Mire usted, si viviera en casa de alguna de mis hijas ellas se encargarían de mí, de mis horarios, de mi comida, de mi ropa, de mi aseo, de mis medicinas, que por cierto cada vez son más y me hago bolas al tomarlas, pero eso ni se los digo porque se ponen muy nerviosas, y ¡ ah, qué lata dan!, que “no mezcles las medicinas, que tómatelas a su tiempo, que no van todas juntas”; como si no supiera cada pastilla a dónde debe ir. “Que eso no dijo el doctor, que tú no puedes tal o cual cosa”. Qué le puedo yo decir; la retahíla que me echan es tan larga como un rosario. Entonces ellas se ocuparían de todo lo mío. Cinco estilos diferentes, pero todos coinciden. Y mire nada más, aquella la del sombrerito, vive hasta Hidalgo, yo entonces me tendría que ir a vivir con ella. ¡Ay, no! ¿Y mis amigas, y mi clínica, y la gente que veo y mis programas de tele- visión? Dejaría de ver a todos y hasta a mis vecinas. Y de seguro para comer me daría pechuga sin sal y con muchas verduras hervidas. ¡Imagínese! Además, allá no conozco a nadie y ese frío me entume todita. Yo qué tengo que hacer por allá, yo soy de aquí. Cambiaría completamente mi vida y todo por com- placer las ansias de mis hijas que se afanan en no dejarme hacer nada porque según dicen, yo ya hice lo suficiente por ellas y ahora les toca ver por mí. Dios me libre y me ampare. Ni a mi marido que en gloria esté le permití tanta metiche- ría. Menos a ellas, faltaba más. Una cosa es ser una mujer tranquila, que por cierto nunca lo fui, y otra muy distinta es ser una mujer que se deja manipular. ¿Qué acaso yo me fui a vivir con ellas cuando eran jóvenes y se fueron de la casa? ¿Me puse en mi papel de madre preocupada hasta el último detalle de sus nuevas vidas? No, verdad, entonces por qué insisten en llevarme a vivir con ellas. Si se sienten solas que adopten una mascota y a esa que le dediquen sus cuidados y le descarguen su estrés. Yo qué culpa tengo. Ahora sí se pelean por mí, más bien es que cada una quiere convencerme para ver quién de las cinco logra organizar mejor mi vida. Y se los agradezco, de verdad, de corazón, pero si yo fui respetuosa de su libertad, de sus decisiones, de sus matrimonios y de la educación que les dieron a sus hijos, pues lo mismo quiero para mí, y no creo estar pidiéndoles mucho, ¿o sí? ¿Se imagina?, los yernos opinando o poniendo cara de monaguillo, así con los ojitos viendo al cielo y como diciendo: “por caridad de Dios, señora, sea más complaciente, lo hace- mos por su bien”. O los nietos, ya parece que los escucho: “¡Ay sí abuelita! tienes que venir con nosotros, debes tomar el sol, ver la televisión todo el día no te hace bien, eso no te fija el calcio, en la tele sólo pasan cosas tontas, no puedes estar encerrada todo el día. Ya verás que estaremos bien, no te podemos dejar aquí sola en la casa, te puede pasar algo”. PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3¿Y entonces mi libertad y mi elección de descansar a la hora que me agarre el sueño, dónde quedarían?, en complacerlas o en meter capricho para ver si así compren- den que querer no es hacer lo que los demás digan. Si yo las comprendo por qué no hacen el esfuerzo de pensar en que ya no tengo ganas de hacer cosas diferentes de lo que me gusta. Aunque me hagan bien. ¿Y mis nietos?, ya parece que los estoy viendo, como si no supiera que estarán todo el tiempo metidos en sus teléfonos o en sus tabletas y ni los ojos alzarán, a mí si acaso me pedirán algo de comer, que a vistas de la familia esté bien, sin grasa, sin picantes, sin irritantes, o algo vegano sin gluten, sin sal ni azúcar para cuidar mi salud, o sea, puro trapo. Un buen día les voy a esconder sus aparatos a ver si aprenden algo de respeto a la libertad ajena. Desde muy joven pasé de pedir permisos y complacer a mis padres, a pedirle los permisos y seguir las disposi- ciones de mi difunto marido, que por cierto, me duró el gusto de obedecerlo unos 28 años, no cualquier cosa. Luego quedé viuda, por fin libre, libre para tomar mis decisiones sin tener que pedir permiso o complacer gustos ajenos. Y ahora mis hijas y sus familias quieren gobernar mi vida. “De buenas intenciones está empedrado el infierno”, decía mi profesor José Antonio Alcaraz, que en paz des- canse y que me perdone porque no pude ir a su despedida en Bellas Artes, y pues le cuento que a él, la razón nunca le faltaba, aunque el mal humor siempre le sobraba. Fíjese nada más, otra de mis hijas que ya quedó viuda, como suele suceder porque los maridos se van primero y nos dejan con la crianza de los hijos y los problemas de la casa. Pues esa hija, como todas las mujeres, crio a sus hijas y se olvidó de ella. Ahora que es viuda, se le casaron las hijas y se le ocurre llamarme por teléfono todos los días y ni pregunta si estoy ocupada. A veces me interrumpe algún programa de concursos o un documental de la historia, o de plano me llama a media película y ni se entera, ¿no le digo? El amor no siempre es oportuno. No me considero mala madre, ni mala abuela, ni mala suegra, les di lo que pude y de la mejor manera que pude. Y si yo respeto sus vidas, pues espero lo mismo para mí, ¿no cree? Ahora que ya me hice vieja y cumplí con lo que de mí se esperaba, creo que me gané el derecho a la libertad de hacer y ver lo que yo quiera, a la hora que yo quiera y no tengo porque depender de los horarios de los demás; ni de sus buenas intenciones, por buenas que éstas sean. Si mi infierno se ha de empedrar, quiero ser yo la que ponga los adoquines. A veces he llegado a pensar que si están mis hijas encima de mis cosas es porque de alguna manera quieren desquitarse de lo severa que fui cuando las eduqué. Pero si usted me pregunta de qué manera fui dura o mandona, pues la vedad ya ni me acuerdo. 31