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que tardó tres años en comprarlo. Eso le restaría sun- defensa que esconde su más temible arma en las pala-
tuosidad a las vestiduras de cuero. bras altisonantes que llevan implícitas una verdad que
Enciende. Reversa. Primera. Segunda. Anochece incomoda, pero que no se escucha, porque la noche está
y el viento atosiga a los árboles de la avenida con ese puesta para que la verdad sea ignorada. Sangre brota
aire enrarecido de esta época del año. Tercera. El auto de los labios que ahora besan a la que fue su mujer, de
comienza a bufar la furia de su american muscle manu- rojo se iluminan los dientes de la sonrisa que lo recibió
facturado en algún país tercermundista. Cuarta. Una al entrar a la casa que llamó su hogar. Se hace visible la
anciana se deja sorprender por la alfombra de hojas facilidad con la que un hombre se convierte, un poco más
levantada por ese bólido turbocargado. Segunda otra o un poco menos, en un patán; que recuerda que esas
vez, sin llegar nunca a quinta, gira a la izquierda avi- manos furiosas alguna vez encontraron apaciguamiento
sando su movimiento con un intempestivo rechinar en el rostro de esa mujer que ahora le escupe reproches
de llantas que deja una leve marca en el pavimento. imaginados o reales. Le arden los nudillos y mira con
Le urge llegar, porque esta vez será diferente. No regodeo el pómulo hinchado, como ciruela podrida, del
se acercará titubeante, no como lo ha hecho las últimas que quiso hacer su oponente, del que le quitó algo que
ocasiones, a tocar la puerta dos veces, nunca tres, tan él mismo había perdido. La cólera animal comienza a
sólo para esperar a que el frío le golpee el pecho y des- bajarle el color de la cara, y podía seguir golpeándolo,
pués poder irse con un cigarrillo, sin encender, bien tanto, tanto más, porque por sus venas corre el coraje
pegado en los labios, para ahogar el llanto que suele del torturado que al último suspiro encuentra la fuerza
acercarse para guillotinarle el coraje en la garganta. necesaria para escupirle la cara a su verdugo.
Esta vez no, no se quedará afuera fingiendo creer que Todo es una ilusión, un vecino entra a la casa,
no escucha que los de adentro fingen no escuchar sus mira el desorden en que se encuentra: los sillones
llamados a la puerta. desalineados, la funda de la mesita de centro en el
Esta vez no hay silencio. suelo, papelerío botado por doquier y una virgencita,
La impaciencia encuentra su aroma en la noche comprada en cualquier santería, decapitada a los pies
y el bólido hace un vertiginoso alto frente a aquella de la niña que puede atestiguar lo sucedido con las
casa que siempre lo recibe con cara de deshabitada. El lágrimas que escurren por sus mejillas.
saber que Él está ahí, el mirar el compacto azul esta- Todo es una ilusión y la calma busca su lugar en
cionado frente a su entrada le hace olvidar las palabras el silencio.
de aliento, los buenos deseos: la soledad insoportable Él sale como perro con la cola al cuello, estran-
que le exigía un remedio. gulando cualquier palabra. Entra al auto y se detiene
Baja azotando la puerta, haciendo vibrar el reflejo antes de encenderlo; por impuls, se tapa la boca con la
de su puño izquierdo, cerrado y venoso, en el espejuelo. mano izquierda para no descubrirse gimiendo en voz
No hay lugar para consideraciones y la furia que trae alta. Arranca el auto y se pierde en el camino.
atorada, en el hueco que hay entre el corazón y el estó- La calma al fin penetra al silencio. Los niños
mago, le pide a gritos de impotencia que estrelle toda ya fueron acostados por su madre, los vecinos han
su humanidad contra la enclenque puerta de madera satisfecho la curiosidad encubierta de preocupación y
que cede ante el soplido de la fiera. el agraviado ha partido con ellos. La mujer sigue recri-
Entra a la casa como un toro salido al ruedo. Si minándose la intuición culposa de lo sucedido, prende
hiciera aún más frío podríamos ver la rabia evaporada un cigarro, aspira lento, las bocanadas se escuchan en
emanando de su nariz, dispersándose en la atmósfera; los umbrales de la habitación. Luego, escucha un so-
atmósfera de tibieza nerviosa acompañada con un café nido violento allá afuera, lejos; se levanta del sillón, se
amargo y el ruido de una televisión que fue encendida asoma a la ventana, se vuelve a sentar. Se tapa la boca
para hacer menos evidente el silencio que anticipa cual- con la mano izquierda para no sorprender el sueño de
quier desenlace ya conocido. No tardó en abalanzarse los niños con un grito.
contra el cuerpo que tenía enfrente apenas lo vio. Lo Esta vez toca la puerta. Un sonido violento. La mu-
quería reventar a golpes, porque era lo justo, porque era jer se levanta, tiembla, atiende sin preguntar quién es:
necesario. Le tira un puñetazo al rostro, para borrarle «Olvidé besar a mis hijos», lo escucha decir.
con sus propias manos la superioridad que le imponía
no hacer ningún movimiento para defenderse, como Armando es profesor en la UNAM e internacionalista trunco.Estudió
si quisiera quedar bien con su mujer, con sus hijos, literatura comparada después de declararse incompetente en las mate-
para otorgarle a él el incriminatorio papel de villano. rias de mercado. Actualmente desarrolla un proyecto de investigación
Lo golpea, una vez más, mientras ella se pierde en la sobre la filosofía del autoescarnio en la discografía del Cuarteto de Nos.
PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019 53

