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I                       que siento su aliento. No lleva zapatos. Usa un short
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                s normal que un hombre, después de seis horas  del todo, así de liviana congenia justo con sus huesos.
                supervisando la monotonía de los desechos  Cuerpo y carita sin rasgos de higiene, ojos luminosos,
          Eindustriales pasando frente a él, sin saber si  hambrientos. De sus labios brotan grumos de saliva
          está dormido o permanece en sus cabales, erguido y  seca, apoderándose del territorio de la piel reventada.
          maniatado, quiera salir a toda costa de aquel infierno;  Entre este niño y yo no hay diferencia en el aspecto,
          aun si esta actividad le ha costado casi la mitad de su  la causa de ello es la misma fundidora. Me señala el
          vida. Es normal que a la hora del almuerzo cualquiera  sándwich, como algo increíble. Tengo tanta hambre,
          busque una excusa para pedir permiso en la jefatura;  pero supongo que la prueba a la que me expuse desde
          esto, si se junta con algún cumpleaños, acelera el  el momento en que llegué al parque conlleva realizar
          proceso, siempre y cuando sea con anticipación, con  una buena acción. No hay tiendas cercanas. Pienso
          permiso para salir afuera, a orearse de la peste que  que será imposible volver a la planta con el estómago
          expiden las bocas de estas máquinas; hasta el comedor,  satisfecho, por lo que decido no convidarle de mi sánd-
          los pasillos, las oficinas llega el pesado olor a metales  wich, mas sin dejar la caridad de lado, intento extraer
          derritiéndose, saliendo como baba de las fauces de  de mi bolsillo una moneda de valor estimable. Presa de
          un volcán en miniatura. Uno llega a acostumbrarse a  la impaciencia al no poder sacarla de un tirón, saltan
          todo, esa es la máxima que fundidora Doppelkraft Co.   hacia el suelo varias monedas. De inmediato el chico
          pretende implantarnos. Quisiera saber qué hay allá,  se abalanza, agarrándolas con la agilidad de un experto
          bajo la luz del día.                          piñatero. Confuso, yo también voy al suelo, intentando
               No sé conducirme una vez afuera. Hace mucho que   coger siquiera una; pero todas han desaparecido. Ni qué
          no me marco rutas que no vayan desde la casa al trabajo.   decir del niño, que corre a toda velocidad con las manos
          Pronto encuentro lo que parece un parque vecinal, a  juntas. No puedo creerlo: a pesar del frío comienzo a
          suficiente distancia de las gigantescas chimeneas. Tomo  sentir bochornos.
          asiento en una banca, percibo el aire más ligero que
          allá adentro, eso basta para sentirme dichoso; aunque              II
          no me lo crea, porque en realidad nada encuentro de
          especial que no haya experimentado antes: la misma   Como es de suponerse, no volví a pedir permiso
          angustia por doquier. Debo someterme a una exhaus-  en la jefatura para almorzar afuera. Preferí las instan-
          tiva convicción de que el tiempo libre me pertenece,  cias del comedor, rodeado de las mismas compañías,
          consciente de que estoy, por lo menos, siendo dueño  soportando los mismos chistes mal contados, las mis-
          de mí mismo. Pero es imposible engañar al cuerpo, el  mas observaciones acerca de la vejez que a todos nos
          alma anhela recuperar su espacio perdido para siempre  parece llegar con anticipo. He querido contarles a mis
          en cada uno de sus impulsos.                  colegas sobre el asunto del niño, pero me arrepiento
               Saco de mi lonchera un sándwich imitación club;  justo a tiempo, eso me convertiría en el hazmerreír
          está doradito, como mi mujer suele preparármelo. Lanzo  de hoy en adelante. Tanto me ha costado no hacer el
          pequeños trozos de pan a los pájaros que merodean por  ridículo hasta ahora, al grado de ser respetado incluso
          ahí, alrededor de una fuente, cuyos leones de asbesto  por los jóvenes. Veinte años rinden su mérito, como
          ya no escupen chorros de agua. Alguna vez debieron  para echarlos a perder así nomás.
          hacerlo, hoy sólo hojas muertas, ceniza, defecaciones,   Largos ratos pienso en él. La monotonía del tone-
          bultos de basura doméstica colman el interior de la  laje de desperdicio me hipnotiza a tal grado que escucho
          fosa. Las aves no tardan en juntarse, descienden de los  mi propia voz, por encima de las poderosas máquinas
          secos árboles como si estuvieran gritando; comienzan  rugiendo, quemándolo todo. ¿Ese niño tendrá familia,
          a pelearse entre ellas, a ver quién es capaz de disfru-  es huérfano, es explotado? ¿Vivirá en alguna casa con
          tar el imprevisto manjar. No puedo compadecerlas o   techo y una cama donde dormir? ¿Irá a la escuela como
          terminaría por arrojarles mi almuerzo. El jamón y el  se supone que las cifras de analfabetismo prevén? De
          queso se contorsionan en mis dedos, como si también   lo contrario ¿trabaja? ¿Para quién? Debo admitir que
          quisieran escapar.                            por un momento creí que me devolvería el dinero una
               En esas vanas observaciones entretenido per-  vez juntado. Qué ingenuo suelo ser cuando creo en lo
          manezco, cuando de repente, un golpecillo en el codo  correcto. No puedo estar enojado con él, no suelo ser
          con toda osadía llama mi atención. Un niño de escasos   de esos hombres que guardan el resentimiento como
          ocho años me mira sonriente, a tan poca distancia  a un oso de felpa o a una fotografía que miramos en

          PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019                                                               65
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