Page 67 - Palabrijes 21-22
P. 67
I que siento su aliento. No lleva zapatos. Usa un short
a pesar del frío. La camisa tampoco parece protegerlo
s normal que un hombre, después de seis horas del todo, así de liviana congenia justo con sus huesos.
supervisando la monotonía de los desechos Cuerpo y carita sin rasgos de higiene, ojos luminosos,
Eindustriales pasando frente a él, sin saber si hambrientos. De sus labios brotan grumos de saliva
está dormido o permanece en sus cabales, erguido y seca, apoderándose del territorio de la piel reventada.
maniatado, quiera salir a toda costa de aquel infierno; Entre este niño y yo no hay diferencia en el aspecto,
aun si esta actividad le ha costado casi la mitad de su la causa de ello es la misma fundidora. Me señala el
vida. Es normal que a la hora del almuerzo cualquiera sándwich, como algo increíble. Tengo tanta hambre,
busque una excusa para pedir permiso en la jefatura; pero supongo que la prueba a la que me expuse desde
esto, si se junta con algún cumpleaños, acelera el el momento en que llegué al parque conlleva realizar
proceso, siempre y cuando sea con anticipación, con una buena acción. No hay tiendas cercanas. Pienso
permiso para salir afuera, a orearse de la peste que que será imposible volver a la planta con el estómago
expiden las bocas de estas máquinas; hasta el comedor, satisfecho, por lo que decido no convidarle de mi sánd-
los pasillos, las oficinas llega el pesado olor a metales wich, mas sin dejar la caridad de lado, intento extraer
derritiéndose, saliendo como baba de las fauces de de mi bolsillo una moneda de valor estimable. Presa de
un volcán en miniatura. Uno llega a acostumbrarse a la impaciencia al no poder sacarla de un tirón, saltan
todo, esa es la máxima que fundidora Doppelkraft Co. hacia el suelo varias monedas. De inmediato el chico
pretende implantarnos. Quisiera saber qué hay allá, se abalanza, agarrándolas con la agilidad de un experto
bajo la luz del día. piñatero. Confuso, yo también voy al suelo, intentando
No sé conducirme una vez afuera. Hace mucho que coger siquiera una; pero todas han desaparecido. Ni qué
no me marco rutas que no vayan desde la casa al trabajo. decir del niño, que corre a toda velocidad con las manos
Pronto encuentro lo que parece un parque vecinal, a juntas. No puedo creerlo: a pesar del frío comienzo a
suficiente distancia de las gigantescas chimeneas. Tomo sentir bochornos.
asiento en una banca, percibo el aire más ligero que
allá adentro, eso basta para sentirme dichoso; aunque II
no me lo crea, porque en realidad nada encuentro de
especial que no haya experimentado antes: la misma Como es de suponerse, no volví a pedir permiso
angustia por doquier. Debo someterme a una exhaus- en la jefatura para almorzar afuera. Preferí las instan-
tiva convicción de que el tiempo libre me pertenece, cias del comedor, rodeado de las mismas compañías,
consciente de que estoy, por lo menos, siendo dueño soportando los mismos chistes mal contados, las mis-
de mí mismo. Pero es imposible engañar al cuerpo, el mas observaciones acerca de la vejez que a todos nos
alma anhela recuperar su espacio perdido para siempre parece llegar con anticipo. He querido contarles a mis
en cada uno de sus impulsos. colegas sobre el asunto del niño, pero me arrepiento
Saco de mi lonchera un sándwich imitación club; justo a tiempo, eso me convertiría en el hazmerreír
está doradito, como mi mujer suele preparármelo. Lanzo de hoy en adelante. Tanto me ha costado no hacer el
pequeños trozos de pan a los pájaros que merodean por ridículo hasta ahora, al grado de ser respetado incluso
ahí, alrededor de una fuente, cuyos leones de asbesto por los jóvenes. Veinte años rinden su mérito, como
ya no escupen chorros de agua. Alguna vez debieron para echarlos a perder así nomás.
hacerlo, hoy sólo hojas muertas, ceniza, defecaciones, Largos ratos pienso en él. La monotonía del tone-
bultos de basura doméstica colman el interior de la laje de desperdicio me hipnotiza a tal grado que escucho
fosa. Las aves no tardan en juntarse, descienden de los mi propia voz, por encima de las poderosas máquinas
secos árboles como si estuvieran gritando; comienzan rugiendo, quemándolo todo. ¿Ese niño tendrá familia,
a pelearse entre ellas, a ver quién es capaz de disfru- es huérfano, es explotado? ¿Vivirá en alguna casa con
tar el imprevisto manjar. No puedo compadecerlas o techo y una cama donde dormir? ¿Irá a la escuela como
terminaría por arrojarles mi almuerzo. El jamón y el se supone que las cifras de analfabetismo prevén? De
queso se contorsionan en mis dedos, como si también lo contrario ¿trabaja? ¿Para quién? Debo admitir que
quisieran escapar. por un momento creí que me devolvería el dinero una
En esas vanas observaciones entretenido per- vez juntado. Qué ingenuo suelo ser cuando creo en lo
manezco, cuando de repente, un golpecillo en el codo correcto. No puedo estar enojado con él, no suelo ser
con toda osadía llama mi atención. Un niño de escasos de esos hombres que guardan el resentimiento como
ocho años me mira sonriente, a tan poca distancia a un oso de felpa o a una fotografía que miramos en
PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019 65

