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                                Eso sí, a las mujeres nos tocaba todo lo de la casa y el
cuidado de la familia, los hombres se iban a trabajar y ya
luego llegaban disque muy cansados. Lo de la casa no les
tocaba, ellos se desentendían de los hijos y de las hijas, y
los quehaceres ni saber, para ellos eran asuntos de mujeres.
Seguro pensaban que todo se limpiaba solo y la familia
funcionaba porque ellos daban el gasto.
Eran cosas de la época, eso sí, a las mujercitas se les
tenía que educar con mano dura, con mecate corto y con
más cuidados que a los varones. Niños no tuve, sólo niñas,
las cinco que le cuento. Esas mismas que ahora son señoras
y que andan por ahí en esta casa.
Entonces, dígame usted, ¿soy ingrata? Yo no lo veo
así, pero ellas no entienden que soy una persona mayor
que intenta vivir su vida o lo que le resta de ella, a como
mejor me parezca. A mi modo, pues si de todas maneras
nadie es eterno y me voy a morir un día de estos, entonces
es mejor que me dejen hacer lo que yo necesito, aunque
el doctor diga lo contrario. Él tiene su deber y yo el mío.
¿Cómo ve usted?, ya me querían poner una mujer
cuidadora porque el doctor dice que ya estoy grande y no
debo vivir sola. ¡Por Dios santo! ¿Una mujer extraña en mi
casa?, de la que yo tenga que estar pendiente, si ya comió,
si con gran aburrimiento me está velando el sueño, si me
pone la insulina, si no para de hablar de cosas que a mí ni
me interesan, que si me recuerda a cada rato que me toca tal
o cual pastilla, que si me ayuda a bañarme. ¡Válgame Dios!
Qué bañarme ni qué ocho cuartos, una tiene su pu-
dor, y yo todavía puedo valerme por mí misma. Si un día
pasa que ya no pueda hacer mis cosas, pues que me lleven
a una casa de ancianos, no a sus casas, al rato terminaría
sintiéndome un estorbo. Cada quien en su casa y Dios en
la casa de todas, ¿no cree? Eso reza el dicho.
Dicen que hablar con la gente hace bien, pero no con
toda la gente, se necesita alguien con quien no se corra el
riesgo de una indiscreción. Así como usted, que aunque
le carcoma la intención, no irá a acusarme con mis hijas.
Pues verá, hace ya un tiempo yo tenía ganas de comer
chicharrón prensado, de ese como el que venden las seño-
ras en las esquinas de las calles de Toluca; y de ahí mismo
saqué la receta, la marchanta me dijo cómo lo preparaba y
con qué chile lo sazonaba, y las ganas pues me ganaron, el
antojo se impuso y que me pongo a guisar mi cazuelita de
chicharrón prensado. ¡Ay, si viera qué bien olía mi cocina!
Claro que el médico no me lo permitiría y mucho me-
nos mis hijas, que son peores de estrictas que los mismos
doctores. Por eso mismo le digo, si yo viviera con ellas, ni
cómo complacer mis gustos. Entonces puse manos a la
obra, o más bien a la preparación del antojo.
No me pregunte usted cómo es que acabé tirada en el
piso de la cocina, pero en cuanto me avivé empecé a pensar,
mi preocupación era que no se me hubiera olvidado apagar
32la estufa, estaba medio mareada y no me acordaba bien
de nada. Pero sí, menos mal la estufa estaba apagada y el
chicharrón todavía tibio. Lo que quiere decir que no tardé
mucho en recuperarme, y que me dio tiempo de apagar
la estufa. Se imagina la quemazón y el terrible olor en la
casa. Menos mal no pasó más.
Yo no sé cómo con tanto invento de ahora no han
pensado en hacer una estufa que se apague sola, así como
se apaga el hornito eléctrico o la lavadora. Una pudiera irse
a la calle o quedarse dormida sin pendientes. Pero no, las
estufas siguen tan antiguas como una misma.
El desasosiego me puso a pensar, pero no le dije
nada a mis hijas, imagínese el escándalo, ya me tendrían
vigilada todo el tiempo o viviendo con alguna de ellas.
O peor la cosa, meterían a mi casa a la tal cuidadora que
tanto planean ponerme. ¡Ay no, por Dios! Más vale sola
que mal acompañada, ¿No cree usted?
Pues como sí me asusté un poco, fui yo solita a mi
clínica y le conté al doctor lo que pude, claro, sin soltar la
boca para no comprometer mi atrevimiento. Y a mis hijas
y a mis vecinas ni media palabra. El médico me mandó
estudios, hasta que dieron en el clavo.
Lo que me dio se llama isquemia. Ahí me enteré que
las tales isquemias son accidentes cerebrales que pueden
ser graves, algo así como que si se tapara momentánea-
mente una vena y se obstruyera el paso de la sangre que va
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