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— ¿Crees en Dios? —Pues porque es mejor vivir quince años como
— No, yo no creo en eso. rey, que una vida de güey.
— ¿Cómo no vas a creer en Dios entre tanto Las llamas de la fogata danzaban al ritmo del
muerto? aire. Pequeñas chispas rebeldes saltaban fuera de la
— A lo mejor por eso no creo, por tanto muerto. hoguera. Los hombres observaban el espectáculo con
Charlaban frente al fuego. El cielo era despejado indiferencia mientras bebían cerveza.
y los grillos cantaban entre el húmedo pastizal. Nadie —Mi papá fue campesino hasta que se murió.
había dicho nada antes. Todos los domingos iba a misa y rezaba. Pero por más
— ¿Cuándo empezaste a trabajar en este jale? que le pedía, Dios no lo ayudaba. Siempre regresaba a la
—preguntó el mayor de los dos. casa cargando un hambre que lo doblaba en las noches
— Hace como cinco años. Primero fui puntero y lo despertaba en las mañanas. Cuando se murió, se
y de ahí me cambiaron a tirador. Luego, ya con más fue igual que como llegó: pobre y con la panza vacía.
confianza, me mandaron acá. Para vigilar y cuidar Allí fue cuando supe que no me quería morir como él.
que nadie entre por estos cerros. Tenían que esperar La humedad no dejaba que los troncos encen-
la orden. Llegaría a través de las radios. La oscuridad dieran bien. El hombre se puso de pie para arrojar
del monte los cobijaba; el calor del verano era fuerte, más gasolina al montón de lumbre que se extinguía.
pero aun así, el hombre más viejo vestía un abrigo. — ¿Tú por qué te metiste? — preguntó el jo-
— Te ves bien chamaco, ¿tú solito cuidas los ven—. Se nota que no eres del monte.
cerros? —No, no soy de por acá. Estuve dos años metido
—Sí, cuido los montes a ratos. Es como la cuarta en un cuartel, luego me salí porque me dijeron que
vez que me tocan estos rumbos. ¿A ti nunca te habían pagaban bien en estos jales. Desde entonces, me traen
mandado o qué? de un lado a otro, chingándome a los contras.
—No, es la primera vez que vengo hasta acá. Se Cuando la gasolina volvió a encender el fuego
ve que aquí no pasa ni Dios. de la hoguera, varios bichos cayeron quemados por
No se conocían. Antes del anochecer recogió el resucitar de las flamas. Los sorbos acompañaron
a su compañero. Llegó una hora tarde; lo encontró al sonido del fuego crujiendo, pero luego las cervezas
malhumorado y apretando las mandíbulas sobre el se terminaron y nadie habló hasta que el hombre más
escalón del pórtico. Ninguno habló en el trayecto hacia joven se puso de pie para buscar otro par de latas.
el monte. Permanecieron en silencio; uno manejaba —Entonces tú andas de gatillero, ¿no? —pregun-
y el otro miraba la carretera. Comenzaron a charlar tó—. A mí el patrón ya hasta me quiere quitar la fusca.
hasta después de recoger y prender fuego a varios Caminó hacia la camioneta y sacó una cajetilla
leños humedecidos. de cigarros guardada en la guantera. Luego, volteó
— ¿Y por qué quisiste trabajar en esto? hacia el asiento trasero y cogió una cerveza. No tardó
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