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si la vida nos estuviera diciendo “aún tengo cosas que   Los hongos, hijos de la tierra, desprendieron lo
                      mostrarles”, y por ello, raudos, obedecimos. La sonrisa  sagrado y nos reintegraron a lo divino, recorrimos con
                      calma y cómplice de nuestra proveedora nos alentó, de  ellos las praderas de lo infinito a través de lo finito. Se
                      modo que esta vez cogimos las familias y nos enfilamos  abrieron incontables trazos, claros, grietas a navegar
                      directo a nuestra habitación, cuyo balcón apuntaba  en un chorro desparramado de estrellas líquidas, en
                      directamente a la inmensidad de las montañas.  cuyo camino las palabras eran flores que nos llevaron
                           En completa paz, aunque con una expectativa  hacia los dioses; y los dioses, fuerzas que nos llevaron
                      mayúscula, ingerimos nuestros sagrados alimentos.  de vuelta hacia las flores, a la tierra, a las palabras, a
                      Tras unas cuantas horas, el efecto esperado no llegaba,  los cuerpos. Aterrizamos.
                      apenas algunos resabios del día anterior. Resignados,   Tras lacrimoso paroxismo, nuestros cuerpos re-
                      creímos que estaba bien, que no pasaba nada, que así  cuperaron su trémula unidad. La habitación descendió
                      lo quería la vida. Así que abandonamos la espectacular  de nuevo a sus cimientos, y el fuego nos contemplaba
                      vista que teníamos en la oscuridad de nuestro balcón  calmo, complacido.
                      y nos guarecimos en la habitación. Encendimos el   A la mañana siguiente partimos rumbo al DF
                      fuego en la chimenea, y entonces advino una certeza:  impregnados de un asombro y una vitalidad que, desde
                      fumamos hash.                                 entonces, se niegan a abandonarnos. La embriaguez, las
                           Bajo el cobijo del fuego nuestros sentidos comen-  certidumbres y ese encuentro íntimo y exponencial con
                      zaron poco a poco a desprenderse mientras más nos  lo divino, aunque con menor intensidad, persisten en
                      acercábamos el uno al otro. La habitación se colmó  nuestros poros y se asoman de vez en vez al recorrer la
                      perezosa de presencias invertebradas que articulaban  ciudad. Y aunque las cartografías citadinas siguen ahí,
                      gozne y gozne, orilla y orilla. Devenimos flujo inagota-  con sus flujos duros e imbatibles, con sus temporalida-
                      ble. A través de lo que un día creímos que eran nuestros  des reacias y sus formas moribundas, el sentimiento
                      cuerpos comenzaron a deslizarse flores amantes de  adquirido en la montaña nos permite trazar líneas de
                      abejas, lluvias sedientas de bosque, bestias en celo  fuga que se escurren y escabullen por en medio del
                      apareándose furiosas, fuerzas naturales trabándose y  “hastío”. Por ese ilusorio ser-rata-neurótica-de-ciudad
                      desplegándose majestuosas colmándolo todo; esos cuer-  que creemos ser, por los microbuses y el smog, por la
                      pos que un día creímos nuestros devinieron nebulosas,  histeria citadina, por los tiempos académicos de plazos
                      constelaciones, polvo cósmico penetrando en agujeros  finales, por las ilusiones, los amores, las aglomeraciones,
                      negros, soles, mundos, ondas electromagnéticas, hor-  la alegría y la devastación incurable en la que estamos,
                      migas devorando animales muertos, oleajes marítimos  pasan ahora —intermitentes, temerarios e iluminan-
                      azotando playas, rocas, dedos taladrando imbatibles el  tes— los flujos infinitos impregnados por esa tierra,
                      ordenador del universo, la carne, los fluidos, la lengua,  por esos dioses, por esas flores, que somos todos.
                      sexos iridiscentes en volcánica erupción, órganos a
                      flor de piel; todos juntos devenimos máquinas, trenes,   Bily López no es él, los dioses lo poseen. Da clases en la UACM y en la UNAM.
                      astrolabios, gigantescos taladros perforando el acero,
                      dulce acero, bosque, montañas, águilas altaneras adue-
                      ñándose de su pradera, tiernos tigres relamiéndose los
                      ensangrentados bigotes y su presa, inerte, a un lado, a
                      un ladito, juntito de ellos; fuimos la presa, el tigre y su
                      calma digestión; devenimos pulpos, plancton, perezosas
                      medusas acariciando mareas, escualos, cetáceos y la
                      espuma que generan con su nado; devenimos fluidos,
                      plasma, moléculas hirvientes reventando en delirio,
                      átomos, neuronas, impulsos eléctricos haciendo sinap-
                      sis, músculos, huesos, tejidos nerviosos tensándose,
                      explotando; devenimos acorde, tono, canción, melodía
                      y contrapunto, cada nota musical que ha sido tocada,
                      escuchada o concebida; devenimos padre, madre, hijo e
                      hija, hermano y hermana, devenimos todas las personas
                      que siempre hemos sido, con las que hemos estado, y
                      aún las que seremos, comulgamos alegremente con
                      nosotros mismos, que fuimos todo.
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