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levanta la cabeza y que me sonríe; fue cuando vi que no  perdían entre sus gruñidos.
           tenía ojos ni dientes. Me entró un pinche miedo que me   —No te voy a matar, putito, pero tampoco te voy a
           enchinó la piel. Le pisé a la camioneta y no volví a pasar  salvar —continuó el militar—. Si te salvas, quiero que te
           por aquí como en tres semanas.                  vayas a chingar a tu madre lejos de aquí. Le voy a decir a
               —A lo mejor al que te encontraste fue al Diablo —dijo  Don Miguel que estás muerto. Para mí también vas a estarlo.
           el otro sonriendo.                              Aprovecha tu poquita esperanza. Ya te sabes el camino de
               —No, ése no era el diablo, era un muerto. Te digo,  regreso, te vas a gatas.
           a veces los muertos se aparecen en los cerros de aquí. La   —No me dejes aquí —dijo el joven entre quejidos—
           gente casi no sube por lo mismo, nada más vienen cuando  es como si me aventaras al infierno.
           mero tienen que hacerlo. Estos montes tienen fama de eso.   —Ahí me saludas al Diablo, dile que en unos años
           Por eso se me hizo raro que el patrón nos mandara para  lo veo.
           acá. Yo creo que le llegó el rumor de una movida.    El ruido de las aves sepultó las pocas palabras coheren-
               El silencio dominó el ambiente por unos minutos.  tes del joven. El militar simplemente subió a la camioneta
           La noche brillaba. Los dos hombres miraban dentro de  y se alejó entre el sonido y la vibración del motor.
           sí mismos.                                           A los dos días el exsoldado tuvo que visitar la casa de
               — ¿Cuándo pasó eso de la muerta? —dijo el militar  Don Miguel. Lo llamaron para hablar de lo del monte. El
           y rompió la calma.                              jefe quería saber por qué no lo quemó. Nadie vio la hilera
               —Hace como cuatro meses, todavía era época de llu-  de humo ascender durante esa noche.
           vias; me acuerdo porque cuando la vi, acababan de empezar   —No llevó la gasolina patrón —respondió el mili-
           a crecer las hierbas de los cerros.             tar—. Me recogió una hora tarde en la salida que da al
               Otro silencio los envolvió, pero ahora una calma hostil  monte.
           inundaba la camioneta. El militar había tomado un arma   —Benito dijo que sí pasó por la gasolina, ¿a qué hora
           y apuntaba a la cabeza del otro que parecía confundido.  pasó por ti?
               —Lo que tienes de chamaco, lo tienes de pendejo   El militar mintió, exageró horas e inventó una coar-
           —dijo—. Ésa fue la tercera que hiciste. Ya tienes hasta la  tada. El joven se había robado la gasolina, por eso tardó
           madre al patrón. Cuando andabas de puñetas asustado por  en recogerlo. Les dijo que al llevarlo al cerro, le disparó y
           tu fantasma, pasó un convoy de federales… los mismos que  escondió el cuerpo en el monte.
           se chingaron el pedido de los Plancarte. Por tu culpa nos   —Pues qué escondiditos tan pendejos —le dijo el
           metimos en un puto desmadre… Te dije que no se puede  patrón— mandé a Benito a que revisara y encontró al mo-
           bajar la vista en estos jales —siguió el militar—. Tú no te  rrito con tres balazos en las piernas, rasguñado, mordido y
           vez como un chismoso; a ésos hasta los huelo. Tú más bien  con las tripas de fuera. Como si un animal hubiera estado
           eres un imbécil. El patrón cree que te dieron un moche,  jugando con él. Te lo ganaste…te diré: El Animal.
           pero no, hasta para eso eres pendejo.                El Animal estaba por responder cuando la puerta
               El otro seguía sin hablar. Su rostro estaba cubierto  de la habitación se abrió. El sollozo de un niño penetró
           por sudor que empapaba ya su camisa. Los primeros dos  entre el silencio de la noche. Era el hijo preguntando por
           disparos tronaron en un parpadeo. Luego, gruñidos e  su papá. Al verlo llegar, el patrón lo tomó entre sus brazos
           insultos resonaron en la camioneta; las dos piernas del  y enseguida se dirigió al militar.
           joven sangraban a montones.                          —Le dan pesadillas al chamaco. Dice que hay muer-
               —Ni creas que vas a encontrar las pistolas de la  tos en la oscuridad. Esas son pendejadas, m’ijo —le dijo
           guantera; las aventé a la hierba cuando vine por mi cerveza  mirándolo— ¿A poco no?
           hace rato.                                           El otro encogió los hombros y chasqueó la lengua.
               Tras dispararle, el hombre del abrigo bajó del vehí-  —Sabe…
           culo y se dirigió a la puerta del conductor. Luego, tomó al
           joven por la espalda y jaló su camisa hasta sacarlo de la   Omar es un redactor que estudió Comunicación para no redactar y terminó haciéndolo. Actualmente
           camioneta. Enseguida, lo tiró al suelo, le pateo la cabeza y   pesca ideas en la soledad de su cuarto.
           dio un tercer tiro, también en las piernas.
               —A mí me mandaron a chingarme a un chismoso. Y
           tú no eres un chismoso, sino un pendejo, ¿a poco te creíste
           que la gasolina era para prender fogatas? ¿Cuatro galones?
           No chiquillo, eran para quemarte a ti…
               Nubes cubrieron a la luna. Matices oscuros se apo-
           deraron de la atmósfera. Las palabras del más joven se

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