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secreto. Estoy seguro de que si vuelvo a tener la opor-  de divertirme. Alcanzarlo es mi meta, aunque no sea
                      tunidad de demostrarle, a pesar del ruin acto cometido  el mismo del otro día, no importa, lo mismo le dará
                      —comprensible a su edad— que he logrado perdonar,  a Tania. Tardo en darme cuenta que he caído en otra
                      tal vez pueda ganar su confianza, hablarle, volverme  artimaña, jugarreta auspiciada por la ingenuidad
                      su amigo, enderezarlo. Dispuesto estoy a llevarle un  adulta: en cuanto este infante al que persigo voltea a
                      sándwich cada ocho días. Sí. De hoy en adelante le pe-  ver alevosamente en dirección a la fuente, carcajeán-
                      diré a Tania que prepare dos sándwiches en vez de uno.  dose con más fuerza. Me detengo, sé lo estúpido que
                      Quizá, ¿por qué no? De sólo pensarlo me entusiasma la  puedo parecer cuando ninguno de mis allegados me
                      idea descabellada de poderlo adoptar, eso si no tiene ya  mira. Furioso distingo al inigualable Él, corriendo en
                      una familia; nosotros de seguro no tendremos un hijo  dirección opuesta, agitando los sándwiches en el aire,
                      jamás. Sí, ¿por qué no adoptarlo? Lo veo en nuestra  para comprobar que ha ganado.
                      casa, creciendo a nuestro lado y sonrío de nuevo.
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                                           III

                          La idea emocionó mucho a Tania. En seguida se   No me canso de repetirle a Tania: no regresaré al
                      puso a hacer preguntas sobre el niño, sus rasgos, su  parque nunca más. Le conté, ahora sí, lo que sucedió:
                      edad, sus atributos, sus defectos. Tiene la falsa im-  cómo se la apañaron aquellos chiquillos para robarme
                      presión de que he jugado con él en el parque. No sabe  el almuerzo. Ella toma todo a juego. Ya más tranquilos,
                      lo bribón que resultó. Debo repetirle varias veces que  junto al calor de nuestros cuerpos en la cama, me pre-
                      apenas lo conozco, que no sé nada de él sino la primera  gunta si no recuerdo mis promesas, ese rollo con el que
                      impresión. Casi me arrepiento de habérselo contado.  me ha hecho cometer locuras, habernos juntado a tan
                      Pero no puedo ser hostil, doblegarla a esa recurrente  temprana edad, por ejemplo. Trato de no herirla, ése
                      culpabilidad que siente al no tener hijos, arranques de  es mi deber desde el principio. No quiero recordarle un
                      euforia que intento evitarle distrayéndola, hablando de  viejo tiempo donde pudimos tener hijos propios, para
                      la destreza que tiene el niño para correr.   así enamorarnos no sólo de nosotros sino de la vida
                          Por la mañana, la veo preparar dos sándwiches  entera. Tengo que contarle una y otra vez la misma
                      idénticos. Les puso etiquetitas, una con mi nombre y la  historia, hasta que olvide; sé que puedo compensarla
                      otra con sólo una palabra: Él, como decidimos llamarle  con detalles que hasta a mí me alucinan. Ella imagina
                      hasta no saber su verdadero nombre. Creo que esta vez  como si estuviera viéndonos en una bola de cristal,
                      no pediré permiso en la jefatura, debo hacer todo lo  llegando a aquel parque, pareciendo ser lo que desea.
                      posible por escabullirme antes del almuerzo sin que  A veces me preocupa su estabilidad emocional, cuando
                      nadie me vea. Logro imaginarme a Tania despidién-  la veo así, absorta de mis palabras, dando a luz en su
                      donos a los dos en la puerta, no suele darme el lonche  imaginario una enorme familia, que desde joven ha
                      en las manos como sucede hoy. Supongo que no nací  soñado en su vejez.
                      para romper sus encantos.
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                                          IV
                                                                        Hoy es el primer sábado después de un año que me
                          Estoy de nuevo en el parque. El tiempo parece  toca descansar. Tania se levantó temprano. Anda por
                      detenido. La misma fuente de leones de asbesto an-  toda la casa como si tuviera algo importante qué hacer.
                      helando el líquido correr por sus bocas. Los árboles  Está cariñosa. Hemos hecho el amor en la mesa, como
                      muertos, la basura multicolor. Ahora entiendo por  en los tiempos de recién casados. Dijo que después del
                      qué soy el único que se atreve a venir aquí a disfrutar  desayuno iríamos a pasear. Comienzo a sentir que nos
                      de su comida. No hay señales de él por ningún sitio.  embarazamos anoche. De igual forma temo lo peor, que
                      Mi sándwich permanece intacto; sé que vendrá. De  esto no sea sino una seducción artera con propósitos
                      pronto, un chiquillo brinca frente a mí desde la fuente,  en el fondo. Como si me hubiera oído cuestionarla pre-
                      no es él pero se le parece. Me torea, a que no lo puedo  viamente, me adelanta que iremos al parque. Intento
                      atrapar parece decir mientras hace muecas con las  disuadirla, no se me ocurre un peor lugar donde pasar
                      manos en las sienes. De un salto abandono la fuente  mi día de descanso. La invito a patinar, por estas fechas
                      y me lanzo sobre él. Es la primera vez en décadas que  hay una pista de hielo en el Zócalo. Reniega. Firme en
                      juego a las atrapadas en un parque con muchas ganas  un deseo implantado desde hace tiempo. Lo aflora y

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