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antes, me quedé a esperarlo frente al centro comercial y de hombros, esa acción coincidió con la llegada de una
constaté algo que ya de por sí sabía que volvería a pasar. cliente. Él se alegró y se acercó a la puerta, confiado en
Enrique apareció de la nada y nuevamente esperó paciente que por fin podría salir. La mujer curiosamente apretó el
a que un peatón entrara para pegársele cual sombra y paso para entrar. Ambos se estrellaron contra las puertas,
poder entrar. Desde ese día comenzamos a vernos con las cuales vibraron un poco, pero no cedieron ni un ápice.
regularidad, siempre en el mismo lugar. Ambos llegábamos Permanecieron cerradas.
antes, él para estar a tiempo en nuestras citas, yo para Enrique sacudió un par de veces la cabeza, luego se
verlo no poder atravesar las puertas. acercó cuanto pudo al cristal y recargó ambas manos. Por
primera vez alguien invisible lo había visto. Yo creo que se
¿Qué se sentirá no existir para los otros?, me pre- sintió desnudo y por eso enrojeció. La mujer parecía muy
guntaba cada vez que lo veía dar saltos y agitar las manos adolorida y mareada. En ese momento, decidí acercarme
frente a los sensores. A veces, cuando yo llegaba muy para ayudarla. Él golpeó un par de veces las puertas para
temprano a nuestras citas, pensaba en las otras personas llamar su atención. La mujer se sobó la frente y miró a
que estaban a mi alrededor en la calle y a las cuales yo ambos lados. Entonces, Enrique rompió a reír de alegría,
no podía ver, porque seguramente habría más Enriques la chica lo escuchaba. A mí me pareció que cada carcajada
por allí que habían aprendido a caminar sin dejarse ver. suya la despojaba de gajos de inexistencia y la hacía mucho
Cuando nos despedíamos, se me hacía un nudo más visible a los demás. La carne, la piel. Toda ella parecía
en el estómago. Yo seguía pensando que Enrique podía ahora tan real. Era evidente que escuchaba a alguien del
rebelarse y alejarse de su sino invisible, pero no lo hacía otro lado de las puertas, pero buscaba en vano el origen
por razones que desconozco o que no alcanzo a entender. de la risa. No sólo sus ojos no lo encontraron. Los míos
Lo que sí escogió fue aprender a exagerar su inexistencia también fallaron, no me di cuenta en qué momento. Ésa
porque incluso cuando se despedía, desaparecía de mis fue la última vez que yo lo vi.
ojos en segundos sin que yo pudiera recordar detalles de
su ropa o su figura.
Enrique hubiese sido feliz, qué digo feliz, hubiese Editora por rebote, corredora de distancia larga a tiempo parcial, escaladora desempleada
sido invisible sin desear o querer cambiar nada de sí, si y correctora por temporadas. Grizel estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y
no fuera porque en una de nuestras citas, él llegó tem- posteriormente realizó estudios en las universidades teutonas de Tübingen y Düsseldorf. Reside
prano y consiguió pasar las primeras puertas sin ningún en Berlín y es una feliz tallerista de Samanta Schweblin.
problema, yo entré casi detrás de él. Tal vez porque tenía
mucho tiempo aprovechó para pasar a la farmacia y se
quedó atrapado en ella. Era una tarde soleada con viento Grizel Delgado
y aroma estival —casi como la tarde cuando nació. No sé
por qué no lo llamé ni fui a sacarlo, me gustaba tanto ob-
servarlo. Ese día había muy poca gente y nadie se acercaba ¿Será que el lenguaje de las risas es capaz
a las puertas de la farmacia para activar el sensor. Enrique de profanar la inexistencia cotidiana?
esperó con ese estoicismo suyo, miró el reloj y se encogió
¡Descubrámoslo!
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