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Una vez instalados en lo alto de una colina, frente   transportado por las moléculas de carbono, hidrógeno
               a una cabaña rústica, y con el mundo bajo nuestras  y oxígeno agrupadas como azúcares en el zumo de esa
               miradas, comenzamos a masticar las familias que  fruta que nos abría, esta vez desde adentro, al cosmos.
               amorosa y respetuosamente habían sido guardadas y  Como anuncio del nuevo orden, el mundo perdió su
               envueltas en una fresca hoja de árbol. El sabor amargo  forma. La organización visual del universo, que se
               y la resequedad en la garganta en ningún momento  había manifestado tímida al estar montaña adentro,
               fueron un impedimento para concluir la tarea. A eso  se manifestó en plenitud en ese momento. Las torres
               siguió la espera, la expectativa, acaso la zozobra.  de electricidad bailaban con movimientos plásticos,
                   Tras algunas decenas de minutos comenzó la  geométricos, acuáticos; las nubes nos envolvían, nos
               experiencia. Primero, el mundo se volvió más lumi-  tocaban. Los árboles sonreían, el cielo se mostraba en
               noso, todo comenzó a ser más vivaz, más nítido, más  distintas tonalidades. En pleno flirteo con la naturaleza
               intenso. El pensamiento adquirió una claridad inusual  llegó la comida: un hongo de temporada del tamaño
               que con ninguna otra sustancia había alcanzado antes.  de un plato extendido. Su frescura y su sabor resultan
               De pronto adquirimos la certeza de percibir un lenguaje  inenarrables porque, estrictamente hablando, no era
               al que nunca habíamos tenido acceso, la armoniosa co-  comida en el sentido en el que usualmente entendemos
               municación entre los árboles y el aire, entre las nubes y   esta palabra; si acaso era un alimento, lo era del alma.
               el césped, entre las flores y los insectos. Todas las cosas  Pero el alma es cuerpo, y era inevitable que supiera a
               se tocaban y acariciaban, danzaban armoniosamente  fuerza, a color, a tierra, a vida. Pude distinguir el sabor
               en un vaivén indescriptible. Una imperiosa necesidad  de la tierra en la que creció, así como el de las partículas
               de sentir el pasto en las plantas de mis pies me asaltó  que lo conformaban, y pude sentir cómo ese hongo se
               de improviso y me quité los escarpines. Se sentía fres-  fundía conmigo y me impregnaba de universo. Lloré
               co, húmedo, picosito, verde. La belleza del paisaje nos  de felicidad.
               indujo a conversaciones temerarias, a hipótesis que en   Tras varias horas de vuelo, nos dirigimos hacia
               cualquier otro estado serían inverosímiles. Después  nuestra habitación y dormimos plácidamente. Al des-
               de esbozar algunas ideas, cuya jipiosidad todavía nos  pertar, los efectos habían disminuido notablemente,
               ruborizaba un poco, el sentimiento, la certeza, se acre-  pero sin duda seguíamos estando habitados por las
               centó. Una serie de fuerzas imperceptibles en estados  fuerzas que un día antes nos habían mostrado el logos
               cotidianos de conciencia —esa conciencia urbanizada,  del kosmos. Comprendí en esos momentos la impor-
               apresurada, eficientizada, tecnificada y enajenada que  tancia irrenunciable que las experiencias extáticas
               nos suele acompañar— nos recubrió los cuerpos para  jugaban en los rituales antiguos para adquirir sabiduría;
               alcanzar algo parecido a un saber, pero más potente,  comprendí por qué los griegos —y no sólo ellos—
               porque era un saber que se sentía en cada una de nues-  asumieron la embriaguez en sus distintas variantes
               tras fibras: somos todojunto. Pude “sentir” a Heráclito  como un contacto con la divinidad, y por qué aun en
               por todas partes. Bien pronto fuimos capaces de sentir   situaciones tan extremas como el saqueo de su ciudad,
               exponencialmente la pobreza de la experiencia coti-  los atenienses no renunciaron a celebrar sus fiestas
               diana, y de sentirnos entusiasmados por el universo  eleusinas. Comprendí también, por supuesto, que todo
               que, literalmente, se nos abría. Experimentamos algo  tipo decente de filosofía necesita tener a la base algún
               así como una fuerza de gravedad que nos aferraba a la  tipo de delirio —inducido por alguna sustancia, por
               vida, no a las cosas, no a la Tierra, sino a la vida, pues  algún sentimiento, una experiencia, un ritual, por la
               las cosas y la Tierra eran vida, palpitaban, respiraban,  vida misma, por cualquier cosa, pero delirio al fin—
               hablaban, se movían y sonreían mostrando sus secretos.  para poder comprender algo, lo que sea.
                   Después de una entretenida conversación con un   Desayunamos, deambulamos por las irregulares
               becerro que balaba a lo lejos, la intensidad de la lección  callejuelas del pueblo, sonreímos, contemplamos —es
               comenzó a disminuir y dimos por concluido el viaje.  decir, teorizamos—, volvimos a sonreír y, sin darnos
               Bajamos de la montaña al atardecer, con una sonrisa  cuenta, estábamos de vuelta en el camino hacia el inte-
               imborrable y con un agradecimiento inconmensurable   rior de la montaña. Por supuesto, no opusimos resisten-
               que ignoraba que ése era sólo el comienzo. Llegamos  cia alguna, sólo elucubramos un nuevo agenciamiento.
               a un comedor, ordenamos, y entonces probamos el  La montaña nos había hecho un regalo en su terreno,
               jugo de naranja más exquisito que jamás hayamos  con sus elementos, con su claridad y su luminosidad,
               probado. Al entrar en contacto con nuestros cuerpos,  con su vastedad inagotable, pero esta vez teníamos
               la naranja sabía dulce, nutritiva, sabia... Sabía a vida,  ganas de experimentar la noche, esa de la que habla
               a verdad; el universo entero penetraba en nosotros  Novalis, “la noche secreta, inefable y santa”. Era como

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