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“Mejor vayan a lavar los trastes, a cuidar a sus hijos que unos cuantos decidiendo el futuro de los que estamos
han de andar robando o de ‘drogos’, gastando el dinero abajo, sosteniéndolos en el poder, y esos éramos todos
que se tranzan o del que nos roba el gobierno”. En lugar los que estábamos aquella noche librando una batalla
de ofenderme o molestarme, los miré de frente, levanté ajena, buena o mala de acuerdo a nuestra misión y a
la cabeza y me puse firmes. El cansancio se convirtió en la perspectiva que nos identificara en aquel momento.
fortaleza y al mismo tiempo me llenó de orgullo el saber Aunque finalmente, al llegar a casa, cuando quedamos
que mis hijos estaban en casa extrañándome, esperando sin vestidura, somos exactamente iguales, respirando,
mi regreso y, sobre todo, que ellos jamás insultarían a amando, deseando, trabajando, anhelando...
ninguna persona, mucho menos a una mujer, porque Y casi siempre por las mismas cosas.
ellos me admiraban y estaban orgullosos de mí, por ser
madre y padre, pero sobre todo por ser mujer. Ana María, rucanrrolera imparable. “Abuelita Any” para los nietos que son sus camaradas;
Los manifestantes llevaban varios días tomando el demasiado elocuente, en constante movimiento, viajera, espectadora y poseedora de un sinfín
lugar, el campamento ocupaba la Plaza de la Revolución, de historias que seguramente he repetido una y otra y otra y otra vez.
además de la Av. Juárez desde Reforma hasta el Eje
Central, en donde repartían propaganda y volantes a los
que pasaban cerca pidiendo dinero para apoyar la causa.
Cerca de las 07:00 horas alguien gritó pidiendo
ayuda desde una tienda cercana, parece que había una
persona herida. Todos corrimos hasta donde pedían
ayuda, aunque solo permitieron el acceso a una compa-
ñera, al resto de la célula, que éramos tres, nos pidieron
alejarnos a una distancia considerable. Después de unos
dos o tres minutos de abrumador silencio, inundó el
ambiente el llanto de un recién nacido.
“Suerte que estuvieran aquí”, dice una amiga de la
recién madre, “esperaba el nacimiento dentro de seis
semanas, pero el estrés, tanto ir y venir, le adelantó
el parto”. “Abran paso, llegó la ambulancia”, grita
uno de mis compañeros. Un instante más tarde,
salen de la tienda la mujer en camilla con la recién
nacida entre sus brazos envuelta en una chamarra
azul, curioso ¿no?, la del enemigo, la de la policía
que apenas hace unas horas era blanco de descali-
ficaciones y agresiones verbales, de la cual ninguno
de los presentes sabía que, aparte de su posición
represora, concluyó de manera sobresaliente, en-
tre otros, cursos de Primeros Auxilios y Protección
Ciudadana, cursos que por cierto nos han obligado
a tomar durante nuestro tiempo franco.
Qué difícil es ser o estar, contradictorio algunas
veces, reconfortante en muchas otras, pero cuando
te toca estar en el lugar y el momento equivocado, el
resultado suele ser fatal, aunque se dictamine en el parte
informativo: “En cumplimiento del deber”. ¿Deber? Deber
la vida. ¿A quién? Sólo es una línea sumamente delgada
la que separa el segundo que lo reclama.
Obrero, empleado, maestro, indígena, estudiante,
familiar, militante de partido, policía, soldado, de derecha,
de izquierda, anarquista, etc., la ocupación o la etiqueta
es lo de menos, los que deciden están hasta arriba mane-
jando los hilos a su antojo sin ensuciarse las manos. Son
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