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espués supo que se llamaba piel, pero en ese mo- todo porque no retuvo más que los dedos entrelazados,
Dmento no andaba poniendo nombres, sencillamente porque no conservó más que el tacto.
tomó esa mano y se dio cuenta de que podían entrelazar “Piel”, repetía, trataba de recordar cuándo aprendió
sus dedos; sabía sin saberlo que no eran las manos del- esa palabra, pero lo único que consiguió fue el origen
gadas de su madre que lo peinaban antes de la escuela de su sensación y que era distinto del tacto de las cosas
y tampoco eran esos dedos gruesos y un tanto rasposos porque se encontraba viva, lo supo al frotar sus manos
de su padre que lo agarraban casi de hombro a hombro. emulando el tacto del papel crepé. Cerró los ojos, ini-
Eran unos dedos casi como los suyos, pero sin duda no ciando una incursión a sus recuerdos. “Piel, piel”, decía
eran como los suyos, lo supo mientras se veía las ma- como iniciando el ritual. Primero vino un tono en medio
nos sentado en su banca, mientras quería verla y no lo de la oscuridad de sus párpados, algo miel, algo suave.
conseguía por la cabeza de Rafita incrustada entre ellos. De pronto todo fue oscuridad, escuchaba unas risas
La maestra les estaba enseñando cómo hacer las bolitas contenidas, reconocía la risita de Emilio que, cuando
de papel crepé y a veces no podía ver tampoco cómo se pudo contenerse, empezó a decir: “Si no adivinas quién
hacían por la cabeza de Rafita. “¿Javier? Javier, siéntate es, castigo”. No le temía al castigo, le temía a la oscuridad,
bien, hasta atrás de la silla, deja de recargar tus codos, a no ver lo que pasaba. Daba lo mismo, cualquier nombre
luego por eso no ves nada”. sería la salida, aunque evidentemente se trataba de una
No pudo seguir escribiendo aquello, era un recuerdo niña, porque apenas le cubría los ojos, los niños a veces
suyo, pero situándolo en ese pasado, le parecía que per- hasta utilizaban todo el brazo, como queriendo ahorcar
día la vitalidad con que lo quería retener. El brillo de la la vista. “Elvira”. Las risas estallaron y él seguía sin ver.
computadora hacía enfermizas sus manos, las palidecía. “Mal, muy mal, ahora castigo”, —decía la voz de Emilio
Permaneció ahí mirándolas, y miró que sus codos esta- acercándose,— “que Luisa te dé un beso”. Y antes de poder
ban recargados en el escritorio, como siempre, mientras reaccionar y quitarse, despabilarse ante ese nombre, ya
se ensimismaba de a poco, tomaba esa posición: codos estaba sujeto por detrás, sintiéndose como después se
sobre la mesa, manos al aire y sus ojos metidos ahí en sentiría entre la multitud, revuelto, irremediablemente
las líneas de sus manos o en su color. sujeto a los demás. Los brazos lo rodeaban y las manos
Ése es el primer recuerdo de sus manos, es decir, seguían cubriéndole la vista. Fue un instante, un abrir y
el primer recuerdo de sus manos traído por el tacto de cerrar y abrir de ojos, las manos eran de Luisa, los labios
otra mano. Unas manos sin nombre, porque ni siquiera eran de Luisa y eligieron precisamente sus labios para
conservaba una foto para darle rostro. Sólo el tacto y los dejar su tacto. Las risas y los gritos se extendieron por el
dedos entrelazados en el juego infantil; sí era un juego salón, lo soltaron. Alguien llegó porque todos corrieron a
donde todos formaban parte del inicio y el fin del círculo, sus lugares en el salón,; él estaba ahí sentado, queriéndose
dando vueltas, pero no había nadie en la otra mano y tocar los labios, pero sus manos sólo quedaron a media
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