años 40 que los identificaba como poetas con sombrero. Tal vez era un guiño al grupo de artistas españoles que en los años treinta desafiaban el status quo despojando sus cabezas del sombrero reglamentario de la época. Por ello las mujeres artistas que la historia ignoró han sido resca- tadas recientementes como las sinsombrero. Pero los con sombrero eran los discípulos de Héctor a quien le hubiera molestado la palabra discípulos o que hubiera hecho un poema con ella porque lo suyo, como en ningún otro poeta mexicano, era darle la espalda a la solemnidad, hacer de la vida cotidiana un acto poético, elevar la estatura de las secretarias y los oficinistas (los hombres de bolsillo); con su bagaje de formación clásica hacer de los autores grecola- tinos y las palabras de origen griego un cuenco en donde mirarse con la naturalidad y empatía de un habitante del siglo XX y XXI. “El poeta regañado por la musa” es uno de sus clásicos donde la musa no quiere ser descrita con lenguaje de cristales que entrechocan sino por su talento en el baile y su afición al vino, y sus piernas en loca bicicleta. La personalidad afable, cálida y alegre de Héctor transmitía siempre el gusto de encontrarlo en los pasillos, de visitar- nos en los cubículos, de coincidir en los comedores frente a la universidad en tiempos pre pandemia. La pandemia hizo un gran boquete que trastocó hasta los lugares de encuentro cuando volvimos a dar clases en los recintos universitarios, siempre posponiendo una posible cena o una posible comida entre los colegas amigos. A lo largo de los años el poeta de cuando en cuando tocaba mi puerta y me firmaba un libro nuevo, como este que reúne poemas de varios libros y que lleva el acertado título de Todo pa- sado fue mejor. Aquí redescubro esas aristas diversas del poeta con el que comparto generación y que pudo hacer de Clark Kent el universo de un poemario honrando los comics de Superman cuyas aventuras leimos con fruición domingo a domingo cuando los comprábamos en el kiosco. Pone los reflectores en el tímido periodista a quien Luisa Lane ignoraba porque estaba más interesadas en escribir sobre el superhéroe. Tomo el libro entre mis manos y me vuelvo a reír como ante los comentarios de Héctor Carreto con esa voz bajita, con esa discreción que disimulaba su elegante ironía y sus opiniones contundentes frente a lo que lo incomodaba. Amigo solidario con quien yo tam- bién compartía mis libros deseosa de que entraran en su ánimo, juntos fabulamos una antología que reuniera textos de zapatos que nunca hicimos. En este libro que atesoro junto con los otros que ocupan un espacio en los estantes más cercanos de mi librero vuelvo a tropezar con esa manera suya de obsesionarse con los pies y el calzado. Ahora que habíamos vuelto a dar clases en la universidad y que estaba por coincidir con él, tenía planeado mostra- PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3rarle unos botines extraños que me había comprado en un viaje. Héctor Carreto en la vida, como en su poesía, daba a lo banal y lo “frívolo” su justo acomodo en el altar de nuestros fetiches y bienestar. Lo voy a extrañar de muchas maneras, no puedo imaginar como su familia padece el boquete de su au- sencia y las abrazo con enorme cariño, como compañero en la universidad donde se podía hablar de los dilemas de los estudiantes y de lo que queríamos que fuera una licenciatura en Creación literaria donde los escritores for- man escritores. Y de nuestros proyectos de escritura, y de otros escritores que había que leer, y de aquel encuentro Cartas sobre la mesa que organizamos en días felices de la universidad reuniendo escritores extranjeros y nacionales en un recinto de Bellas Artes. Extrañaré la posibilidad de su pluma en el peigrama, el poema, la minificción que quién sabe qué exploraba en el sabático recién concluido que por por fortuna disfrutó en la ciudad de Montreal, donde estudia una de sus hijas. También compartimos el hecho de ver a nuestras hijas crecer. Dice la poeta Dana Gelinas, su esposa, que se des- plomó con una sonrisa apacible, como sólo podría corres- ponder a un poeta que escribió de la muerte misma con un humor encomiable. Como en el poema Inscripción: Se entregó en cuerpo y alma a la poesía; fue inmortal mientras vivió. Pero se equivocó. Su voz permanece como constancia de su entrega en vida. Estoy segura que le gustaría que lo recordáramos propagando la originalidad de sus versos y su mirada literaria juguetona y a veces melancólica. No sé si alguna vez le dije que cuando jugaba a Su- perman con los primos yo siempre quería ser Lina Luna, aunque Clark Kent prefería a Luisa Lane. Y que le agradecía que nos hubiera hecho eternas en su poesía lúdica. Nota * Este texto fue leído en el Homenaje a Hector Carreto que se efectuó el 21 de febrero de 2024 en el Plantel Del Valle de la UACM. Un fragmento se publicó en el periódico El Universal. Mónica quería jugar basket ball, ser bailarina de flamenco, estudiar biología, pero un día se dio cuenta de que las demás pasiones cabían en una, que eran dos: leer y escribir. 23