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aberturas de una de las paredes confeccionada con −¡Pero claro, mi amigo! A mí me gusta mucho eso,
tablas apolilladas. Una sensación de melancolía y para eso vive uno −su entusiasmo era desbordante−
desolación flotaba en el aire. hazme el favor de pedirle a mi hijo Carlos su tambor,
−Como ves, David, ya nadie viene a visitarme y a ver si aún lo conserva.
nadie quiere aprender los sones viejos, ésos con los que Salí animado hacia parte trasera de la casa, atrave-
entra triunfante la danza de Quetzales ante el patrón. sé el pequeño pasillo de maleza y di a la humilde casa de
Con trabajos y saben el son de las “Cuatro esquinas”; su hijo Carlos, “el testarudo”. Asumí que estaba en casa,
menos se saben el son de los “Cuatro tamales”, ése porque el pequeño foco interior continuaba encendido.
para dar gracias por la comida. Cuando yo me muera, −¡Carlos! ¡Ey! ¿Estás en casa? −grité.
se acaba todo esto que aprendí de mi abuelito. Salió Carlos con una toalla sobre el hombro,
−Híjole, don Mariano, qué tristeza de verdad seguro se dirigía a darse un baño.
−comenté cabizbajo. −Hola, Carlos, ¿cómo estás? −lo abracé.
−Ayer vino Nicolás, el del otro grupo de quetza- −Hola, David, muy bien. ¿Apenas llegaron?
les y practicamos un poco. Vino a que le enseñara los −Venimos a la danza de San Miguel, pero con las
sones y, en pago, me prestó su tambor para tocar en la prisas de la obligación apenas me ha dado tiempo de
fiesta, pero me siento muy cansado, ya no me puedo pasar a saludarlos. Estoy aquí, en casa de tu papá, quería
levantar. Cuando estaba bueno nomás me buscaban pedirte un favor a nombre de él; estaba por mostrarme
para la tomadera. Uno nunca piensa que se va a acabar; algunos sones que todavía puede tocar, ¿será que me
se siente uno que durará toda la vida y cuando menos puedas prestar tu tambor un ratito? Ahorita mismo
lo esperas nos arrebatan todo de las manos, nos van te lo traigo.
dejando arrinconados, como mueble viejo, uno no se da Arrastró los ojos hasta el piso e hizo un gesto que
cuenta de eso, hasta que estamos allí o aquí, como yo. le petrificó la cara.
¿Qué verdad se revelaba? Me tragué la impoten- −Perdón David, pero dile que no se lo puedo pres-
cia, las palabras se vuelven inútiles ante realidades tar, lo vendí el domingo en el mercado de Cuetzalan.
irrefutables. En verdad, hemos perdido el sentido del −Pues ve y dile tú, para que crea que vine a verte
valor, el respeto por la verdad de los abuelos. −le dije seriamente.
−Oiga, don Mariano, y… ¿aún puede tocar la Nos dirigimos silenciosamente hasta la casa. Yo
flauta? −pregunté un poco tímido, anticipando la entré primero, Carlos decidió hablar desde la puerta,
respuesta negativa en mi interior. sin pasar.
En ese momento miré cómo sus ojos se ilumina- −Tata −dijo Carlos en voz alta− amo nihpiaok in
ron con un brillo muy remoto, como si ese tatzotzon niknamakak cuetzala (no tengo el tambor, lo
rayo de luz atravesara un pasillo vendí en Cuetzalan).
oscuro lleno de recuerdos, Mariano me miró, haciendo un gesto e incitán-
vivencias, aromas y dome a que tenía razón al quejarse de él.
ecos, hasta re- −¿Uan tiknekiskia tikitas Nicolas, xa yejua kinekis
ventar en su nechtaneutis tein de yej? (¿Y no puedes ir a ver a Nicolás
pupila. para que me preste su tambor?) −le dijo con voz suave
desde el interior de la casa.
−Amo nikmati ox etok kalijtik, nikinotzaskia ica
teposmecatanojnotsaloni, pero amo nikpia i tapoual (No
sé si esté en su casa, además tengo que llamarle por
teléfono y no tengo su número) −dijo Carlos.
−Nokualia tasojkamatik (Bueno, gracias) −finalizó
Mariano.
−Bueno, David, nos vemos −dijo Carlos mientras
se alejaba.
Mariano miró el suelo por unos segundos,
respiró profundo y levantó la cabeza sonriendo
de nuevo.
−¡Mujer, ey! ¿Dónde está mi tapiz, la flauta,
dónde la dejé?
La mujer se levantó, su piel era blanca, delgada
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