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cabe la menor duda. Le saco por una cabeza, pero bajo  que claramente le molesta. Levanta el brazo izquierdo;
                      su uniforme aguado (camisola con mínimas insignias,  yo no puedo evitar la reacción y aparto un poco el rostro,
                      pantalón de cargo, botas) se mueve un cuerpo correoso,  pero sólo cierra de golpe la cajuela y medio se ríe, está
                      fuertísimo, entrenado, y su gesto rencoroso me advierte  acostumbrado a que le tengan miedo.
                      que es capaz de tenderme en la banqueta de un madrazo   — …pa’que te compres un coche bueno (desprecio
                      a la primera respuesta equivocada.           infi nito; por el coche, por mí).
                          Yo estoy tranquilo. Casi.                     Sobre mi indignación prevalece, por amplísima
                          Manejo un auto que anhelaba desde 1975: un  ventaja, el miedo. Miro a mi alrededor, digo que “no”
                      Volkswagen 1975, pero recién hojalateado y pintado,  sacudiendo la cabeza y se me sale un chasquido de
                      con sus cuartos delanteros anaranjados en la defensa  lengua y un “chale” apenas audible.
                      y sobre las salpicaderas. A mí, de veras, me gusta mi   Se planta entonces frente a mí, cerquísima; de
                      coche. Y, cosa rara, llevo todos mis papeles en regla.  su rostro y sus ojos ha desaparecido todo menos el
                          —¿A qué te dedicas?                      desprecio y la superioridad. Se muere de ganas de sol-
                          Me tutea desde su rango superior. Le muestro  tarme el madrazo. Paso saliva. Me da los documentos
                      mi credencial de maestro de la UACM y la ambigüedad  muy despacio.
                      de la sonrisa se ahonda (desprecio y sobrentendidos).  —Vete a la verga. Y que no te vuelva a ver más
                           —¿Y qué haces ahí?                      que cuando sea para decirnos que sí porque te parto
                          —Doy clases —le respondo, sin subrayar la ob-  tu puta madre.
                      viedad.                                           Tomo mis documentos, muy despacio, con cautela,
                          —¿Nada más…?                             sin sostenerle la mirada, y me quedo quieto. Me da por
                          Afi rmo con gesto que sí subraya la obviedad.  fi n la espalda y les lanza en voz alta un “Sin novedad”
                          Silencio. Él da unos pasos cortos, sueltos, frente  a los otros, que hablan entre sí a unos cuantos pasos.
                      a mí, me examina, siempre con mis documentos en  Se les une; risas. Ninguno voltea a verme.
                      la mano.                                          Subo a mi Volkswagen y me voy. De prisa.
                          —¿No eres jefe…? ¿Jefe de algo? —me mira a    Voy a dar clases.
                      los ojos, me mide; suelta, en voz un poco más baja—.   Voy a  dar mis clases a Casa Libertad.
                      ¿No puedes conseguir unos títulos? Los pagamos bien,
                      ésos… a’i con alguien que tú conozcas.
                          Hay una pausa; evidentemente me está hablando   Erando es actor y en nada fue precoz, sino tardío; después de más de treinta años en
                      en serio. Yo no contesto, pero en mi asombro hay algo   escena, vuelve a las aulas como estudiante de Creación Literaria.
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