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C uántos momentos de llanto, tristeza, locura y alegría; gusto por la metafísica con Amira, leía todo tipo de literatura
un tormento cotidiano, yo los veía todos los días.
en abundancia. Para poder dormir tomaba té de cannabis.
Marcelita, recuerdo el primer día que llegó, presa Se peleaba con su abogado, se desesperaba y a veces se des-
de miedo y de angustia, me compadecí y quise saber quién quitaba con las otras chicas. Su esposo se encontraba en las
era, cuál era su historia. Pasaron algunos meses; después, un mismas condiciones que ella, pasaba el tiempo sin poder
año. Tantas veces reímos y caminamos juntas, compartiendo verlo, así como a sus cuatro hijos. No sé quién cuidaba a sus
el dolor a cada instante. hijos pero al igual que las demás, eran su mayor motivo para
Marcelita, tenía como cuarenta y cinco años o quizá un querer salir. Estar lejos de ellos la trastornaba demasiado.
poco más. Su cuerpo bien formado, musculoso de gimnasio, Para evitar problemas casi no salían a las actividades,
con extensiones de cabello, sin vicio alguno. Se le acusaba tampoco a la caminata, aunque los problemas los tuvieran
de haber secuestrado a su novio que la amenazaba, le daba en la misma estancia, discutiendo por la comida, la limpieza,
mal trato y golpes también. los espacios, los gustos, los hábitos. Yo las escuchaba gritar,
Amira, me daba la impresión de soberbia, presunción discutir y también reír y jugar Poliana (un juego de dados
y lujuria. No me gustaba tanto platicar con ella como con muy conocido aquí) hasta altas horas de la noche.
Marcelita. De vez en cuando compartíamos unas palabras, Recuerdo que una noche no podían dormir porque el
un café, un abrazo que, aunque breve, parecía eterno. Medía demonio las estaba atacando. Una por una. Oraban, rezaban,
como un metro sesenta y siete, delgada, como de cuarenta hacían rituales, muertas de miedo.
años, tez blanca con grandes ojeras en su rostro. Por la 301 han pasado muchas chicas, algunas por muy
Bárbara, una mujer imponente, atractiva, fuerte, do- poco tiempo, otras un poco más y otras ahí permanecen. Casi
minante. Siempre preocupada por su cuerpo y su aspecto. siempre llegan chicas nuevas a esta estancia; llegan asustadas,
Es extraño que aun estando aquí, quisiera estar a la moda. con hambre, sin ropa, sin nada.
Ella fue una mujer astuta, crítica, tal vez superficial. Qué Un día llegó una señora como de situación de calle. Se
más podría saber yo. decían muchas cosas de ella, que prostituía a su pequeña hija
Cuántas veces escuché sus voces, en ocasiones el olor de siete años, que la niña se encontraba mal física y psicoló-
a cannabis, otras, sus gritos cuando discutían y peleaban. gicamente. En esa ocasión, esas tres mujeres hicieron justicia
Marcelita rezaba a la virgen, a todos los santos, no por su propia mano. Se escuchaban los gritos y el llanto, le
perdía ocasión; siempre tenía puesto en el cuello un rosario y dieron de palos una y otra vez, le metieron la cabeza en la
abierta su biblia en la cabecera de su camarote. Lloraba tanto pileta de un lavadero para restregarle la cara tomándola de
cuando rezaba el rosario... y nos contagiaba con su tristeza los cabellos.
llena de agonía. Sus padres ya viejos no dejaban de venir a Veía todo esto y escuchaba desde la estancia de enfrente.
verla junto con su pequeño hijo de trece años, alto para su No podía hacer nada, les dije que no lo hicieran, que la dejaran,
edad y bastante pesado a vistazo de ojo. que no somos nadie para hacer justicia por nuestra cuenta,
Cuántas veces el demonio quiso atacarla con dudas y pero estaban ensordecidas de ira. Realmente no sé cuánto
tormentos, hasta llegó cuando estaba dormida y buscó apo- tiempo pasó, aquí es una eternidad constante. Nunca las había
derarse de ella. Marcelita se aferraba a su rosario y su biblia: visto actuar de esa forma tan violenta, tan inconsciente. No
eran sus armas contra ese amigo invisible que se aferraba a parecían ser ellas. Parecía que todo se impregnaba de maldad,
ella y no la quería dejar. de odio y coraje por lo propio y por lo ajeno, quizás eran los
Amira hablaba de sus viajes, de artistas, de su gran demonios que se apoderaban de los sentidos e inundaban el
mundo allá afuera. Era organizadora de eventos, un poco ambiente contaminando hasta los huesos: el hedor a azufre,
altanera, no nos veía como iguales; se encerraba en su mun- a carne putrefacta que llena de hastío y locura, por estar en
do y compartía con muy pocas personas, aquellas que ella un mundo diferente a nuestras vidas, rodeadas de sombras,
creía que tenían alguna similitud. Aceptaba casi todo lo que de seres que deambulan por nuestro alrededor.
le vendían aunque después tuviera dificultades para pagar. Tantas cosas ocurrieron durante esos largos meses...
Su dolor más grande era su hija, ya que no podía cuidarla ellas pasaban de lo consciente a lo inconsciente, como cadenas
ni verla. Era madre soltera, profesionista, trabajadora, llena sobre cadenas que no permiten a la razón liberarse. Estas
de ambiciones y de sueños. Le gustaba la metafísica por lo tres mujeres no eran las mismas que llegaron, claro que no,
que hacía decretos al universo. Recurría a ciertos rituales para bien o para mal, todo lo vivido dejó huella y cicatrices
para que la energía positiva se moviera a su favor. imborrables.
Bárbara tenía como treinta y ocho años, medía como un Marcelita, tan religiosa, era más sencilla al paso del
metro sesenta. De cabello rubio y piel blanca, compartía el tiempo, daba calidez y cariño a sus compañeras, trataba de
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