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brisas si se trabaja bajo un semáforo). De pronto en la sentido me frenó en seco, el suelo recibió mi cuerpo de
ciudad no existiría el tiempo, serían inútiles los relojes lleno. Todo eran gritos, movimientos de piernas, ruidos
de los grandes edificios, la humanidad sólo tendría en ensordecedores de cristales rompiéndose, en plena luz
mente levantar al prójimo. La humanidad por fin habría mis ojos comenzaron a oscurecerse.
comprendido a Dios. Tal vez yo… Cuando volví en mí, unos colegas de trabajo me
Era un simulacro. Bajamos con calma, platicando, preguntaban si los escuchaba, que cómo estaba. Uno de
aprovechando un descanso inédito a esa hora en todo ellos me ofrecía agua, el otro me la negaba, “es lo peor
el año. Afuera el sol estaba a todo lo que podía dar. que puedes hacer en estos casos”, le decía el segundo
Los automovilistas tocaban desesperados los cláxones, al primero, a mí qué me importaba si era lo peor o no,
mentando la madre como sólo ellos lo saben hacer, dado yo tenía sed. Mucha sed. Antes que dolor, lo que sentía
que nuestra zona de seguridad es la plena avenida, mos- era un peso enorme en mi cuerpo, me era imposible
trando a los ojos del mundo la buena planeación de la incorporarme completamente. Sólo levantaba mi ca-
ciudad. Los autos no entendían de simulacros, sonaban beza y volteaba a ver a mi alrededor, a los colegas que
y sonaban sus cláxones. Eso me dio cierta satisfacción. me atendían y no paraban de hablar, a mí mismo. Un
Pasar la frustración de uno a otros no es cualquier cosa. brazo hecho pedazos, una camisa ensangrentada, ¿qué
Sobre la misma calle donde se ubicaba mi oficina hay una me habría caído encima? Un hormigueo empezaba a
escuela secundaria. Se alcanzaban a ver en ella a algunos escurrir lentamente por todo mi cuerpo, un temor
muchachitos en las escaleras a quienes seguramente les grande se apoderó de mi ser. Pronto mi cuerpo sería
pareció divertido no cumplir con las indicaciones del víctima de un dolor insoportable. A la velocidad de una
profesor que, por cierto, subió por ellos y les obligó a flecha me llegaron las imágenes que había visto por años
bajar, supongo que gritándoles. Eso último me pareció con indiferencia, personas lanzando un grito agónico
divertido. Los minutos transcurrieron, el sudor en el de dolor y miedo a la muerte, tomados por una cámara
rostro se propagó y la chica de protección civil hablaba que trasmitía la escena por vía satélite a todo el globo.
y hablaba. ¿No podían ser más breves? No, tenían que “¡Una ambulancia, una ambulancia!” Gritaba hasta
cumplir con el protocolo completito, burócratas tenían quedar afónico. “Vas a estar bien, tranquilo, ya viene
que ser. Terminó. Sudados, habiendo cuchicheado toda en camino la ambulancia”, me dijo una voz femenina,
clase de estupideces, nos resignamos a cumplir el resto era Laura, la temida bruja de nuestra sección. “¿Cómo
de nuestra jornada laboral. Ya no faltaba mucho, total, se encuentra Rubén?”, se acercó Don Chucho con rostro
una hora más de atención, después puertas abriendo de preocupación, con verdadera preocupación, ese viejo
y cerrando (serían, seguro, los que de último minuto que tanto gustó de discutir conmigo agriamente cuando
llegan con los documentos solicitados, los que luchan visitaba su local. Se multiplicaban las voces, los rostros,
porque el gendarme les permita pasar fuera de tiempo, pero yo ya no podía responder, el dolor me mataba.
los que, luego de discutir con ese viejo amargado de He tenido que pasar varios días en el hospital.
Don Chucho por las copias tan caras y tan mal hechas, La idea que me cruzó varias veces por la cabeza de que
volvían para tratar de terminar un trámite que le ha- perdería el brazo había sido desproporcionada. Gracias
ríamos continuar mañana). Mi mente se adormeció a Dios mi brazo permanecería conmigo. ¿Cuántos días
como siempre pasa a punto de terminar la jornada. Ya habré pasado hasta hoy en este hospital? He perdido
no parlaba conmigo mismo. Me dedicaba a teclear en la cuenta, y eso me alegra. Sin tiempo, sin reloj, sin
silencio. Pronto pasaría la una, una y media, las dos en prisas por llegar a un sitio determinado, mi mente se
punto y estaría fuera de esa aburrida oficina. ha relajado mucho. Es increíble que lo que imaginé
Y pasó. Un movimiento fuerte me zarandeó y me por un lapsus se hiciera realidad ese mismo día. La
hizo abandonar como un resorte mi asiento. Gritos, tierra se movió y decenas de hombres perecieron, otros
objetos inidentificables que sonaban al caer, indicacio- están heridos como yo, otros han corrido peor suerte
nes de, ¿quién? Mi cuerpo me impulsaba, sentía una que la mía, andarán sin uno de sus brazos o estarán
opresión en mi pecho que, sabía, sólo pararía al salir de acompañados de por vida por una silla de ruedas. Sin
ese lugar, posible tumba colectiva. Pero el movimiento embargo, lo más increíble fue el cambio de actitud de
no era fácil, menos cuando el pánico aumentó por un tantas personas. Lo que sólo creí que podía pasar en
fuerte estruendo que emitió el edificio. El peligro de la imaginación se vive día tras día. Ni maestros, ni
morir por caer de las escaleras, de ser pisoteado por la alumnos, policías, burócratas, vendedores ambulan-
muchedumbre era latente. Me afiancé como pude al pa- tes, secretarias, ni conductores de colectivos de esta
samano, bajé interminables escalones…y, a unos pasos ciudad, nadie se queda fuera en la ayuda que pueden
de salir del infierno, un golpe como nunca antes había aportar a los damnificados. Algunos han tenido la
4 PALABRIJES 19-20 • ENERO-DICIEMBRE 2018

