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                                La primera vez que escuché del poeta Xhevdet Bajraj
fue en el asiento trasero del automóvil de unos
amigos con los que hacía excursiones a la montaña.
Me habían mostrado el poder del temazcal, de los cantos
y de la danza ritual. En ese momento me encontraba en
la búsqueda de un buen maestro de poesía; Jimena y
Francisco, quienes habían estudiado unos años atrás en
la UACM, me dijeron:
"Tienes que tomar clases con él. Es el mejor poeta
que tiene la universidad y es un gran maestro, hará que
te enamores de la poesía; es como ver a un chamán en un
salón de clases. La manera en que enseña es tan buena,
que hasta quien no le gusta la poesía, empieza a escribir".
Lo que dijeron encendió mi curiosidad. Justo se
acercaba el inicio del semestre y no dudé en inscribir dos
materias con el poeta originario de Kosovo, de quien en
realidad sabía muy pocas cosas. Había escuchado de su
exilio debido a la guerra en Yugoslavia y nada más.
Las materias que tomé con él fueron Poesía 1 y Poesía
Mexicana Contemporánea. Debido a que la pandemia aún
seguía vigente, las clases se daban online, lo cual me pareció
una lástima, sin embargo, las clases resultaron maravillo-
sas. Nunca antes había tenido un maestro así. Desde el
principio fue muy claro, “necesito que me traigan poemas
todas las clases, quiero que escriban poesía, solo así les
puedo echar la mano para que se conviertan en poetas”.
Al principio sus clases no parecían cargadas de ese halo
misterioso que en él habían visto Jimena y Francisco; pero
pronto me di cuenta de que no era un profesor cualquiera.
Comenzaba la clase leyendo poemas de los grandes poetas
mundiales o de mis compañeros; con su forma tan peculiar
de leer, se notaba su acento europeo, pero la forma en que
cuidaba las palabras, en que hacía las pausas necesarias,
era simplemente asombrosa. (siempre pensé que, si le daba
a leer una lista de supermercado, la habría convertido en
poesía). Luego leía algún texto que iba a las raíces más pro-
fundas de la poesía. Para terminar el ritual, leía poemas de
los valientes que se atrevían a disparar, como él solía decir.
Trataba nuestros poemas de una manera tan cuidadosa que
si necesitaba una hora entera para un poema, le dedicaba
ese tiempo; si la clase se extendía de tres a cuatro horas,
no importaba. Un día su clase rozó las cinco horas, con
tan sólo cuatro compañeros que escuchaban atentamente
cada uno de los comentarios que hacía. Tenía una frase que
enmarcaba muy bien esta forma de ser de Xhevdet: “si el
poema fuera mío”… él se tomaba el tiempo de ponerse en
nuestros zapatos y aún mejor, de que nos subiéramos en
sus hombros. Al respecto, Adriana Jiménez dice:
Como sabes tenía una frase muy recurrente que era: “si el
poema fuera mío” y para mí esta frase es muy reveladora,
porque él lo que estaba haciendo con cada estudiante, era
8ponerse en los zapatos de la persona y poner a la persona
en sus zapatos. Es decir; que estaba cuidando cada poema
como si fuera suyo. Hay un acercamiento didáctico en
muchas personas que nos dedicamos a la enseñanza en
términos de conseguir un resultado óptimo, lo cual está
muy bien, conforme a ciertos estándares, pero Xhevdet
lo que hacía era establecer esta relación con el poema de
la persona que tenía en frente.1
En agosto de 2021 empecé a tomar clases con Xhevdet;
era mi primer acercamiento formal a la poesía y, tal como
lo pidió, comencé a llevar poemas todas las semanas. Los
jueves y viernes se volvieron rituales, le entregaba poemas
sin falta. Sus clases llegaron en tiempos de sequía en mi
escritura. Justo en ese momento, sentí esa energía chamá-
nica de la que me habían hablado mis amigos. Con la guía
del Chamán, comencé a escribir fluida y casi diariamente;
recuerdos e ideas llegaban a mí, como una cascada que se
desborda. Incluso a la hora de dormir estaba pensando en
qué escribir, despertaba y anotaba mis sueños; hice una
serie de poemas de sueños, que fueron muy del agrado de
Xhevdet; durante ese semestre me depuré y sentí como mi
mirada se comenzó a afilar.
Poco a poco, el poeta se convirtió en un maestro
a quien seguir casi religiosamente. Con el pasar de las
clases me prestaba más atención y me animaba a seguir
escribiendo y a profundizar en mis pensamientos y en
mi poesía. Bajraj representa, no sólo para mí, sino para
muchos que fueron sus alumnos, una luz que te extendía
la mano y te hacia escribir escarbando dentro de ti. Vivía
para la poesía, y por ende amaba la vida.
En ese tiempo comencé a asistir los sábados a la liga
de poesía, un club que organizó Anahí Espinosa Villegas,
compañera de la carrera y de la clase de Poesía. Anahí logró
organizar las reuniones en una librería ubicada muy cerca
del metro Etiopía. El club surgió a raíz de las clases en
línea y de la imposibilidad de compartir presencialmente.
En tiempos de pandemia y clases en meet, la librería se
volvió una excelente alternativa para compartir frente a
frente, y escucharnos de viva voz. Rápidamente varios
compañeros se interesaron; el rumor se corrió hasta oídos
del maestro, quien celebró este hecho. Era tal la euforia
de aquel semestre, que podía verla en mis compañeros;
llevando poemas todas las semanas, asistiendo a las reu-
niones de los sábados y sobre todo con gran compromiso,
mantenerse firmes cada semana, haciendo un mejor poema
que el anterior. Sentía una intertextualidad continua con
mis compañeros.
Un día le hicimos la invitación al club, era la primera
vez que lo veríamos en persona. Había una gran expecta-
tiva. Ese día recuerdo llegar y ver a mis colegas y amigos
un tanto emocionados, preguntando: — ¿ya llegó? —y
PA L A B R I J E S 30 • J U L I O - D I C I E M B R E 2023