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Bily López González



                                                                   La crónica es un vuelo por puertas que a veces
                                                                      se entrecruza con el impulso destilado de la
                                                                    embriaguez, a continuación un claro ejemplo.


                                                                   La experiencia cotidiana siempre es susceptible de
                                                                   ser trastocada por algún tipo de embriaguez. A ras de
                                                                   suelo, en esta furibunda ciudad, la experiencia traza
                                                                   márgenes a veces imbatibles de geografías a recorrer,
                                                                   comportamientos que aceptar, formas que cumplir y
                                                                   tiempos a los cuales no queda más opción que ceñirse
                                                                   meticulosamente. La experiencia se encuadra de este
                                                                   modo en ciertos planos de coordenadas fijas y vectores
                                                                   tiranos que fungen como paredes de un laberinto a veces
                                                                   insoportable. Por ello, “para no sentir que el horrible
                                                                   fardo del tiempo destroza nuestras espaldas, para no ser
                                                                   un esclavo martirizado” de las cartografías citadinas,
                                                                   “hay que emborracharse sin tregua”.
                                                                        Embriagado, la ciudad marcha diferente, con otros
                                                                   tiempos, con otra luz, con otros matices, con diferentes
                                                                   urdimbres que se tejen y crean umbrales desconocidos
                                                                   para la enajenación cotidiana.
                                                                        Un día, tras múltiples experimentos a lo largo
                                                                   del tiempo para desmontar la experiencia en la ciu-
                                                                   dad —con la ayuda de distintas sustancias como el
                                                                   cannabis, el hash, el LSD, el alcohol y el tabaco; y con
                                                                   sentimientos como la melancolía, la euforia, el enojo
                                                                   y la tristeza— por fin decidí que estaba listo y, así,
                                                                   como que no queriendo la cosa, empaqué unos cuan-
                                                                   tos menesteres y me fui en compañía de la Ale(gría) al
                                                                   Estado de Oaxaca.
                                                                        Después de unas seis horas de camino en autobús,
                                                                   llegamos a la ciudad del mezcal, tomamos un taxi a una
                                                                   terminal de segunda, y nos subimos a un colectivo que
                                                                   nos dejó en el que acaso sea el punto más alto de la
                                                                   sierra: San José del Pacífico. Tras conseguir una habi-
                                                                   tación modesta seguimos presurosos y meticulosos las
                                                                   instrucciones que la Gaia nos había dado para caminar
                                                                   por entre las callejuelas y la sierra para llegar al lugar del
                                                                   despegue. Al llegar al lugar indicado, ya bien entrada la
                                                                   sierra, una mujer madura nos recibió con la parsimonia
                                                                   acostumbrada por la gente de provincia. Sonreía, pla-
                                                                   ticaba y, ante la timidez de nuestro acercamiento y las
                                                                   perífrasis eufemísticas que proferíamos, nos preguntó
                                                                   en seco: ¿Van a volar?
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