el Nobel recientemente, fue a Svetlana Aleksiévich y me respondió: “ah, estuvo aquí, en mi casa, y me pregunté quién era esa vieja rusa que trajeron”; Svetlana, una mujer coqueta, tenía unos 70 años y no hablaba inglés, tampoco español, Xhevdet sí hablaba ruso, pero él era así de bromista y despistado. En la casa de Xhevdet podían ocurrir cosas así con mucha frecuencia. De hecho, él era muy amigo del funda- dor del Parlamento Internacional de Escritores de aquella época, que se llama, si es que está vivo, Christian Salmon. Cuando Christian venía a México buscaba a Xhevdet y muchas veces traía escritores. Por ello era muy posible que te encontraras en la casa de Xhevdet a medio mundo. AJ: Yo creo que para Xhevdet fue importante haber veni- do a este país, porque después de todo lo que vivió había una parte muy desgarrada, muy, muy dolida. Pero aquí trabó contacto con una buena cantidad de estudiantes PA L A B R I J E S 3 0 • J U L I O - D I C I E M B R E 2 0 2 3que, por el perfil de esta Universidad, evidentemente, no eran personas muy favorecidas por la vida, y creo que eso fue importante para él. Yo sé por los estudiantes mismos que los ayudó mucho, que los escuchaba, los considera- ba, que también podía tocar su dolor, su angustia. Creo que eso, para mucha de la gente que se formó con él, fue verdaderamente significativo, valioso. Era un hombre que escuchaba, que podía ser cercano, que no se ensimismaba en su dolor, como le puede ocurrir a mucha gente que vive situaciones angustiosas, que de pronto se enamoran de su dolor a tal grado de que ya no detectan el dolor ajeno. Eso ocurre, por desgracia, pero desde luego que no fue el caso de Xhevdet. Todo el tiempo fue un hombre sensible al otro. CR: Cuando Xhevdet ya estaba cerca de la muerte, en varias ocasiones fui a verlo a su casa y al hospital. Platicaba con él y con Vjollça en la sala, un día me dijo: “Tengo miedo, pero ya estoy listo para entrar a la eternidad”. Me hice la loca, Vjollça estaba a mi lado. Me dije “¿qué hago con esto, qué le voy a decir?”. En ese momento Vjollça me hizo saber que no habían encontrado el tumor originario y eso quería decir que posiblemente el propio cuerpo lo había combatido, entonces había chances de que viviera. AJ: Su médico dijo que él sabía que existían esos casos, pero que nunca le había tocado. Existía ese fenómeno, por eso teníamos esperanzas, pero Xhevdet no lo logró. Y respecto a “entrar a la eternidad”, volviendo a Ro- cío, ella también era muy consciente de lo que le pasaba. En su familia habían existido casos parecidos al suyo y sabía del proceso que venía. A mí me impresiona mucho la valentía con la que ambos enfrentaron todo esto, su actitud me recuerda mucho a Las memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, cuando al final el emperador dice: “entremos en la muerte con los ojos abiertos” hace a una pensar en quién fuera tan valerosa para tener esa actitud ante algo tan insondable, tan importante y tan terrible como la muerte. Xhevdet y Rocío lo fueron. En el caso de Francesca, yo no estuve en sus últimos momentos, pero lo que sí puedo atestiguar es que era una mujer que amaba profundamente la vida en todos sus aspec- tos, que era capaz de abrazar cualquier contradicción, esto es algo de verdad muy conmovedor, era una mujer maravillosa. Rocío me parecía una mujer cautelosa, discreta, que no gustaba de estridencias, que se podía relacionar de una manera muy entrañable con el mundo; muy diferente de Francesca, que era toda exterioridad, pero se querían bien. Ni Xhevdet ni Francesca eran cautelosos. CR: Francesca y Xhevdet se parecían en algunos puntos, tal vez por la región. Recuerdo que un día que nos daban asesorías para diseñar programas, Xhevdet perdió la pa- ciencia: para decir que no estaba entendiendo, pues para él, como extranjero, no estaba fácil entender aquello, dijo: “¡Señora: soy volcánico, yo soy volcánico!”, volteamos 43