arriesgado, excitante. Sus manos danzan
                      comprendido en un cuerpo pudoroso. Pasos cortos que   maquinalmente en mi espalda con aire inquieto; me
                      se arrojan al vacío. Y tiemblan. Hay un dejarse ir, un  mira prolongadamente como en una sesión fotográfica;
                      darse a otros labios. Abandonarse a unos brazos que  yo retengo su imagen sutil, sus movimientos lentos
                      amortiguarán la eterna caída de unas cuantas horas.  y seguros. Pasamos horas sobre una mar de sábanas.
                      Luces que suspenden el tiempo, cuerpos que juegan,  Él me acaricia inesperada y deliciosamente, ¿con los
                      conversan y se funden. Atreverse, caer poco a poco en lo  dedos?, ¿con la lengua? No lo sé, pero me entrego al
                      infinito. Mudar la piel. Renovarse. Mirar sus ojos claros  placer perverso de experimentar. Después del baile,
                      y romper el misterio y la incertidumbre, el ansia o el  de haberme hecho gozar equis cantidad de veces, con-
                      deseo. Darse con la certeza de ser otro y no el mismo.  templamos nuestra realidad efímera, con un cruce de
                      Confiar en él… Se trata de explorar un refugio para  miradas precarias, traviesas, futuras. El valor de esta
                      eludir miradas ajenas y acariciar los silencios húmedos  fiesta es ser clandestina.
                      del espacio, los ecos del goce sin reservas. Somos un
                      cuerpo y una mirada inevitable en el fondo del vacío;  Quore
                      el suave golpe en el que descubro el talento de esta
                      práctica discreta.                           Es verla y contemplar lo que no tenía rostro y no posee-
                                                                   rá máscaras. Una imagen no de la perfección, sino de
                      Kron                                         la perpetuidad. Observo su piel, las líneas de sus labios,
                                                                   el contorno que moldea mi tacto: quedo embelesado.
                      Es un boquete. En el centro de la realidad. Un hueco  ¿Acaso me vuelvo rehén de este vislumbre?, ¿estar
                      protegido. El escondite donde es posible otro sem-  embebido es estar secuestrado de los sentidos?, ¿en
                      blante, donde uno puebla de penumbras la mirada que   el paraíso sólo hay prisioneros (fascinados)? No puedo
                      renace. Es un cuarto. Y son unos ojos y también unas  dejar de mirarla y presiento el peligro de eso. Un eso
                      manos. Unos ojos y unas manos, buscándose. Casi por  cuyo origen es apenas el encuentro furtivo y la colisión
                      vez primera. Pero es como si los cuerpos recordaran,  de los cuerpos. Un eso que no es sólo eso. También
                      porque ahí, entre delirios, hay un vislumbre que estuvo  es la acumulación de los detalles que nos rodean: la
                      ya antes. O dentro. La sensación de estar fuera, quizá,  penumbra en pleno día, el arrebato de las prendas, el
                      exiliados del mundo. Como en la infancia en donde uno  cruce pudoroso de las miradas. Porque es fácil observar
                      no comprendía plenamente. Donde no era necesario  al otro mientras el otro no te mira exacto y agudo a
                      entender qué se hacía o dónde se estaba. Y bastaba con  los ojos. Y eso hacemos: vernos a discreción, atentos,
                      dejarse ir para sentir el viento contra el rostro en el  absortos, admirados. (Sí, hay miedo a ver de frente:
                      vaivén del columpio. Sí, un boquete. En el centro de la  cualquiera sabe que enamorarse es hablar desde el
                      realidad. O una frontera. Estoy en un borde. Habito por  centro de la mirada.). Así que nos vemos de manera
                      unas horas ese margen. Un lugar en el que se está y no  oblicua. Ocurre al inicio, despacio, como en un ritual.
                      se está. La otra orilla. (¿No es eso la felicidad: cruzar el   Pero también al final, cuando el ritmo imperioso ha
                      río, cierto confín y no llegar?). No estoy solo. Estamos,  concluido, cuando acariciar el cabello del otro (o su
                      ella y yo, en el espejo. Al interior de los reflejos. Ahí  espalda) nos habla ya de la nostalgia que se anida
                      nos doblamos y nos desdoblamos. En ese paréntesis  en las manos, del momento en que crece la certeza
                      que decidimos abrirle al universo. Dándole la espalda  de que la contemplación pronto habrá terminado. Y
                      a la ciudad, en medio de esos corchetes delineados  entonces habrá que subir al coche, partir y despedirse.
                      con nuestros cuerpos. Entramos y permanecemos  Una vez más.
                      aquí. Apenas por unas horas. Para extraviarnos. En el
                      incendio de la humedad conseguida.           Centra2

                      V Motel Boutique                             Aparecer. Estarse en el medio, en el centro de la ciudad.
                                                                   Una metrópoli en furia que hace del encuentro una
                      Es la celebración a pleno sol. Una fiesta impaciente  huida, obstaculizada por gente sin nombre, por rostros
                      de cuerpos embriagados de placer, de gozo, de idas  borrosos que nos miran con extrañeza. Damos pasos
                      y venidas, de ajetreos prisioneros. Aprovechamos la  presurosos para escapar del ruido que nos estorba.
                      oportunidad a conciencia y nos extraviamos en un  Esquivamos autos, bicis y gente que camina sin rumbo.
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