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Enrique nació un día soleado, de brisa y chispas veraniegas. Él encarnaba aquel sustantivo con una precisión
Ese día su madre fue abandonada, hecho que enturbió atemorizante. Enrique jamás ganaría la lotería, aunque
el recuerdo del nacimiento en la memoria de ella. Así, él comprara noventa y nueve de los cien billetes a vender.
años después, ni siquiera podría recordar y contarnos Nunca tendría un golpe de suerte en su vida. Ni siquiera
si Enrique nació por la mañana o por la tarde, o si los los niños en un parque cualquiera le aventarían arena
dolores de parto fueron especialmente insufribles. Sólo o le jugarían una broma al verlo pasar. Porque ése era
recordaría con perfecta nitidez el momento justo en que precisamente el problema, Enrique no se veía y además
le astillaron el corazón una y otra y otra vez. no se dejaba ver. Él era consciente de su invisibilidad.
Conocí a Enrique en la escuela, lo primero que me Un día lo encontré saliendo de la farmacia del
llamó la atención fue su pelo de escobeta porque le pro- supermercado, vestía un pantalón liso y unos zapatos
digaba un aire adolescente que no se le borraría después, celestes que acolchonaban sus pasos de tal manera que no
ni siquiera pasados los veinte. Cada año su madre le hacía se escuchaba siquiera su andar. A pesar del color chillante
una fiesta de cumpleaños antes de que empezaran las del calzado, Enrique no llamaba la atención. Tal vez por
vacaciones de verano. Todos íbamos al cumple, porque ese nuevo atuendo tardé un poco en reconocerlo, o tal
podíamos jugar en su jardín. Él nos miraba sentado, nunca vez porque él nos dificultaba a todos que lo viéramos. Lo
intentó jugar con nosotros. observé un poco, esa fragilidad de la adolescencia lo había
Enrique era raro, a todos lados llevaba su inhalador abandonado hacía tiempo. Pero dos cosas permanecían
para el asma, pero jamás lo vimos usarlo. Desde mi niñez, intactas: el pelo seguía brindándole un aura juvenil y
se volvió para mí un personaje fantástico. Si bien, no tenía llevaba listo su inhalador en la mano derecha. Cuando
una inteligencia prodigiosa o un talento artístico innato, estaba a punto de llamarlo, se detuvo delante de las
sí poseía una virtud que a la vez era una condena: se sabía puertas de salida que no se abrieron. Cerca de un minuto
perfectamente prescindible en el mundo. Cargaba esa estuvo intentando que lo reconocieran los sensores de las
certidumbre en cada paso y en cada gesto. Eso explicaba puertas automáticas: se movió hacia los lados, hacia atrás
por qué en sus cumpleaños nunca nos acordábamos de y hacia delante, pero las puertas permanecieron cerradas.
felicitarlo y aquellas fiestas en su jardín se quedaron en ¡Qué raro!, pensé. Entonces, Enrique miró hacia atrás,
nuestros recuerdos como las fiestas de las vacaciones. una señora venía con un carrito de compras. Él respiró
Debo confesar que le perdí la pista después de la aliviado, fue justo ese gesto lo que me hizo entender la
primaria y que me acordé de él muchos años después. situación: su inexistencia incluso se extendía al sensor
Justo en una clase de literatura alemana, mientras leía de las puertas. Éstas no sólo reaccionaron sin chistar a
un texto, apareció una palabra que resumía lo que ya años la mujer del carrito sino también a sus dos pequeños.
atrás me había fascinado de él pero entonces no podía Enrique salió y yo me quedé con su nombre en los labios,
expresar verbalmente: él era un Pechvogel. Sin más, esa tratando de entender lo que había pasado.
palabra detonó lo que yo ya presentía, que Enrique era Días después lo reencontré por casualidad en la pa-
diferente de una manera indefinible. Quizás porque en el rada del bus, le dio gusto verme, como ambos llevábamos
español no hay una palabra que encarne esa (mala) suerte, prisa preferimos quedar en la semana. Cuando se despidió,
esa posibilidad no se me había hecho consciente antes. recordé el incidente de las puertas. Así que llegué a la cita
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