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anglicanos decimonónicos, lo considero peyorativo,
de “primitivo”) abordó sus circunstancias por primera
vez, que es huella indeleble de la especie, y que puede
reverberar en todo exilio; ese desamparo, decía, es, antes
que cualquier tentación o pretensión del pensamiento, el
origen del vínculo religioso del ser humano, el anhelo de
que su identidad y su ontología sean siempre algo más
que las formas precarias de existencia que producimos y
vivimos en su virtualidad objetiva y en su provisionalidad,
de las que hacemos apología… Por tanto, toda forma de
manifestación religiosa, esa que no nos hemos cansado
de censurar llamando “devoción popular” –usufructo
de posgrados y demás–, esa que condenamos desde la
exclusión de nuestros imaginarios monoteístas, no es
únicamente propiedad de la sociología, la antropología
o la etnología –aunque también lo es– y, principalmente,
búsqueda de identidad y pertenencia al grupo, sino iden-
tidad en sí misma; respuesta dolida ante el aislamiento,
ante el vaciamiento de nuestras propias cualidades como
seres humanos; sí, una dolorosa búsqueda más allá de
toda interpretación de las academias: hecho humano
concreto, luego espiritual, para solventar, no atenuar ni
evadir ni esperar soluciones milagrosas de toda laya: el
hambre, la orfandad, la derelicción urbana, el anonimato
en la metrópoli, la marginación, el resentimiento… Esto
es lo que podemos hacer con lo que simbolizan San Judas
Tadeo y la Niña Blanca: entender que son los territorios
donde busca alivio la desesperación de nuestra ausencia
ontológica…
Notas.
[1] Raimon Panikkar. La intuición cosmoteándrica, Trotta, España.
Juan es poeta, narrador y ensayista. Transita entre la novela caballeresca del ciclo artúrico y
las obras de José Lezama Lima y Amparo Dávila. También escribe y habla de religiones porque
aprender otras voces mejora el o cio del escritor.
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