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Irving Martínez Morales
Escribir implica dejar en palabras lo que
viene del alma y la memoria, a veces sin voz.
intención, ahí donde podía verlas. Llevo tiempo tratándote, conociéndote con una precisión
Algunos podrían decir que le gustaba Luisa, podría que hace que te sueñe.” La vio, de cerca. Y vio que ella
resumirse a eso, porque era cierto, sólo que él no podía lo miraba con unos ojos confiados. En ese momento no
explicarlo, era un niño y como tal se permitía lo inexpli- lo sabía, pero su nombre de alma explicaba algo que no
cable, pero era algo que no se explicaba así de sucinto. conseguía escribir y que seguiría buscando entre letras.
Eso buscaba todavía ahora en los besos, en el tacto sobre Cerró la pantalla. La tarde se despedía bajando su
el teclado. Como si las palabras que sobrevivieran en el rostro de sol. La ventana estaba abierta y la tarde igual-
papel final fueran una respuesta, porque sólo ahí podía mente parecía cansada con esos suspiros débiles y fríos.
decir, podía decirlo todo en palabras mudas. Se acercó para cerrarla con más pretexto de ver por la
Sencillamente dejó de hablar. Primero a Luisa, ventana y distraerse. “Al-ma”. Miró sus brazos mientras
luego a Emilio, después a todos, ni su madre se salvaba cortaba el viento y pudo sentir el último suspiro, un
del silencio. Reducía sus palabras hasta que descubrió que leve soplo parecido a los labios que toman aliento para
sus gestos decían y así dejó el “buenos días”, el “gracias”, continuar besando.
el “de nada”; de cualquier manera lo que decía no decía El sol aún no abarcaba por completo las cosas, por
nada, no explicaba nada de lo que él explicaba. Lo había un lado permanecían las sombras y el frío, en el otro
dicho, “me gustas”. Emilio recogía todos los sonidos y le lado estaban ellos, despertándose. El sol se las había
dio la explicación a Luisa, sin que ella, enfrente, sin saber resuelto para escurrirse como un fluido viscoso y dulce
bien qué decir, la necesitara, “y eso que sólo fue un beso”. y los ahogaba. Pudo verla recuperando su piel y sus
Dejó de poner palabras en la pantalla, no sabía si músculos al estirarse; sus poros parecían respirar por
lo entendía, pero al menos sabía desde cuándo optó por toda la piel, erizándola. Al verla sintió que recuperaba
escribir. Si necesitaba decir algo indecible, lo escribía... y el lenguaje, que había salido de su vientre para nom-
casi a la par, si necesitaba entender algo, lo leía. Borraba brarlo todo nuevamente, porque todo era nuevo. Y para
las palabras que iba leyendo sobre la pantalla, borraba demostrarlo, con una caricia señalaba y nombraba como
aquellas parecidas a la cortesía: finalmente si escribía eco de la naturaleza: “ojos… lóbulo… labios… cuello…
algo era para entenderlo. Volteó hacia su librero y ahí clavículas… hombro… seno…” Y el filo de su tacto sintió
se encontraba lo inexplicable, todo eso que escribió para una vibración inesperada que nombró “corazón”.
darse a entender.
Escribía cualquier cosa, borrada ya, pero movía la
pluma como si moviera su lengua, al final era su manera Irving cree que las palabras que se ocultan son las que terminan dando el signi cado cabal
de mover la lengua. La vio, desde lejos. Y escribió como (si es que se encuentran).
si hablara en voz alta: “Detente, hago tu silueta con la
tinta de las letras. Te imagino y te conozco de antemano.
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