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mucho en volver a la fogata para seguir charlando con   —Me acuerdo que cuando empecé en esto, me
                       su compañero.                                daba miedo salir a los cerros de noche —siguió el jo-
                            —Sí, soy gatillero —respondió el hombre del  ven—. En mi pueblo se decían muchas historias. De
                       abrigo—. Y sí, a mí sí me armaron bien desde el prin-  esas en las que se aparecen señoras en la carretera,
                       cipio. Como supieron que andaba en la militar, luego  o en las que un montón de vacas le tapan el paso a
                       luego me soltaron el rifle.                   uno y luego se convierten en changos y les comen las
                            —Pero si ya andabas de soldado pa’ qué te salías.  tripas a la gente. Ya luego me acostumbré a manejar
                       Yo me quise meter y no me aceptaron los culeros.  y estar entre los montes. No pasa nada, casi siempre
                            — ¿Para qué querías entrar? Se la pasan dándote  son puros cuentos de la gente… casi siempre.
                       unas madrizas. Ni el cuerpo sientes al final. Trabajas   —A mí me quitaron esas chingaderas en el cuar-
                       día y noche y te pagan una mierda. La verdad… allá  tel. Allá le enseñan a uno que los vivos, esos meros
                       todo está bien jodido. Aquí no, nada más chambeo  son de los que hay cuidarse, no de los muertos. Esos
                       unas tres, cuatro horas y ya.                total… ya están muertos.
                            El olor a hierba perfumaba la oscuridad del cerro.   —Sí, si no te creas, acá uno también se las ve
                       El sabor amargo de la cebada tocaba las lenguas de  duras. Dicen que yo soy bien pinche atrabancado, pero
                       los dos hombres. La leña crujía al ritmo de la fogata.  o son ellos o yo. Y más vale aquí les dio que aquí quedó.
                       Durante varios minutos, cada uno se sumergió en sus   Las antenas del monte se dibujaron a lo lejos del
                       pensamientos. El silencio se volvió a romper cuando  paisaje. Estaban rodeadas de árboles y sombras. La
                       el mayor se puso de pie.                     luna iluminaba todo con una tonalidad que palidecía
                            —Voy por mi cerveza—dijo y señaló la camio-  el rostro de los hombres.
                       neta.                                             —Ya me ha tocado tumbarme a dos cabrones
                            El sonido de sus pasos sepultó el canto de los  en el cerro —siguió—. El primero se escondió en una
                       grillos. El gatillero encontró la última cerveza en  cueva, casi se escapó, pero lo vi cuando iba saliendo
                       los asientos traseros, estaba dentro de una bolsa de  y que le doy tres tiros en la mera espalda; cayó como
                       plástico, asquerosamente tibia.              puerquito. El segundo fue más fácil, iba subiendo y que
                            Prefirió tomar toda la bolsa para no molestarse  le doy directo en la cabeza, nada más vi cómo le explotó
                       en abrir la lata en el lugar. Regresó cargándola mientras  la mollera. Ninguno traía carteras, ni credenciales, ni
                       apretaba las mandíbulas al traquetear de sus pies. Al  nada. A huevo que eran contras.
                       llegar a la fogata, se volvió a sentar donde mismo.  Al llegar al lugar, se estacionaron bajo las antenas
                            —Ya no queda más cerveza.               del monte.
                            —Creo que todavía tengo unas escondidas debajo   —Casi nadie pasa por acá— volvió a hablar—.
                       del asiento, pero han de estar tibias también.  A veces los federales, pero nos dan el pitazo cuando
                            —Ahorita voy a ver si están, para que no te  van a dar el recorrido.
                       pares —dijo el mayor.                             Los búhos ululaban desde ramas oscuras mientras
                            —Yo no iba a ir de todas formas.        los dos hombres esperaban dentro de la camioneta.
                            El otro no respondió. Sorbió de su lata y guardó   —Entonces, ¿crees en Dios, pero no en fan-
                       silencio mientras el fuego se reflejaba en sus ojos. En  tasmas? Si es casi la misma chingadera —preguntó
                       esos momentos, la luna resplandeció súbitamente y  el joven.
                       coloreó el ambiente con un extraño matiz azulado.   —No, no es lo mismo. Creo en Dios porque si
                       “Muévanse a las antenas que están en la punta del  no, ¿en quién más? En esta chamba se aprende a des-
                       cerro”. Algo así dijo la voz detrás de la radio. Uno  confiar de toda la gente que se conoce. Hasta hay que
                       extinguió rápidamente la hoguera con tierra mojada  cuidarse de su sombra, luego se le voltea a uno. Lo de
                       y agua. Los dos hombres subieron a la camioneta  los fantasmas, ésas si son chingaderas de las personas
                       y volvieron a observar un paisaje iluminado por el  sin quehacer. Tú, ¿cómo vas a creer en fantasmas y
                       cielo. El auto arrancó y maniobró entre la oscuridad.  no en Dios?
                       Un descomunal aire frío emergió de entre los arboles   —Pues yo sí he visto muertos y a Dios ni lo he
                       del monte.                                   oído. La otra vez venía por las carreteras del cerro. Era
                            —Ya empezó a hacer viento… y yo ni chamarra  de madrugada. Casi llegando al monte, que veo a una
                       traje—dijo el chamaco.                       señora. Estaba parada viendo el piso sin hacer otra
                            El otro siguió sin decir nada. Sólo miraba el  cosa. Me fui más lento para preguntar qué hacía por
                       paisaje y estrujaba sus mandíbulas. El traquetear del  acá. Me le puse de lado, bajé el vidrio y que le hablo.
                       motor le zumbaba en los oídos.               Al principio no volteó, pero como a la cuarta vez, que
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