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secreto. Estoy seguro de que si vuelvo a tener la opor- de divertirme. Alcanzarlo es mi meta, aunque no sea
tunidad de demostrarle, a pesar del ruin acto cometido el mismo del otro día, no importa, lo mismo le dará
—comprensible a su edad— que he logrado perdonar, a Tania. Tardo en darme cuenta que he caído en otra
tal vez pueda ganar su confianza, hablarle, volverme artimaña, jugarreta auspiciada por la ingenuidad
su amigo, enderezarlo. Dispuesto estoy a llevarle un adulta: en cuanto este infante al que persigo voltea a
sándwich cada ocho días. Sí. De hoy en adelante le pe- ver alevosamente en dirección a la fuente, carcajeán-
diré a Tania que prepare dos sándwiches en vez de uno. dose con más fuerza. Me detengo, sé lo estúpido que
Quizá, ¿por qué no? De sólo pensarlo me entusiasma la puedo parecer cuando ninguno de mis allegados me
idea descabellada de poderlo adoptar, eso si no tiene ya mira. Furioso distingo al inigualable Él, corriendo en
una familia; nosotros de seguro no tendremos un hijo dirección opuesta, agitando los sándwiches en el aire,
jamás. Sí, ¿por qué no adoptarlo? Lo veo en nuestra para comprobar que ha ganado.
casa, creciendo a nuestro lado y sonrío de nuevo.
V
III
La idea emocionó mucho a Tania. En seguida se No me canso de repetirle a Tania: no regresaré al
puso a hacer preguntas sobre el niño, sus rasgos, su parque nunca más. Le conté, ahora sí, lo que sucedió:
edad, sus atributos, sus defectos. Tiene la falsa im- cómo se la apañaron aquellos chiquillos para robarme
presión de que he jugado con él en el parque. No sabe el almuerzo. Ella toma todo a juego. Ya más tranquilos,
lo bribón que resultó. Debo repetirle varias veces que junto al calor de nuestros cuerpos en la cama, me pre-
apenas lo conozco, que no sé nada de él sino la primera gunta si no recuerdo mis promesas, ese rollo con el que
impresión. Casi me arrepiento de habérselo contado. me ha hecho cometer locuras, habernos juntado a tan
Pero no puedo ser hostil, doblegarla a esa recurrente temprana edad, por ejemplo. Trato de no herirla, ése
culpabilidad que siente al no tener hijos, arranques de es mi deber desde el principio. No quiero recordarle un
euforia que intento evitarle distrayéndola, hablando de viejo tiempo donde pudimos tener hijos propios, para
la destreza que tiene el niño para correr. así enamorarnos no sólo de nosotros sino de la vida
Por la mañana, la veo preparar dos sándwiches entera. Tengo que contarle una y otra vez la misma
idénticos. Les puso etiquetitas, una con mi nombre y la historia, hasta que olvide; sé que puedo compensarla
otra con sólo una palabra: Él, como decidimos llamarle con detalles que hasta a mí me alucinan. Ella imagina
hasta no saber su verdadero nombre. Creo que esta vez como si estuviera viéndonos en una bola de cristal,
no pediré permiso en la jefatura, debo hacer todo lo llegando a aquel parque, pareciendo ser lo que desea.
posible por escabullirme antes del almuerzo sin que A veces me preocupa su estabilidad emocional, cuando
nadie me vea. Logro imaginarme a Tania despidién- la veo así, absorta de mis palabras, dando a luz en su
donos a los dos en la puerta, no suele darme el lonche imaginario una enorme familia, que desde joven ha
en las manos como sucede hoy. Supongo que no nací soñado en su vejez.
para romper sus encantos.
VI
IV
Hoy es el primer sábado después de un año que me
Estoy de nuevo en el parque. El tiempo parece toca descansar. Tania se levantó temprano. Anda por
detenido. La misma fuente de leones de asbesto an- toda la casa como si tuviera algo importante qué hacer.
helando el líquido correr por sus bocas. Los árboles Está cariñosa. Hemos hecho el amor en la mesa, como
muertos, la basura multicolor. Ahora entiendo por en los tiempos de recién casados. Dijo que después del
qué soy el único que se atreve a venir aquí a disfrutar desayuno iríamos a pasear. Comienzo a sentir que nos
de su comida. No hay señales de él por ningún sitio. embarazamos anoche. De igual forma temo lo peor, que
Mi sándwich permanece intacto; sé que vendrá. De esto no sea sino una seducción artera con propósitos
pronto, un chiquillo brinca frente a mí desde la fuente, en el fondo. Como si me hubiera oído cuestionarla pre-
no es él pero se le parece. Me torea, a que no lo puedo viamente, me adelanta que iremos al parque. Intento
atrapar parece decir mientras hace muecas con las disuadirla, no se me ocurre un peor lugar donde pasar
manos en las sienes. De un salto abandono la fuente mi día de descanso. La invito a patinar, por estas fechas
y me lanzo sobre él. Es la primera vez en décadas que hay una pista de hielo en el Zócalo. Reniega. Firme en
juego a las atrapadas en un parque con muchas ganas un deseo implantado desde hace tiempo. Lo aflora y
66 PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019

