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a noche del domingo 15 de marzo de 1970, decenas de
              claveles rojos, suspendidos en el aire, son atraídos hacia la
         Lestampa de un joven de 22 años, que aparece ataviado con
          las prendas del personaje más célebre de Antoine de Saint-Exupéry.
          Cientos de personas de pie golpean las palmas de sus manos, ignoran aún
          que el azar les permitirá formar parte de la historia. El Teatro Ferrocarrilero
          de la Ciudad de México se prepara para la unción del nuevo soberano.
              Minutos antes, la voz de la chica del peinado altísimo y
          destellos rosados en el cuello, se abre paso entre los aplausos que  Christian Negrete
          parecen presagiar el vendaval: “De México, la melodía El triste,
          bajo la dirección del maestro José Sabre Marroquín, canta...  A continuación, un homenaje a la voz celestial que
          José José”.                                           unió en melancolía hasta a los lectores más estoicos.
              Los violines, que parecen haber permanecido contenidos
          siempre, estallan contra los espectadores. El resto de los ins-
          trumentos musicales sigue el compás. Hasta un insignificante
          pandero cobra relevancia en la melodía que estremece el lugar.
              Lenguas de fuego o pétalos de flor, no importa. Las figuras
          amarillas, anaranjadas y guindas parecen arrojar al plebeyo que
          pese a inclinar la cabeza, camina con determinación hasta el
          recinto en el que lo aguardan no uno, sino dos micrófonos. Y ya
          se sabe: uno hubiese sido insuficiente.
              El Segundo Festival de la Canción Latina se transmite vía
          satélite a “todo el mundo”: Rusia, Japón e Israel eran mucho más
          lejanos de lo que son ahora.
              Roberto Cantoral García compuso la canción durante un
          vuelo de regreso a México para asistir al funeral de su hermano.
          La tristeza y sus múltiples facetas. La muerte convirtió a José
          en inmortal.
              La eternidad aguarda la llegada de ese casi niño, de melena
          abultada, ojos bajos y holanes blancos en las muñecas.
              El maestro Sabre, que dirige la orquesta, prepara la entra-
          da del acto de cantar. Su mano izquierda se dirige al chico que
          a partir de ese momento no será más José Rómulo Sosa Ortiz.
              “Qué triste fue decirnos adiós”.
               Y José José canta. Canta y crea la canción misma. No
          necesita ser compositor para lograrlo. Ahora esa canción es sólo
          suya. Toma aire en pocas ocasiones y es que no lo necesita como
          todos los demás, él pertenece a otro grupo: el de los elegidos, los
          que no caminan por las mismas calles ni respiran el mismo aire.
              Los músicos dan una breve tregua antes de que el cantante
          estalle en un agudo inmenso, que se transforma en un sol natural
          hasta convertirse en un semitono más bajo. Todo con el mismo
          aire, pues ya he dicho que él es distinto:
              “He podido ayudarme a vivir”
              Un ferrocarril irrumpe en el sitio, las personas de pie con-
          tinúan arrojando claveles al escenario.
              Una espectacular Angélica María lo observa como
          quisiéramos todos que nos viera aunque fuese por un solo
          segundo. Debe preguntarse quién es ese joven que porta la
          americana de terciopelo verde, se cuestiona en dónde ha estado
          y por qué no lo ha escuchado antes.


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