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Francisco Trejo
En diálogo con la tradición del ensayo informal, este texto elucubra libremente sobre las
características, el signifi cado y los efectos que tienen las estatuas en las ciudades.
1. Los ojos de la estatua sobre todo las que tienen los ojos más abiertos, como si
quisieran comerse al mundo en un parpadeo. Muchas
[Si te asomaras a mis ojos, encontrarías en ellos el estatuas ocultan un grito en su mirada, cierto resen-
misterio de los tuyos. No te miento: tus pupilas parecen timiento o alguna tristeza. ¿Qué miró la mujer de Lot
fl ores de antigua fi ligrana.] Siempre les tuve temor a antes de convertirse en sal?, me pregunto con cierto
las estatuas porque tienen la mirada más sombría de pasmo. ¿En qué parte del mundo se oculta esta efi gie
todos los ojos que conozco. Es posible que este mismo o qué viento benévolo se compadeció de su imagen
miedo lo haya experimentado Oscar Wilde cuando tétrica y la erosionó para liberarla? También me intriga
escribió “La esfi nge”, un poema tan enigmático como ver imágenes de los petrifi cados de Pompeya, porque
el personaje que se presenta en su título. Cuando leo me hacen pensar en el hombre y en su intento deses-
sus versos, imagino los ojos de aquella bestia miran- perado por huir de sí mismo, de la maldita melodía de
do al joven escritor embebido en la poesía. Ay, aquel su existencia que pocos se atreven a tararear. [Quiero
muchacho, ¿será posible soportar la mirada de una ocultarme detrás de tus párpados broncíneos.]
efi gie tan alta como el vuelo de un cuervo? Veo a Wilde Los ojos de las estatuas son funestos para los
gesticulando su asombro ante la majestuosidad de una niños que los descubren en los parques públicos o en
pieza que infunde pavor. Cómo no sentir el deseo de algún pedestal de la casa de sus abuelos. Los pequeños
gritar: “¡Animal horrible, vete!” Por eso creo que las pueden pasarse días enteros rememorando esas miradas
estatuas, debido a la punción de su mirada, provocan enfermas. Recuerdo cuando vi los ojos de una estatua
animadversión en las personas. en un consultorio médico al que me llevaban mis pa-
Los ojos son lo más importante en una estatua, dres: era la fi gura de una sirena, muy mal construida
porque en ellos se refleja la personalidad de su en yeso, con los ojos semejantes a los de un lagarto.
creador. En Brasil existió un escultor leproso al que Nadie me creyó cuando dije que observé mi vejez en
apodaban Aleijadinho, muy famoso por la rareza de sus esas cuencas inundadas de amargura. Mis padres se
estatuas. Dicen que trabajaba de noche para no causar ocuparon de terminar con mis incesantes resfriados
repugnancia en los paseantes de las plazas durante llevándome al doctor, pero nunca se percataron de que
el día. Sospecho que los ojos de aquellas esculturas, mi alma se enfermaba en cada consulta. Las efi gies de
abiertos y hondos como un cenote seco, refl ejan el personajes mitológicos guardan en sus ojos el insulto
desprecio que Aleijadinho sintió por los hombres que se de su sombra, como los suicidas el de haber nacido. [A
burlaban de su enfermedad. Las singulares piezas que tus ojos no les temo.]
este artista legó al mundo son la materialización de su Quizá las estatuas odian a sus creadores, tanto
soledad: la forma de mostrarse, después de esconderse, como Adán pudo odiar a Dios por atreverse a despojarlo
leproso y triste, entre los muros de la noche. de sus costillas, esculpirle a la mujer y luego castigarlo
A veces pienso que algunas estatuas son los por tocarla, como un artesano que pasa su lija húmeda,
cuerpos de los hombres que miraron el iris de Medusa, lengua deseosa de carne, por la piel del barro que ha de
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