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entusiasmo en su voz cuando recibe invitados— eres   nunca se casó) que una vez muerta, se fuera a vivir a
                      bien recibido siempre. ¿Vienes solo o con todo el grupo?  su casa y tomara su lugar, para mantener a su esposo
                          −Venimos la mayoría del grupo, Mariano, al fes-  atendido, cuidado y no se muriera de ausencia.
                      tejo de San Miguel Arcángel. Ya este año cumplimos   La “comadre” dormía sobre otra cama de palo,
                      nueve años desde el día de la promesa en el atrio.   muy cerca del fogón de la cocina; tampoco habla espa-
                          −Qué bien, mi amigo, y qué bien que no me ol-  ñol. Desde su lugar asomaba los ojillos brillantes como
                      vidas. ¿Sabes que mi hijo, el que vive en la otra casa,   dos llamitas blancas en el fondo negro.
                      me ha descuidado mucho? Tengo problemas con él, es   −¿Pues qué ha pasado, mi amigo? −repliqué−.
                      muy necio y grosero conmigo. ¿Sabes algo de mi hijo   −Desde que murió mi esposa no me he podido
                      Reynaldo, ése que se fue para México?        recuperar. Ya son varios años que se me fue la Lupe y a
                          Mariano Heredia conserva esa peculiar manera   “ésta” le cuesta trabajo acoplarse. Y ahora con la caída
                      de desviar la conversación de un instante a otro hacia   en la milpa, imagínate nomás.
                      ámbitos inesperados. Quien no lo conoce pensaría que   En ese momento, Mariano encendió una luz
                      la demencia le está afectando, pero es una singular   lánguida y amarillenta que emergía de un foco lleno
                      forma de abarcar lo más que se pueda en un instante;   de pecas negras, producto del atractivo y seductor
                      exprime el momento.                          compromiso con las moscas. Estaba pegado a una
                          −Sí, Mariano, he hablado con él, este mes no podrá   de las vigas del techo. Se iluminó una máscara que
                      venir a la fiesta, pero estará aquí el 20 de noviembre,   colgaba de la pared, reflejando una sombra estirada
                      para la fiesta de la “batalla”.               hacia el piso. Tenía una nariz larga y puntiaguda, unos
                          −¡Ay! Mi Reynaldo, mi hijo, gracias a Dios que   ojos muy abiertos con pestañas gruesas. La barba
                      aún vive.                                    sobresalía del mentón pronunciado enmarcando una
                          El diálogo se desarrollaba en la obscuridad, como   sonrisa congelada, indudablemente era una máscara
                      si hablara con la noche y ella me respondiera.  de la danza de Pilatos.
                          −Estoy muy enfermo, mi amigo –comentó. Me     La casa, en comparación con otros años, estaba
                      caí en el monte, no me puedo mover bien, me rompí la   completamente descuidada. El altar, vacío; los arcos que
                      mano con que toco la flauta; además, me cuesta mucho   otrora estaban forrados de flores, lucían un raquítico
                      trabajo caminar. La mitad de mi cara está dormida,   papel descolorido que se desprendía como pellejo seco;
                      como llena de hormigas. Se me caen las cosas de la   la ropa, mal oliente, olvidada de varios días, regada por
                      mano, se me cayó el tambor para la danza Quetzales;   toda la casa; por todos lados trastes sucios, astillas de
                      está roto y no he podido hacer otro. Estoy triste, este   madera en el piso; hojas descoloridas y secas de maíz sal-
                      año no tocaré los sones en “la de los Quetzales”. Mi   picaban las mesas y los troncos viejos que
                      hijo Carlos es bien testarudo, no quiere ayudarme.   servían de asientos. En dos partes
                      Qué lástima que no está aquí mi hijo Reynaldo, con él   del techo entraba la luz de
                      el grupo se vería más lleno.                 la luna y el vaho de
                          Mariano Heredia, este roble que tengo enfrente,   la noche; el frío
                      es, ni más ni menos, el único depositario vivo de los 63   recalcitrante
                      sones que acompañan a La danza de los quetzales en la   se colaba
                      comunidad de San Miguel Tzinacapan. Todo el pueblo   en las
                      lo conoce y lo respeta, es el “tata”, el “welito” como le
                      dicen los jóvenes y los niños con cariño profundo. Lo
                      conocí aún fuerte y vigoroso. Padre de tres hijos varo-
                      nes: Carlos, Reynaldo y Nabor, este último ya fallecido.
                      Su primera esposa, Guadalupe Pérez, madre de éstos,
                      no hablaba español, tenía una enfermedad que le
                      contorsionó los pies hacia el centro. Para caminar, se
                      apoyaba en una silla que le servía de andadera. Aun
                      en esa condición molía el maíz, echaba tortillas,
                      lavaba la ropa, la tendía, barría el piso de tierra,
                      hacía el mole, calentaba el café, limpiaba el altar
                      y le ponía su veladora a San Miguel; cuidaba a su
                      esposo Mariano y le servía de compañía. Poco antes
                      de morir le encargó a una de sus comadres (que
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