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Manual  de


                                                            palabra respondía un puñetazo. Sabía que el hombre que lo llevaba
                                                            interpretaba su silencio como la prueba máxima de su culpa, y
                                                            eso lo alteraba. Estaba perdido. No supo en qué momento per-
                                                            dió la camisa, no supo cuántas manos lo golpearon, ni cuántas
            número cinco                                    gritaban que lo lincharan en el kiosco del pueblo de La Soledad
                                                            Tierra Blanca. Cada tantito alguien se adelantaba y le escupía
                                                            alguna grosería, otro más lo golpeaba con algún palo o algún
            Los otros que gobiernan nuestros                tubo, sin dejar nunca de avanzar. Sus compañeros a estas horas
                                                            estarían sufriendo algo muy parecido.
            adentros tienen sed de libertad, de                  Las calles se iluminaban por completo con los faros, ya era
            cambio. Éste es el caso de mamá                 de noche. Sus piernas se doblaron y cayó de frente hasta el piso.
            borrega quien en sus terrenos se                Fue su propia cara la que lo detuvo, pero como si llevara resortes
            vuelve pastora.                                 rebotó de nuevo arriba, jalado por la masa. La sangre le corría
                                                            como gotas de sudor espesas formando costras que le ahogaban.
                                                            no hubiera podido hablar, la sangre lo atragantaba y se cuajaba
            Andrea Angulo                                   adentro. Comprendió que esa multitud tampoco sabía lo que
                                                            hacía, y también pidió perdón al cielo por ellos y por él, porque
            l psiquiatra fue el que le hizo la entrevista inicial en   muchas veces él había estado del otro lado. Miró la plaza por
            el hospital infantil de internamiento. A pesar de la   donde saludó tantas veces a quienes cruzaban rumbo al merca-
      Evoluntad de los propios padres, después de la clásica   do, a quienes pedían apoyo para sembrar el maíz en su milpa o
       prueba de realidad, también le preguntaron por qué decía que   necesitaban algún oficio firmado para enterrar a su difunto. Esa
       era “mamá borrega” cuando él era varón. En la institución ya   misma gente era ahora la que gritaba que lo quemaran... ¡Vivo!
       se habían quejado de que la directiva estaba consintiendo la   Sus compañeros, ahora los llamaba así al saberlos inocentes,
       infiltración de la “ideología de género” cuando se les permitía   agonizaban inflados a golpes e insultos, casi desnudos sobre unos
       aparentar ser del sexo que no les correspondía.      leños viejos que ardían bajo su carne frente a los ojos de los ciegos
           Él, que de principio parecía inteligente, no pudo con-  que además tapaban de sus narices el olor a carne chamuscada.
       testar acertadamente ni a la primera pregunta. Dijo que hoy   Gasolina, cerillos, ese olor nauseabundo que jamás pudo
       era de mañana y cantaba el gallo. En cambio en la noche salía   volver a respirar sin repulsión desde la noche primera. Pero
       el búho y hacían ruido los grillos.                  esta vez el olor le escurría por la cabeza, pintándose de rojo en
           Evidentemente, no pudimos dar por buenas esas res-  cada herida, a punto de arder sobre leña improvisada, vigas,
       puestas ni ninguna, por lo que tuvimos que internarlo indefini-  cimbras, mesas rotas... Se vio a sí mismo, gordo y encabronado
       damente con la esperanza de que el tratamiento fuera efectivo   decirle cosas que no escuchó porque ya las había dicho antes.
       a mediano plazo y eventualmente regresara con sus padres.   Cada tanto sus propios puñetazos lo iban tumbando. Se vio a
           Creí que iba bien porque durante las últimas terapias   sí mismo encender el fuego, a punto de encender al policía, que
       no inventaba historias ni manifestaba “disforia”. Después de   era él también. Y supo entonces que esa noche sería la última
       las sesiones grupales, pasé cerca del pabellón infantil y no se   en que volvería a soñar lo que tantas veces soñó, que algún día
       oía ni un ruidito, usted sabe que los niños de dos años suelen   pasó y nunca debió pasar.
       ser bastante ruidosos.
           —Ya le dije señor detective, hoy por la mañana, cuando
       fui a dejarle el desayuno al cuarto, lo único que encontré fue
       un pelo de borrega. No puedo dar mejores explicaciones: han
       desaparecido todos los pacientitos del pabellón infantil con
       presunta “disforia de género”. Los muy cínicos han dejado
       rayoneadas cada una de las paredes con poemas de pajaritos
       rehuyendo de la autoridad médica y huellas de “mamá bo-
       rrega”, como firma.
                                                            La escritura es una forma distinta de mirar la vida. Una forma libre. Por eso la
                                                            gente escribe. Luis Arnulfo escribe porque hay muchas cosas que no puede
                                                            ver de otra forma que no sea mediante las palabras. Escribe en la ciudad donde
       Andrea es una apasionada quejosa de la psicología normativa, ha explorado   nació, de la ciudad donde creció, la Ciudad de México. Nació en Tláhuac, con
       distintos escapes, nada le ha resultado todavía. Intenta escribir su malestar en   un pie en el estribo y el otro en un camión. Estudió Literatura y vive entre lo que
       la cultura, convertir sus dolores en rayones inscritos sobre distintas superficies.  lee y lo que escribe.
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