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abíamos que las sombras se apoderaban de la casa y, de al mes, porque a Julio le gustaba que lo sorprendiera leyendo
todos modos, antes de dormir, estábamos mirando el Les fleurs du mal. El sillón azulado de la sala cerca de la puerta de
Stecho sin decirnos nada. Cada quien en su cuarto fingie- roble, en donde medía, a buen ojo, los brazos a Julio para tejerle
do que no había ocurrido. Después de la contemplación, oía los el pullover azul que le gustó tanto en su cumpleaños. Cuando
respiros de Julio atravesando la pared, caminar por el pasillo y nos dimos cuenta del mal, ya estábamos agazapados en nuestros
entrar en mi pecho por los poros. Podía sentir cómo, bajo la pijama, su cuartos mirando el techo, para después fingir que no sabíamos qué
pecho desnudo subía y bajaba lentamente, pero también estaba segura había tomado la casa.
que su sueño no era tranquilo. Simulaba la duermevela para relajarme. Perdimos otras cosas mientras dejábamos la casa. Perdí
No lo habíamos pensado hasta que mamá murió. La soledad y la las pañoletas del cajón que me satisfacía tener listas porque eso
tristeza nos habían orillado. No hubo la oportunidad de aprender que podía hacer, anticiparme a las necesidades de Julio, tener listo
estaba mal. Algo nos lo dijo cuando ya lo habíamos hecho, así que lo aquello que aún no necesitara para verle sonreír y poner esa cara
olvidamos, como se olvidan las cosas vergonzosas. Igual, al rezago de de extrañeza que ponen los hombres cuando sienten que les leen
la luz de la casi noche, nos mirábamos compartiendo nuestro secreto. la mente. Julio perdió los timbres de papá y yo gané espacio más
De noche era cuando podía pensar en las clavículas de Julio. entre los reveses y él.
En los hombros que enmarcaban su espalda. En el lunar prominente Gané tiempo porque después de las labores que habíamos
y oscuro en su pecho. En sus dedos gruesos y morenos. En los rizos repartido en nuestro nuevo espacio, si apurábamos las tareas
nacientes de su nuca. En las heridas de sus labios que se cortan
que nos quedaban, podíamos adueñarnos de la tarde. Ganábamos
CHIVILCOY
CHIVILCOY
por el frío en invierno y en que tengo que tejerle un suéter nuevo.
ahora, ya en esta nueva casa, miradas sin interrupciones de cemento
Cuando Julio dijo que la casa había sido tomada sentí un o madera, ganábamos suspiros y disfrutábamos el silencio de una
escalofrío trepador en la espalda. casa habitada por susurros. Cubrimos las paredes e imaginamos
Lo sabían. que eran nuevas.
Pese a todas las vueltas y reveses que hice bien apretados, pese Todo hubiera pasado más rápido de no ser por aquellos puntos
a la lana azul oscuro que Julio me compraba todos los sábados, se en forma de trébol que, juntos, hicieron una red donde guardamos
habían dado cuenta cuando por entre los puntos altos y dobles se un tiempo más aquello. Pero la hebra una vez deshecha se corre
nos escaparon los suspiros. Se nos había escurrido aquello de entre y tuvimos el tiempo de un suspiro antes de salir y saber que las
los cajones de suéteres de invierno, entre las páginas dobladas de pañoletas de colores ya no estaban en los cuadros y el chaleco gris
esa novela que tanto le gustaba, entre las persianas a medio bajar. ahora yacía destejido.
Incluso cuando esa tarde cerramos las ventanas seguros de Igual estaba cansada de ser la algo de alguien. La hermana de
que no nos verían. Incluso cuando, al llegar, callé el grito mordién- Julio que se la pasa tejiendo. La señora de la gran casa que se gasta
dome la mano mientras Julio me abrazaba protector. la vida limpiándola. La solterona que rechazó a Manuel Pereyra.
De lo primero que nos percatamos fue de los ojos vidriosos La mujer sucia de la casa en Chivilcoy sobre Suipacha y Necochea.
en las fotografías de los bisabuelos, los abuelos y la foto de mamá; Cansada de ser otra y no Irene, y de que nos miraran raro por ser
tuve que sacar todos los pañuelos para cubrirles los cristales, pero más que hermanos.
aún así sentíamos sus miradas, sabíamos que interceptaban las ¿Y qué si éramos hermanos? ¿Y qué si nos había orillado a
nuestras con sus ojos marchitos. Sabían de nuestro amanecer la soledad? ¿Y qué si de niños ya nos habíamos conocido bien? ¿Y
temprano, de la limpieza de la casa, de las comidas silenciosas, de qué si mi madre nos descubrió, enfermó y murió seguramente por
las tardes calurosas y los pies descalzos enlazados. nuestra culpa? ¿Y qué si el amor puede tergiversarse?
Julio me lo dijo mientras tejía un chaleco gris para él. Me Cuando llenó toda la casa, nos fuimos mientras Julio me
había estado mirando varias horas hacerlo, era una danza secreta rodeaba la cintura y yo me recargaba en su hombro. Empezaríamos
la de mis dedos con la lana que a Julio le gustaba tanto. en otro lugar, llenaríamos otra casa, conoceríamos otra mesita de
Aquello comenzó a carcomer los lugares que más prefería- centro, otro tapete granate mugriento y otro sillón azulado.
mos: la mesita de descanso, que tenía una altura perfecta y en la
que, por la tarde, la luz se derramaba azafranada. La biblioteca, Paulina está convencida de que una vida perfecta incluye café, días lluviosos,
con la alfombra granate que teníamos que lavar más de tres veces libros y gatos.
PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019 51

