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no conoce otro método sino el de las lágrimas. Cómo  lo hace. Esos niños no son lo que aparentan entonces.
          negarme ante eso.                             Tania comienza a creer que todo se trata de una mala
               El amor gira a revoluciones imperceptibles, lo hace  broma de mi parte. Quiere irse lo más pronto posible.
          siempre en sentido de la supervivencia, si no ¿dónde   Un presentimiento me inmoviliza cuando descu-
          queda la realización máxima de nuestras palabras? Tania  bro que somos observados desde que llegamos. Apa-
          lleva consigo la bolsa del mandado repleta de sándwi-  recen cinco, diez, veinte infantes, entre ellos algunos
          ches imitación club. A todos les ha puesto etiquetas   adolescentes, rodeándonos en torno a la fuente. Traen
          con frases bonitas, que yo rechacé sentarme a escribir,  exhibiendo piedras, palos, botellas de plástico, cadenas,
          tomando en cuenta que quizá los niños no saben leer.  cables, todo lo que se les vino a la mano de camino a
               —Si no saben, nosotros les enseñamos —dijo,  acá. Nos miran, más seguros de lo que nosotros somos
          segura como siempre de que los actos de amor preva-  como presas, de lo que en ellos percibimos como un
          lecen más allá de la ignorancia. No sé quién de los dos  juego inocente. Él sale de entre la bola. Camina como
          se volvió de veras loco; estoy siguiéndole la corriente  un intermediario entre la guerra y la paz; no trae armas,
          y vamos al parque.                            trae la misma ropa de siempre. Se le acerca a Tania, lo
               Otra vez la estéril fuente, los árboles quemados.  bastante como para jalonear la bolsa. Por mi parte voy
          A lo lejos, las enormes chimeneas de la fundidora lan-  acercándome cauteloso; me parece que nunca estuve
          zan sus nieblas tóxicas a las alturas, directo a nuestros  tan lejos de ella. A cada paso que doy el círculo se va
          pulmones. Las periferias hieden a azufre. Ahora sé del  cerrando. Ella está petrificada, no entiende lo que pasa
          espectáculo que me perdía todas las mañanas en este  y se pone a reñir, intentando a su vez quedarse con la
          lugar: la llovizna ácida que cae sin ruido, como nieve  bolsa. Una piedra salta y le da en el ojo. Me lanzo sobre
          depredadora. Me sorprenden más aún los pájaros afe-  su cuerpo, derribándola. Todo cuanto esté a mi alcance
          rrados a ocupar un lugar, bañándose quietecillos con  para protegerla voy a realizarlo, no importa cuántos
          las cabezas agachadas, como si durmieran convertidos  sean, si me levanto pelearé. La turba cae sobre nosotros.
          en gárgolas. Nuestras ropas no tardan en mancharse.  Pero lo juro, ningún escuincle ha podido arrebatármela,
          Notamos que al intentar limpiarlas esa llovizna se nos   mucho menos hoy.
          embarra en los dedos. Vuelvo a saber por qué nadie vie-
          ne a este parque que dejó de serlo cuando lo compraron
          los extranjeros, desde el día que se abrió la fundidora,
          cuando yo, contento de encontrar un empleo no preví   Ulises: testimonio del humo que procura la lectura de los incendios.
          una situación como esta. Comienza a preocuparme   Estudiante aunque haya dejado de serlo. Compositor de frugalidades
          nuestra seguridad. ¡Nadie sería capaz de comerse un   con seriedad rota, cuyo órgano vital es la lengua. Si usted lo ve, quizás
          sándwich aquí, por Dios! Y sin embargo hay quien sí   esté alucinando.  

          PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019                                                               67
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