operación en el Instituto Nacional de Neurología; y la otra, cuando la desahuciaron y quiso despedirse de la academia de Del Valle. Mandó a hacer comida juchiteca para agradecer el abrazo de sus compañeros y otras personas más que para ella eran significativas. Nunca la vi llorar, siempre afrontó el vendaval con una entereza que no sé de dónde sacaba. Decidió tomar el camino de la aceptación y la sonrisa. Y así se fue, en medio de un gran destello. Si hubiera podido, habría organizado su funeral con una fiesta, con música y en medio de todos los que la habíamos querido. En su velatorio, poco a poco fueron llegando las guitarras, las voces y el mezcal. Guendanabani xianga sicarú, querida Ro. El tiempo no ha logrado que se disperse tu belleza en el olvido ni en mi nostalgia. II Francesca Gargallo fue algo así como un hada madrina feminista y rockera, rebelde y libertaria por convicción, ha sido la mujer más empática que he conocido, abría su casa y su cariño casi a cualquiera, de hecho, un poco la compra de la casona de la Santa María la Ribera obedece a esa generosidad desbordada, ese afán de compartir espacios, conocimientos, café, risotto, espagueti o vino. Era intensa, mucho más que un ristretto; yo sabía que podía gritarme para disentir de lo que yo decía en cualquier lugar y momento, fuera una conferencia, una junta o una re- unión; pero también sabía que me defendería con la misma pasión allá donde ella estuviera. Su fuerza era contagiosa; sus convicciones y su compromiso con las causas en las que creía, inalterables. En la historia de nuestra amistad, como en casi todas mis historias, está presente Carmen Ros, Carmen me llevó al taller de Francesca a principios PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3de los años noventa. Y durante muchos años estuvimos cada una para las otras dos. No es posible contar en pocas palabras las experiencias que compartimos. Por supuesto que Francesca era la más libre de todas, errabunda y ca- minante, no podía permanecer demasiado tiempo quieta, fue de la República Árabe Saharaui a Mongolia, del sur de Chile a Zacatecas y creo que ningún país de Europa se le escapó. Una de sus abuelas era Griega, una Comnena; la otra, Gilda Cosmo, su cómplice. Francesca Isabella Gargallo di Castel Lentini Celentani nació en Siracusa pero creció en Roma, allí estudió en la Universidad di la Sapienza y en uno de sus raptos libertarios llegó a Concepción del Oro, Zacatecas y se quedó para siempre en México. Ella se pre- sentaba como la mamá de Helena, caminante y feminista autónoma, a más de escritora, filósofa y poeta. Lo mismo daba una conferencia en Alemania que la encontrábamos desgranando maíz con su comadre Guadalupe en una comunidad de San Pedro Amuzgo o dirigiendo una tesis de doctorado en la UNAM, que discutiendo las políticas educativas en la UACM. Inasible, inalcanzable y al mismo tiempo cercana y siempre dispuesta a darse. Me enseñó a ser libre, a aceptar las consecuencias de mis actos y a pelear por lo que considero justo. Parece fácil, pero deconstruir las creencias es como destruir un edificio dañado por los sismos o por la humedad y el tiempo. Francesca creía en la libertad sin cortapisas, aunque siempre bajo una buena guía; era tan congruente que cuando por fin compró un televisor provisto desde luego de su videocasetera, con el argumento de que Helena, su guachichila, no podía ser una niña tan atípica, juntas veían algunas de las películas de Disney, mientras nosotras la bromeábamos diciéndole que seguramente después de verlas, Fran se las explicaba en clave feminista. Durante la maldita pandemia y tras la 19