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Ponte en mis zapatos” es una frase que nunca voy a olvi-  A lo que respondí: “¿Perdonar? Perdonaría a mi cuerpo
              dar. Una frase que despedaza mi piel, provoca el llanto en   que ya no puedo ni ver en el espejo, perdonaría a mis manos
          “el alma, abrazando un vacío oscuro y moribundo. Ahora   que me arrancan el cabello de ira, perdonaría a los que opi-
          los zapatos de aquellas mujeres lastiman al igual que los míos,   nan que fue mi culpa por traer zapatillas… Los perdonaría
          ¡ya cargamos el mismo peso! Me pone histérica recordar el   por ignorantes, ¿acaso creen que sufrí por gusto? Mejor ya
          despertar de una mañana en que decidí usar mis zapatillas   me voy, abue.”
            favoritas. Eran las más cómodas, elegantes y delicadas,   A la mañana siguiente no sabía qué zapatos ponerme,
              pero esas zapatillas que alargaban mis piernas ahora   pero después de mi cuarto baño y una capa menos de piel,
                 reflejan el miedo, la impotencia, la ira y la ansiedad.   logré salir de la casa de mi abuela para ir al psiquiatra. Ahí
                   El recuerdo es tan doloroso que cuesta trabajo   perdí 180 minutos de mi vida, más 30 minutos en sesión,
                     detallarlo, es tan incómodo que es embarazoso   pero me recetaron ansiolíticos y drogas para dormir, ¿los
                       describirlo. Tan difícil vivirlo que no logro   psiquiatras creen que eso ayuda a minimizar los síntomas
                        decirlo, pero la impotencia es la palabra   de impotencia y anhelo de justicia? Creo que hoy me puse
                          para expresarlo. El miedo de volver a   los dos zapatos izquierdos, ya no puedo ser racional.
                           vivirlo genera una ansiedad que tortura.  Saliendo del psiquiatra noté que me seguían unos za-
                                Díganles a mis zapatos cómo ol-  patos negros con pisadas grandes. Mis pisadas eran cortas
                             vidar la sensación de que alguien te   pero corrían más que mi corazón. Escuché un grito pero
                              persigue. Cómo olvidar mis pasos   no me interesaba saber qué era, y los zapatos que me puse
                              presurosos. Cómo se olvida la an-  hoy no iban a frenar hasta llegar a casa. En un momento
                               gustia. Cómo se borra su rostro,   de locura sentí un tirón en mi brazo izquierdo, la parálisis
                                su mirada pesada, su frente su-  llegó a mi cuello, el miedo a mi boca y grité dejando caer
                                dorosa, su desagradable olor.   los ansiolíticos y el celular. Levanté la mirada y enfrente de
                                 Cómo olvidar, díganme cómo;   mí estaba un rostro más asustado que el mío. Ella estiró su
                                  es lo único que le reclamé al   mano para devolverme mis medicamentos y celular. Con
                                  abogado, que con una sonrisa   vergüenza levanté el rostro y ella dijo: “Toma, olvidaste tus
                                  me dijo que volviera en otros   llaves en el mostrador”.
                                   veinte días para ver cómo     Le di las gracias, pero mientras la chica hablaba no podía
                                   proseguía mi caso.       dejar de ver su párpado pegado al pómulo. Creo que se dio
                                        Furiosa me fui a casa de   cuenta porque me dijo: “Mi expareja me sacó un ojo cuando
                                    mi abuela. Subí mis zapatos   perdió su trabajo, ahora está en la cárcel y yo aprendí a vivir
                                    en su sofá y le platiqué del   así por mis hijos. Formo parte del grupo de ayuda a mujeres
                                    abogado en el ministerio   que han sufrido cualquier tipo de violencia, nos reunimos
                                    público. Ella dijo con voz   los sábados a las 11, deberías venir”.
                                    suave: “Mi niña, ni te quejes,   Mis zapatos temblaban con nervio, pero tomé mis
                                    porque en mis tiempos no se   cosas, agradecí y rápidamente me alejé.
                                    podía acusar a un hombre     Cuando llegó el sábado, después de mis cuatro baños,
                                    de algo. Las mujeres nos te-  me puse los zapatos de la curiosidad y me dirigí al centro
                                    níamos que aguantar todo”.  psiquiátrico. Estando ahí, conviví con esas mujeres que an-
                                        En ese momento in-  helan justicia, llevan drogas para conciliar el sueño y ansio-
                                    terrumpí a mi abuela con   líticos en el bolso. Además, sentí que todas calzamos igual,
                                    enojo, “por suerte las cosas   sin importar estatura o edad. Me enteré que todas tiramos
                                    ya no son como antes, abue,   a la basura un par de zapatos que son pesados, tristes y te
                                    ahora las mujeres podemos   dejan los pies llenos de ira. Yo sabía que hay mujeres que han
                                   quejarnos, gritar, denunciar   sufrido violencia, pero jamás creí ser una de ellas, tampoco
                                  y tienen que oírnos”.     imaginé llegar a ponerme en los zapatos de muchas mujeres.
                                      Mi abuela alzó sus can-
                                 sados ojos para verme y dijo:
                               “Hay que saber perdonar, déjalo   Nohemí, estudiante de la UACM de la carrera de Arte y Patrimonio Cultural, considera que la empatía
                             en manos de Dios, mi niña, él sabe   es esencial para el ser humano; no dejemos que se pierda.
                        qué hacer, es el único que puede juzgar”.


          PALABRIJES 25 • ENERO-JUNIO 2021                                                                      21
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