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DESDE LA SOLEDAD de la escuela en cambio de turno, comprando dulces, riendo a
carcajadas, niños, niños fuera de foco. Lo que nadie había visto
ni vería tampoco esa tarde, era un hombre, adulto, en distintos
días y distintos lugares de la colonia.
Durante los meses que siguieron al hecho, se rumoró que
los policías buscaban en realidad células subversivas del Ejército
Libertario Radical, como parte de una labor del departamento
de inteligencia. Él, incrédulo a todo lo que desvirtuara el acto
heroico nunca quiso creer aquello, tal vez para no quedar como
un vil asesino. Entonces, arriba del carro deletreó cada sigla:
E, ele, erre. Sus compañeros lo miraron confusos, había que
bajar la voz porque en ese lugar los rumores se movían solos. Y
era cierto. Con la cámara en la mano volteó a su derecha por la
ventanilla. Un hombre que apagaba un cigarro, alto y robusto
como un viejo pirul, parado en la esquina de la primaria lo veía
directamente. Supo lo que iba a pasar, ese hombre apagaría el
cigarro y se acercaría liderando a una multitud rabiosa. Él, el
del auto, gritó la sentencia a sus compañeros, pero ellos, escép-
ticos, buscaban mantener la calma y se convencían de que sus
credenciales y una llamada al mando superior pondría orden
en la multitud. Mientras el otro él, el de afuera, avivaba a la
muchedumbre. Él, éste, el de adentro, sabía de nuevo lo que iba
a pasar. Bajó del coche y trató de explicarle al tipo frente a él, el
hombre robusto con cierta autoridad en el pueblo, que no eran
secuestradores, que buscaban gente dañina, que eran hombres
de fiar, pero todo explotó cuando uno de sus acompañantes se
identificó como policía especializado.
—¿Ya ven? Éstos son los policías... ¡Arrástrenlos de los
verlo para convencerlo de llamar al pueblo tocando las campanas. pelos para que aprendan!
Quizá era una forma de lavar la imagen de los manejos extraños Él lo intentaría, pero sabía que no podía convencerse a
de la administración de su esposa, sólo habían sido ineficientes sí mismo. Estaba perdido. A él, el hombre de enfrente nada le
con los números. Entonces las campanas repicaron y mientras podía parecer más ruin que aprovechar una posición de servidor
el padre explicaba a la comunidad lo que ocurría calle arriba, él público para afectar a aquellos a quienes se debía servir. Quiso
se adelantó para no perder de vista a la presa. explicar que tenía pruebas de que eran agentes en labores de
Pensaba en eso mientras se acercaba al Ford por todos investigación secreta, pero alguien se adelantó. Le sacaron la
ubicado. Las otras tardes, que en el fondo eran la misma, llega- cámara de las bolsas. Otro más gritó que había fotografías de
ba hasta la esquina de la primaria «Dos de noviembre» y veía a niños, verían lo que querían ver, nunca a la persona del fondo.
detalle y con claridad a uno de los tres hombres fotografiar la Los otros, sus compañeros, hacían todo por calmar y conven-
zona. Esta vez pasaría lo mismo. Él siguió conforme a los hechos, cer a la multitud, pero sería inútil, sabía perfectamente cómo
avanzando rumbo al coche gris, notando las caras, pero faltaba terminaba aquello. De inmediato sintió que lo tomaban por la
una. Y en vez de quedarse en la contra esquina, como siempre, espalda, los brazos ya estaban inmóviles cuando llegó su propia
esperando la llegada del gentío, se acercó hasta la puerta del fuerza a descargarse sobre su nueva cara. El golpe que venía
copiloto. ¿Sería que con la libertad del sueño haría algún otro desde su propia mano era tan doloroso como si fueran diez,
acto heroico? No fue así. Abrió la puerta y se subió. porque conocía perfectamente el odio que empujaba el puño,
Los dos hombres adentro seguían en silencio. Él bajó la lo que entonces comprendió como cerrazón y que durante años
visera que en el reverso guardaba un espejo y se reconoció, joven, llamó orgullo. Fueron sus propias manos las que lo tomaron del
delgado, con otra cara y al hablar con otra voz. Sus acompañan- cabello, tirándole como si realmente fuera un asesino. Escuchó
tes le hablaban también en voz baja pero con naturalidad sobre los mismos insultos en su misma voz, pero esta vez no salían de
apellidos, números y señas particulares; y eso le dio mucho su boca, entraban por unos oídos que hasta esa noche no habían
miedo. Metió la mano en la chamarra que llevaba y encontró una sido suyos. Había pasado de victimario a víctima.
cámara fotográfica y empezó a sudar. La prendió, vio las fotos, Lo obligaban a avanzar al frente de la masa caliente, pero
entendió todo... Había imágenes de niños entrando y saliendo ahora él era el sometido. No hablaba, no tenía sentido, a cada
PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019 31

