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En este cuento, la otredad aguarda el momento de transgredir el margen, a veces por medio
de la literatura, a veces por medio de la música, aun cuando se tiene el viento en contra.
sa mañana nos acribillaron al salir de casa. El cómo fuesen los días: si en uno de ellos la cajera lo trataba con
tipo apuntaba hacia nosotros desde el otro lado desprecio al querer cambiar sus monedas, si los placa daban el
de la calle, escondido tras la barda de una casa levantón o si los gabachos habían sido generosos con la coperacha,
abandonada. Era un remedo de cholo con lentes si las familias se habían discutido la soda y el taco; lo que impor-
oscuros y barba de candado que no vaciló en dispararnos varias taba es que éramos dos, dos y no uno los que contemplábamos
veces; lo miré correr después entre los coches, trastabillando el alba de la miseria.
como un puñeta. Sostuve con fuerza el cuerpo de Timmy, pero Una noche, Timmy me confió que recuperaría su yembé
fue inevitable que cayéramos al suelo como un gran saco de arena, robado, no me dio detalles, así que no entendí mucho, pero com-
cubiertos con el silencio obligado que acompaña a un crimen. El prendía que la voz de su instrumento sería distinto al que le daba
tiempo detenido, burlesco, me obligó cruelmente a desear con en ese momento el garrafón. No te acerques a la sexta, perro, ya
fervor regresar atrás, a aquella noche en que nos conocimos sabes cómo anda el pedo por allá, le advirtió un tirador vestido
y bailamos extasiados por la cerveza y el gallo que él se había de catrín un día que hicimos la visita. Pareció como si Timmy
pichado, pero ya era demasiado tarde, no había remedio. hubiera estado esperando ese momento porque dos días después
Los ojos de Timmy fueron cerrándose poco a poco y yo no fue a recuperar lo suyo, no quiso que lo acompañara. Llegó a casa
tenía más que tragar a sorbos el tormentoso «hubiera» como si lastimado, con una herida abierta sobre el párpado izquierdo y la
con ello fuese posible borrar lo sucedido. Me culpé de no haber camisa entintada de sangre. En la espalda cargaba el yembé que
aceptado la propuesta que me había hecho entonces, andába- puso sobre la alfombra y, acariciándolo como una delicada pieza
mos cricos, podría justificarme, pero pude haber dicho que sí. de barro que moldeara, comenzó a tocar. El sonido le devoró el
Habríamos estado de camino a Irapuato, en algún camión que alma, lo supe al ver su rostro encenderse a cada palmoteo, el
nos llevara de raite, tomando una cerveza en algún lugar o sim- corazón palpitando bajo la piel de su garganta parecía salírsele.
plemente caminando sobre la carretera, habría sido así, tal vez. El éxtasis terminó cuando tuvimos que salir a buscar un
Pero esa noche todo apuntó a que fuéramos a mi casa al salir del nuevo sitio dónde vivir, un lugar donde no nos encontrara aquel
bar, porque aquí no se debe dejar abajo a quien se porta chido tirador que se vengaba por haberle quitado el yembé con el que
con la raza, que no tiene dónde caerle y menos si le ha pedido a se había cobrado las rivo y la negra que Timmy no había podido
una ser su jaina, es la ley en Tijuana. pagarle un día. Lo supe después, por su madre, me lo dijo cuando
Y así comenzó todo, fue llenando el vacío de la casa con lo tuvo la oportunidad de cobrarse las palabras malgastadas con-
poco que atesoraba: una mochila llena de libros y un garrafón migo, fue el momento idóneo para acribillarme a mí también;
de agua con el que taloneaba en los sobre ruedas. Cada objeto me lo había advertido antes: que no desperdiciara mi tiempo
era especial, como su dueño. Decía que en la vida había que con un soñador como su hijo, que yo tenía futuro. Me pregunté
tener estilo, por eso se lucía cuando tocaba; mostraba el flow al por qué aquella mujer había parido un hijo al que ella afirmaba
acomodarse el pañuelo rojo sobre su frente, ondeando el arete que no le esperaba uno.
de chaquira en forma de marihuana al marcar el ritmo con el Por eso se lo llevó.
movimiento de su cabeza; la camisa a cuadros, la bermuda y sus Y yo sueño con él todos los días, con la calidez de su sangre
tenis eran lo único que no combinaban, por sucios, roídos, por humedeciendo mis manos, mis rodillas, con mis labios pegados a
ser delatores del dolor, del abandono. su mejilla, hablándole. Timmy, no mueras, eres tú el que salvará
Era un soñador al que le gustaba volar todos los días, un vidas, ¿recuerdas? El yembé está en casa, ¡ey! Óyelo, no dejes que
albatros que planeaba tristemente sobre las fétidas cloacas de la se lo coma el silencio… Sí, esas fueron mis palabras, las recuerdo
ciudad olisqueando su muerte. A veces volaba muy alto, como si bien. Sé que me escuchó y que está en algún sitio terminando de
deseara que nadie pudiera alcanzarlo. «Quiero ser doctor», repetía leer la vieja novela que lo tenía atrapado, tocando en alguna
cada vez que aterrizaba, luego tomaba ansiosamente un viejo calle un yembé nuevo, delante de un público que lo colma de
libro que leía en voz alta con un inglés mal pronunciado. Amé bendiciones mientras yo sigo aquí, enfrentándome a la mirada
su deseo de saber en qué terminaría aquella novela de misterio lasciva de los cerdos que se regodean en la idea de saber que está
que en sus palabras se hacía más interesante. muerto, que ya no seguirá robando el aliento a otros a quienes
Un albatros no puede dejar de volar, por eso íbamos seguido les falta para la vida que él estaba desperdiciando, pero yo, sólo
a los tiraderos: andar por esas calles significaba ser presa de las yo, sé que no es así.
miradas ciñéndose sobre nosotros como pequeñas agujas afila-
das, pinchándonos de risa, su daño de risa queriendo matarnos Mary Cruz es de vida pecaminosamente nocturna donde gusta de excitar al
a nosotros, los fantasmas que despertaban su curiosidad. papel con las palabras que escribe. En un viaje de mochilazo cambiará su dieta
A pesar de todo, solíamos vivir a nuestro modo, sin importar de tacos, tortas y tamales por una típica «ropa vieja» servida en la Habana, Cuba.
PALABRIJES 21-22 • ENERO-DICIEMBRE 2019 7

