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Corría el año de 1666, pareciera que el frío invierno de Durango le ha bailado y un beso en el culo le ha dado en los días de nuestro
azotaba la desdicha de mi corazón, podía sentir el palpitar de su Dios crucificado, y por eso es que el agua bendita del sacristán
ausencia en cada estrella que cintilaba en el cinturón de Orión, la había robado y no se pudo bautizar al primogénito del Gene-
la marea celestial me hacía velar por la vida de mi amada mujer. ral Diosdado”. Ante tal acusación me quedé anonadado, y casi
¡Ay, Sebastián!, me gritaba en mis adentros. ¿Y ahora qué des- convenciéndolo de que yo era un hombre solo y poco agraciado,
dicha traes? Y es que pongan atención, porque la mujer que más que ninguna mujer mestiza en mí se había fijado, insistía, muy
amaba realmente me embrujó. La Felipa de caderas amplias y preocupado, que de una confusión se había tratado y con calma
de mechones sin control era ahora la mujer más villana buscada y firmeza le ofrecí un trago de brebaje muy hechizado. El oficial
por la Inquisición. Su retrato hablado al pulso de un mal pintor, lo aceptó confundiéndolo con un buen trago y de un solo sorbo
exponía el rostro de ella en toda la región, el silencio rondaba lo había acabado; el muy desdichado yacía sobre el taburete como
por las calles donde ella pasó, desde la casa del tendero, hasta un hilacho. Temeroso y ausente, me marché de la villa Nombre
el callejón truculento donde se crió. de Dios para siempre.
El Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España tenía La verdad acerca del robo del agua del sacristán estaba en
a la villa Nombre de Dios vestida de horror; todos se miraban mi mente. Me refugié en los cerros desiertos y repetía una y otra
queriendo callar la verdad, el amor estaba en juego, el calor de vez la escena del chivo honrado. Doliente y desconcertado, pues
mi mestiza amada que me dejaba dormir entre sus enaguas, desconocía el paradero de mi mestiza añorada, me angustiaba
dependía de la fidelidad del amante que la acogió. ¿Será que Dios en mi cueva. ¡Ay, qué es de mí sin Felipa! Me duele y me rompe,
podría perdonar tan gravísimo pecado?, ¿será que la Inquisición me consume la hoguera que es para ella, tu amante sin dientes
podría detenerse y no enjuiciar a mi mujer de pecho complaciente, se muere de pena de que te vayan a entregar al Santo Oficio que
que sin ser nodriza podría amamantar a todo un batallón? Los ya te espera. ¡Ay, Felipa! ¿Para qué le bailaste al chivato en los
decretos virreinales, la bulla y la lengua de las arpías ponzoñosas días de guardar? Ahí estaba el Cristo mirándote desde su altar,
tenían al borde de la locura a este amante español. Tristeza que la noche del viernes santo te fuiste al jacal y del viejo corral al
embarga la piel al saber que si uno pronunciaba su nombre en chivo te pusiste a brincar: Felipa baila el saltapatrás, se tumba
otra región ocurriría lo inimaginable: ¡Sí existía la bruja de la de un lado, se pone a brincar, la burla del viento se le unió a su
villa Nombre de Dios! cantar. ¡Vieja borracha! Le gritaba para despistar, pues sabía que
Todos en el pueblo conocían los rumores de que una tal el culto al diablo estaba por iniciar.
Felipa había sido acusada de ser bruja ante la Inquisición, que Y recordando aquel momento infernal, cuando la noche
gustaba de convertirse en paloma y volar entre Zacatecas y Duran- se tornaba, vi llegar a Felipa con una gran jarra; portaba el agua
go al grito de: “Bola de fuego, tlacuache apestoso, arde cabellera, bendita del bautizo que al día siguiente se esperaba; la Felipa la
la noche es austera, luna embustera, arranca caballo, suena la bebió y después la escupió, llamando al chivato al chasquido de
trompeta, la dueña del aire se vuelve cometa”. El pueblo entero un tacón. Y abriendo el corral, se carcajeaba al andar, haciendo
conocía mi amor por la Felipa, sabía que era yo su proveedor, su reverencia le llamó al animal y le gritó: “salga gran señor, que
buscador de yerbas para calmar el dolor de las muelas y del mal las pezuñas como al crucificado se las lavaré hoy”. ¡Ay Dios mío!
amor; es por eso que llegó el oficial de la Inquisición vestido de ¡Qué sacrilegio al señor! Muerto de miedo, me unté un poco de
plata y sudor, golpeando como un matón la choza donde vivíamos alcohol, la Felipa era el diablo vuelto mi amor. Saliendo al campo
con pasión y, tumbando la puerta de un patadón, a mi morada al chivato honró, dando tantas vueltas y bebiendo junto a él como
entró. ¡Que me le abalanzo! Le muerdo una oreja y le tumbo los un peninsular bribón. Gritaba: “¡Ay, Jesús Cristo, el chivo también
dientes, quedando como convaleciente, le arrojo la leche ardiente, es mi redentor!” Hincándose ante él, ¡un beso en el culo le dio!
oportunidad suficiente para que Felipa huyera con su alma de Cansado de esa profanación al hijo del creador, de un es-
fiera. ¡Ay, mis ojos! Gritaba el oficial, fingí haber confundido al tirón me puse de pie, la muy clara luna mi rostro le mostró. ¡Me
mandado por la Inquisición con un terrible ladrón. Ofreciendo la pagarás vieja bruja! Acercándome con furia y protegiéndome
mil disculpas por aquella escena de fervor, el pobre hombre reco- de su profano amor, de un solo movimiento la tomé por las
brando su honor, ofendido y agraviado como buen varón, señaló trenzas y cuando de una buena puñeta la quise regresar a Dios,
que tenía que presentarme ante la Inquisición, que sólo faltaba la Felipa en cuernos se convirtió. ¡Ay, señor del júbilo y del gozo!,
mi confesión. ¡Ay, Dios del Sol! Mis entrañas se removían cual pero que me entumo del terror. La señora estaba vuelta vaca,
culebra de agua, el sudor frío y caliente me inundaba la frente. improvisó con su poción y en rumiante se transformó, aquellas
Y valiente le pregunté: “¿qué es lo que necesita su merced de trenzas largas eran cuernos más grandes que yo. Y pensándolo
su servidor?” El oficial callado y observando con desagrado mi bien… ¡La Felipa no tiene salvación! Con todo el dolor, este es
recinto amado, me dijo con su acento muy españolado: “Bueno, el testimonio que al Tribunal del Santo Oficio voy a dar en mi
hombre, parece que estáis completamente embrujado, pues declaración.
la investigación del Santo Oficio hasta aquí ha llegado, por la
declaración del vecino torturado que ha jurado frente a nuestro Ana es historiadora y nació en el barrio. Consciente de su propia historia, sigue las huellas que dejan los
Cristo amado, que su vecina de nombre Felipa fue quien al chivo zapatos rotos de los niños pobres con quienes ha decidido caminar.
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